Pasada la digestión de los resultados electorales (y en vísperas de una nueva campaña, para comicios municipales, autonómicos y europeos), puede afirmarse que el horizonte inmediato para el presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, se presenta claro y luminoso

Así, pese a los aspavientos de Pablo Iglesias, líder de Podemos, que amenaza con bloquear la investidura de Sánchez si no se aviene a un gobierno de coalición, el mandatario del PSOE ha entendido que podrá formar un gobierno monocolor con pactos variables y lo máximo que ofrecerá a Iglesias es un programa común. Además, siempre puede blandir la amenaza de acuerdo con los centristas de Ciudadanos, aunque las bases socialistas reclamaran a Sánchez lo contrario, durante la noche electoral.

Pero, pese a que la citada suma es la única que da mayoría absoluta con solo dos partidos (y aunque es la preferida por la élite económica, los inversores y parte de la prensa de Madrid), ni Sánchez ni Albert Rivera, el mandatario centrista, tienen incentivos para llevarla adelante. En el primer caso, porque el presidente sabe que gran parte de su crecimiento electoral se debe a voto de Podemos (y de la abstención), que podría abandonarle si se derechiza; en el segundo, porque Rivera tiene la oportunidad de liderar el centro-derecha, ante el desangre electoral y la desorientación del líder del PP, Pablo Casado (que ahora emite cantos centristas, tras no hacer ascos a un gobierno con Vox, hace una semana).

Con este panorama, lo único que puede enturbiar el mandato de Sánchez es que la desaceleración económica (se crece ahora al 2%, frente al 4% al que se llegó a finales de 2015) se convierta en recesión. Pero no hay signos de ello a corto plazo.