27 de abril de 2019
27.04.2019

Los otros

27.04.2019 | 00:39
Eduardo Jordá

Mientras ardía Notre Dame, circulaba por Twitter un vídeo falso -un supuesto extracto de páginas de Facebook- en el que cientos de personas con nombres musulmanes celebraban la destrucción de la catedral con sonrisitas y con emojis. Y al mismo tiempo, circulaba otro vídeo falso en el que se aseguraba que un hombre "de aspecto musulmán" había sido visto en el techo del templo poco antes del incendio. Miles de personas -o incluso cientos de miles de personas- se creyeron sin ninguna clase de duda que estos vídeos eran reales. Y sin preguntarse de dónde salían aquellos vídeos tan extraños ni qué clase de pruebas los corroboraban, todas esas personas creyeron a pies juntillas que cientos de miles de musulmanes estaban celebrando el incendio de Notre Dame como si fuera un indisimulable motivo de alegría.

Pero al mismo tiempo que sucedía todo esto, la policía detuvo en Marruecos a un estudiante marroquí que vivía en Sevilla y que había planeado cometer un atentado durante la Semana Santa. Todo el mundo que había tratado a ese estudiante coincidía en que era un buen chico: un tipo normal, educado, respetuoso y buen estudiante (de Educación Física y de Filología Árabe), sólo que desde hacía un tiempo vestía con una chilaba y se había dejado crecer una barba hirsuta, como hacen los musulmanes más integristas y más fanáticos. En Ceuta, un profesor me contó que le había pasado justamente lo mismo con dos de sus alumnos (y también eran muy buenos alumnos: estudiosos, inteligentes, educados): un buen día esos dos alumnos habían dejado de ir a clase y al cabo de un tiempo, cuando el profesor se los cruzó por la calle, los dos iban vestidos con chilaba y llevaban la barba típica de los integristas. Ninguno de los dos quiso saludarle y los dos hicieron como que no le conocían. Al cabo de un tiempo -medio año, un año quizá-, esos dos alumnos reaparecieron en Siria, enrolados en el ISIS, y empezaron a hacerse famosos por sus crueldades. Uno de ellos se hizo muy conocido por fotografiarse con las cabezas decapitadas de sus prisioneros. Según se dice, murió en un bombardeo. Del otro exalumno ceutí, nunca más se supo. Quizá está vivo, quizá está muerto.

Curiosamente, la noticia de la detención de ese estudiante marroquí que preparaba un atentado durante la Semana Santa ha pasado en sordina en determinados medios de comunicación. Evidentemente, no interesaba darla a conocer, y mucho menos en plena campaña electoral. Y así, quienes han denunciado con gran fogosidad la campaña de intoxicación de la extrema derecha a cuenta del incendio de Notre Dame han pasado de puntillas por la noticia de la detención del estudiante marroquí. Y al revés, quienes han difundido a los cuatro vientos la detención del estudiante han callado sobre la campaña de intoxicación antimusulmana promovida por determinadas organizaciones de eso que se llama la alt-right. Es como si unos y otros vivieran en dimensiones distintas de la realidad. O dicho de otro modo, es como si unos vivieran en el sistema solar y los otros en la nube de Oort o en el brazo de Perseus.

Es evidente que la realidad se juzga de forma distinta en función del posicionamiento ideológico de cada uno. Pero desde hace un tiempo -cinco años, no muchos más- estamos entrando en un mundo ideológico construido a base de compartimientos estancos en el que nunca se cuelan aspectos de la realidad que puedan ser contradictorios o desagradables. Cada bando ha dejado de representar una visión ideológica del mundo y ha pasado a convertirse en el sucedáneo de una secta religiosa. Sí, es cierto que esto ha sucedido ya en otros tiempos -el siglo XX fue el siglo de las ideologías convertidas en sustitutos de la fe religiosa, con su correlato de lucha sangrienta contra las herejías y de aplastamiento implacable del disidente-, pero parecía que durante algún tiempo habíamos conseguido librarnos de esa visión teológica de la existencia. Pues bien, amigos, todo eso se ha acabado. La ideología es un nuevo credo en el que no se admite la más mínima discrepancia con respecto al dogma establecido. Y quien no comulgue con nuestro credo -la verdadera fe- es un infiel que no merece existir, al menos en términos de convivencia ciudadana. El discrepante -el otro- es un hereje o un sacrílego que pone en peligro los preceptos de la verdadera fe. Y por lo tanto, debe ser expulsado sin contemplaciones de la vida pública.

Se acabaron los alegres tiempos del escepticismo y de la tolerancia o de la indiferencia hacia el adversario. Vuelven los tiempos sombríos de la sagrada congregación de la fe.

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