02 de mayo de 2019
02.05.2019
TESTIGO DE CALLE

Universidad de La Laguna, escenarios y melancolía de una hermosa historia

02.05.2019 | 08:25
Universidad de La Laguna, escenarios y melancolía de una hermosa historia

El bar de Salvador. Estuve el pasado miércoles en la vieja Universidad de La Laguna, donde ahora están el Rectorado, el Paraninfo, el patio donde estudiábamos Periodismo, la puerta por donde entrábamos a la clase que nos daba don Emilio Lledó. Iré contando escenarios. Y empezaré por el bar de Salvador. Le pregunté a una joven camarera si el bar no tenía nombre. Me dijo que no, se llama El Bar. Para nosotros fue el bar de Salvador. En los años setenta revueltos allí se conspiraba y se tomaban bocadillos que Salvador hacía entre sueños. Él dormía de pie, y cuando entrábamos después de una clase se despertaba y se ponía a untar tostadas con mantequilla. Uno de esos días, Julio Pérez, cuya carrera como abogado es de las más brillantes, dijo que este era "el único bar del mundo que tiene Universidad". Al llegar allí tantos años después me vino toda aquella atmósfera. Le hice una foto al rincón donde Julio dijo esa frase y se la envié. Él no debió relacionar ese retrato con nuestro pasado, pero me llamó para hablar y fue como si estuviéramos sentados ante la misma mesa de formica.

La puerta de don Emilio. Por esta puerta de madera marrón, ante el Paraninfo, entraba a su clase don Emilio Lledó, nuestro profesor de Filosofía, que ahora tiene 91 años y sigue tan campante. Nosotros le esperábamos sentados. Había unas chicas bellísimas, y muy inteligentes, que siempre estaban en la primera fila. Con dos de ellas, Pitru Trujillo La Roche y Pepi Caballero (esta es la secretaria de Miguel Delibes, se casó con su hijo Germán) me sigo viendo, en Santa Cruz y en Valladolid. Alguna vez esperé a don Emilio en esa puerta, querría entrevistarlo para este periódico. Él no tenía aún cuarenta años, y así lo recuerdo siempre, como si siempre hubiera mantenido aquella fisonomía. Ahora me asomé al interior de aquella aula mítica en la que había una pizarra en la que don Emilio escribía palabras en griego. Ya no hay aula: el espacio anterior se ha troceado, y allí había unos funcionarios que me sonrieron como si yo viniera del pasado cuando les dije que aquella era el aula de Emilio Lledó.

El salón de Sagaseta. En La Laguna hubo una gran represión en tiempos de Franco y en los primeros tiempos de la Transición política. Hubo guardias y tiros y asesinaron a un estudiante, Quesada. Ahora el hall que da al Rectorado, al final de las escalinatas en las que yo escribía mis cuentos o novelas de entonces, a mano, sobre un diario marrón envuelto en cuero, contiene un recuerdo a aquella víctima del fascismo remanente que sufrió la Universidad. En ese hall dio una vez una conferencia (clandestina, no estaba autorizada por el Gobierno) Fernando Sagaseta, comunista preclaro, un hombre de enorme prestancia física y de voz potente y de ideas contundentes, como puños cerrados. Tomé nota de lo que dijo, que no se podía publicar en el periódico, y fue un capítulo de mi primer libro. Inolvidable momento que ahora vino a mi memoria también como un puñetazo.

La voz de Judith. Fueron los años de la música hispanoamericana. De Jorge Cafrune, de Los Chalchaleros, de Eduardo Falú. Atahualpa Yupanqui fue invitado en aquellos tiempos en que La Laguna era el centro de nuestras revoluciones y de nuestras melodías. Lo fui a buscar con Elfidio Alonso al aeropuerto. Los estudiantes organizados lo fueron a recibir con gritos: "¡Yuyanqui!", porque había ido a cantar a Nueva York. Pasaban esas cosas. Ahora me vino toda esa memoria escuchando la voz de Judit Mendoza, doctora en Matemáticas y profesora de Economía, Contabilidad y Finanzas de la ULL, y a Juan Carlos Martín, músico, compositor, psicólogo, economista, profesor, interpretando canciones hispanoamericanas al final del acto en que la ULL y la Asociación Canaria de Universidades Populares firmaron un convenio ese miércoles, con la presencia del rector Antonio Martinón. Esa voz cantó, al final, Gracias a la vida, de Violeta Parra. No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar. Voces como esas no se pueden olvidar nunca. Ni sus ojos.

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