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Tú y yo somos tres

La crítica de Monegal: Todos al zoo, hay negritos con platos en la boca

Fotograma de 'Planeta Calleja'.

Esa forma de mirar que a veces tiene la tele. Esa manera de acercarse a los que son diferentes. Esas ‘tournées’ televisivas, safaris a la caza de la criatura que nos parece impactante y pintoresca. Ese uso de la cámara como si fuera una escopeta. Estoy hablando de la nueva temporada de ‘Planeta Calleja’ (Cuatro) que ha comenzado llevándose Jesús Calleja al actor Santi Millán a hacer un ‘tour’ por Etiopía. «Te voy a llevar a ver los Mursi, una de las tribus más violentas» le dijo en tono sobrecogedor. Y al llegar, resaltó Calleja que esos etíopes, cuando se enemistan con una ‘tribu’ vecina, se matan entre ellos. Hombre, bien mirado, no es nada excepcional.

Nosotros, los civilizados del primer mundo occidental, hace siglos que también lo hacemos. Circulando por el poblado la cámara se detuvo en el personal. Le llamó la atención a Calleja los dientes. Les hacían abrir la boca. «¿Por qué les falta un diente de abajo?» se preguntaba intrigado, mientras nos ofrecían primeros planos de sus bocas.

¡Ah! Yo he visto en la interesante feria del ganado de la localidad de Dolores (Alicante), hacer lo mismo con las mulas y los caballos que están a la venta. Pero lo que más subyugó a Calleja fueron las mujeres que llevaban un plato insertado en el labio inferior, esa modalidad de ‘piercing’ que los mursi practican desde mucho antes que se inventase esa palabra y se pusiera de moda.

La cámara iba taladrando a la joven del plato en la boca, taxidermizando visualmente el momento, y a mí me recordó aquellas fotos de las grandes capitales de Europa cuando se montaban carpas llenas de indígenas que los ciudadanos visitaban como quien visita un zoo. O los disecaban, como ‘El negro del museo Darder’ de Banyoles, hoy afortunadamente retirado de la vitrina expositora y enterrado en África, aunque hay quien asegura que en país equivocado.

Me duele este artículo que estoy escribiendo porque Jesús Calleja no es un depredador, ni un cazador de personas. Siempre he celebrado sus viajes, su respeto humano, y su impecable divulgación de los paisajes y la naturaleza del planeta.

Esta vez no obstante –y estoy seguro que sin pretenderlo– esa manera de mirar a ‘los indígenas’ me ha parecido devastadora. El programa miraba al pueblo mursi exactamente igual que luego miró a los pelícanos rosados de los lagos del Gran Rift, y a los hipopótamos. Y de eso es de lo que me quejo.

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