18 de mayo de 2019
18.05.2019

Rápido

18.05.2019 | 06:25
Juan José Millás

Revisé la carpeta del correo, la de los mensajes, el WhatsApp, el Twitter, Instagram, Facebook, etc., para ver si le había sucedido algo a mi vida. Pero no le había ocurrido nada. Calma chicha. Me hallaba en el metro, rodeado de gente que revisaba en el móvil su carpeta de correo, la de los mensajes, el WhatsApp, el Twitter, Instagram, Facebook, etc. Analicé sus rostros y deduje que tampoco encontraron novedad alguna en sus existencias. Pensé que estábamos haciendo millonarios a los dueños de esas aplicaciones sin que nos dieran nada a cambio. ¿Qué les costaría engañarnos de vez en cuando? Miéntannos, coño. Hágannos llegar de forma aleatoria mensajes de texto, o de voz, que rompan la rutina. Dígannos que somos finalistas de algo, que nuestra película está siendo un éxito de taquilla en EE UU, aunque no hayamos dirigido ninguna película, o que nuestro último cuadro ha alcanzado cifras nunca vistas en la subasta celebrada en Londres. Ya sé que no pintamos. Ninguno de los que viajamos en este vagón atestado pintamos nada, pero nos vendría bien un pequeño estímulo para sacar adelante la jornada.

Personalmente (de qué otro modo, si no), cuando, en vez de revisar las carpetas del correo, etc., miro hacia el interior de mí mismo, se me ocurren fantasías liberadoras. Imagino, no sé, que soy capaz de atravesar las paredes y que muestro esa habilidad en un canal de gran audiencia de la tele. Hay en el plató un bloque de hormigón armado que atravieso ante la estupefacción del público. Entro por un lado y salgo por el otro. Y mientras me encuentro en la mitad de la materia soy un espíritu puro que recupera las piernas y los brazos, etc. al final del trayecto. La gente no puede creérselo. Enseguida recibo ofertas millonarias de televisiones americanas, pero lo hago todo gratis porque tengo la capacidad de introducir mi mano en el interior de los cajeros automáticos y sacar los billetes que quiera. Sin dejar huella.

No me cabe en la mente que sea yo más imaginativo que el Instagram, el Twitter, el Facebook, etc., disponiendo estas plataformas de tantos medios como poseen y de tantos empleados cuya misión es mantenernos enganchados a la fantasía de que de un momento a otro recibiremos el correo electrónico que pondrá fin a este viaje en metro en el que se ha convertido nuestra vida. Inventen algo, rápido.

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