De una manera u otra, la política siempre concluye en una lucha por el poder. Desde la moción de censura, el objetivo prioritario del PP y Ciudadanos es provocar la salida de Pedro Sánchez de La Moncloa. La complicidad del Gobierno socialista con los independentistas catalanes ha reforzado su apuesta. La estrategia de ambos partidos se dirige a formar Gobierno antes que a obtener un triunfo individual, que según las encuestas está fuera del alcance de los dos. En todo caso, para conseguir lo que se proponen necesitan sumar el mayor número de votos y escaños. Pero la expectación levantada por Vox les ha distraído, causándoles un grave trastorno. Es un competidor más en su espacio político, pero sobre todo ha conseguido actuar como liebre que les marca el camino a seguir hacia posiciones homologadas con la derecha radical europea. En la pugna por el liderazgo del PP, Pablo Casado ya había manifestado su propósito de recuperar para el partido a aquellos que por discrepancias ideológicas o tácticas se habían desenganchado de la línea política de Rajoy. El resultado de las elecciones andaluzas fue la constatación de que al PP le ha surgido un problema por su derecha, que viene a añadirse al que ya representaba el crecimiento lento pero sostenido de Ciudadanos. Es un hecho que Vox se ha apoderado de un segmento amplio de votantes del PP. Por otra parte, el veto de Albert Rivera a Sánchez es interpretado como una señal que envía a aquellos de sus seguidores que puedan sentirse tentados de votar al nuevo partido. Así, el clima político ha ido inclinando al PP y a Ciudadanos hacia la derecha y sus líderes han acabado haciendo campaña para evitar una fuga mayor de votantes hacia Vox más que para derrotar a Sánchez. El PP solo consiguió derrotar al PSOE de Felipe González cuando estuvo en condiciones de disputarle el voto centrista, tras desprenderse del sesgo conservador que lastraba a AP haciéndole caer en continuas derrotas durante una década. Más de la mitad de los electores españoles adoptan actitudes políticas moderadas. Los votantes del PP se definen mayoritariamente como conservadores y en Ciudadanos predominan los liberales y socialdemócratas. El voto de centroderecha se reparte entre los dos partidos. Pero sus líderes pretenden llevar la batalla electoral al terreno de Vox y la mayoría de sus potenciales votantes se resisten a respaldar un discurso anticonstitucional y dogmático. El porcentaje más elevado de indecisos corresponde, precisamente, a los votantes de Ciudadanos y del PP, en este orden. A esos votantes los gestos que hacen estos partidos para diferenciarse y reafirmar su centrismo les resultan, de momento, demasiado tímidos. Pudiera ocurrir que por frenar el trasvase de votos a Vox, ya consumado según las encuestas, estuvieran facilitando la continuidad de Pedro Sánchez en el Gobierno, justo lo contrario de lo que perseguían. La cuestión no está en reclamar el voto útil, sino en ganar el voto moderado.