Hemos visto que se puede prometer acatar la Constitución diciendo que se va a luchar por la república. Es normal. Está en el tercer apartado del artículo primero que España es una Monarquía parlamentaria y hay gente que no ha leído hasta ahí.

Desde que Herri Batasuna puso de moda el juramento "por imperativo legal", admitido por el Constitucional, la creatividad literaria ha mejorado hasta el punto de que se puede prometer una cosa y su contraria. Empezaron los chicos, chicas y chiques de Podemos que llegaron al Congreso para animar el cotarro con juramentos por el pueblo y la revolución. Hubo revuelo, pero nada comparado con la que liaron esta semana pateando los jabalíes que han entrado en el Parlamento.

La fórmula del juramento es un polvoriento residuo del pasado. Vamos, que se trata de un postureo protocolario. Y lo normal es que unos y otros acaben aprovechándose del trámite para hacer su discursito. En todo caso las palabras de acatamiento de Esquerra Republicana de Cataluña rozaron el surrealismo. Es como si le pides a alguien que prometa que te va a proteger y asegura que está dispuesto a matarte, que se va a comer tus hígados y que se cisca en tu señora madre y en toda tu familia, pero que como tiene que prometer que te va a proteger lo dice por imperativo legal. Yo no me pongo en manos de ese tío ni de coña.

Los de la derecha, naturalmente, juraron por Dios, por España y por los Reyes Católicos. Y encima los de Vox llegaron a las siete de la mañana para cogerle el sitio a los diputados del PSOE que como toda la gente de izquierda, de vida disipada y noctámbula, aterrizaron bastante más tarde quitándose las legañas. Y algunos la resaca.

Pero de todo el pleno constituyente, presidido por la sorprendente estampa de un perfecto doble de Valle Inclán -a tal esperpento, tal honor- el asunto de mayor enjundia fue una conversación de apenas veinte segundos entre el líder de ERC y el presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. Uno en la escalera y el otro sentado en su escaño. Algunos han querido ver en las palabras que se leen en la boca de Sánchez -"hablamos" y "no te preocupes"- una especie de apoyo moral a Junqueras, al estilo del sé fuerte de Rajoy a Bárcenas. Hay que ser muy estúpido o muy miserable para interpretar esa frase hecha (pura fórmula de cortesía) dándole un sentido que la cara de Sánchez desmiente con una claridad meridiana. Porque el presidente miraba a Junqueras con un educado rostro de hielo al que no asomó siquiera el esbozo de una sonrisa. No es extraño porque tenían a sus pies, entre los dos, el cadáver aún fresco de Miquel Iceta.

Visto lo visto, esto no se va a moderar. Irá a peor. El extremismo de la izquierda, la derecha y los reinos de taifas, ha venido para quedarse y para florecer por la política española como una vieja enredadera de odios, furias y miedos.