Los españoles han votado pendientes de unos pactos y ahora la única esperanza que les queda es que el voto depositado en las urnas no se descomponga demasiado en la trituradora de los pactos. Las posibilidades, sin embargo, de que ocurra son infinitas. El lío es mayor que nunca por las famosas líneas rojas impuestas primero y que se saltan después, porque no hay probablemente otro remedio que saltárselas. Algunas de ellas, pese a todo, servirán para retratar una vez más el feraz incumplimiento político. Para que esto se produzca existen un montón de encrucijadas donde negociar gobiernos y alcaldes, y todos los partidos, en mayor o menor medida, están implicados en la componenda nacional.

Ciudadanos tiene varias llaves y el problema consiguiente de abrir la puerta equivocada y arriesgar el futuro de su proyecto. Pero también lo tienen el Partido Popular y el PSOE, que dependen de esas llaves para formar nuevas mayorías y gobiernos de coalición. Vox siente el rechazo y escenifica la tentación de no repetir la servidumbre de Andalucía que el centro y la derecha le reclaman sin compartir mesa y mantel. Si se desmarca y permite a la izquierda hacerse con los mandos en las comunidades que dependen del pacto se arriesga a que el electorado deje de entender el sentido de una existencia, que tiene como objetivo combatirla desde los planteamientos más radicales. Unidas Podemos no abriga duda, lo tiene todo claro. Es la excepción.

Colau, incluso, tiene más de una baza que jugar. Barcelona, su ciudad, dos tristes alternativas: seguir con el nacionalismo blando o echarse en brazos del secesionismo duro. Como ven, todo son facilidades.