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Desde la barra

La estupidez de prohibir la entrada a 'influencers' gastronómicos

Una campaña de marketing de un negocio en Tenerife se convierte en noticia nacional: misión cumplida para ese ¿guachinche?

Ilustración.

Ilustración. / E.D.

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Jose Luis Reina

Jose Luis Reina

Santa Cruz de Tenerife

Un supuesto guachinche ubicado en La Laguna, que de guachinche tiene más bien poco, saltó a la fama nacional después de publicar una imagen con un cartel en la puerta en el que advertía de que los influencers tenían prohibida la entrada. La ocurrencia funcionó. Y vaya si funcionó.

Curiosamente, ese local de reciente apertura había recurrido precisamente a algunos de esos creadores de contenido a los que ahora dice querer lejos de sus mesas para promocionarse durante los primeros días de actividad. Una contradicción que parece más una campaña de marketing que una declaración de principios. Y en ella ha picado media España, haciéndose eco de una polémica donde, en realidad, tampoco había demasiado debate.

Los arranques son duros y hay que echarle imaginación para llamar la atención. ¿Y qué mejor fórmula que tirar de los manidos creadores de contenido para dar que hablar? Ya se sabe: que hablen bien o mal, pero que hablen. Este tipo de negocios necesita que por allí pase algún influencer para grabar vídeos de lo grandes que son sus platos, de lo barato que resulta comer y de lo bien que se come. Poco importa, en demasiadas ocasiones, analizar la calidad de esa cocina o de la materia prima. Del servicio, mejor no hablamos. Y del vino, tampoco: algunos no sirven ni para limpiar la barra.

La relación entre determinados falsos guachinches y determinados falsos comunicadores gastronómicos —como algunos se autodefinen con una generosidad tremenda— es de profundo amor. Tan empalagoso como los polvitos uruguayos que aparecen en algunas de sus cartas. Hay tanto negocio improvisado alrededor de este concepto que algunos locales parecen necesitar estrategias de este tipo para mantenerse a flote. Mientras tanto, seguimos esperando a que las autoridades públicas hagan algo para impedir que se utilice alegremente el término guachinche para establecimientos que no lo son. Algo que, visto lo visto, no parece que vaya a ocurrir mañana.

Por su parte, los influencers están encantados de la vida. Tienen resuelto el almuerzo de algunos fines de semana a cambio de comprometer —cuando no perder directamente— la poca credibilidad que les quede. Y ese es el verdadero problema. No que un restaurante diga que no quiere influencers. Está en su derecho de establecer unas reglas para su negocio. El problema es que la gastronomía se está llenando de recomendaciones cuya independencia resulta, como mínimo, discutible.

Hace unos días me llevaron a comer a uno de estos establecimientos, guachinche o como quieran llamarlo, y pagué prácticamente lo mismo que habría pagado en un restaurante de calidad solvente. El vino, infumable. El supuesto cochino negro, quemado. El grosor del queso asado, un delito. La ropa vieja de pulpo, un chiste sin gracia y, por supuesto, sin demasiado pulpo. Y los postres rozando los diez euros. Al menos el camarero era simpático y buen profesional. Por él no diré el nombre de aquel lugar de La Orotava.

Pero hablando de influencers, hay algo que me preocupa bastante más que su relación con los falsos guachinches: su íntima relación con algunos de los grandes cocineros de esta tierra. Lo de los guachinches lo entiendo. En ese ecosistema han encontrado un auténtico paraíso bananero. Lo que me preocupa más es que determinados hoteles y restaurantes de cierto nivel hayan convertido también las invitaciones a cenas, estancias y experiencias gastronómicas en una herramienta habitual de promoción.

Puedo llegar a comprenderlo. Los hoteles tienen habitaciones que llenar y los restaurantes, mesas. Un influencer con miles de seguidores puede proporcionar visibilidad y, en teoría, clientes. El intercambio parece sencillo: tú invitas y yo hablo de ti. Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué ocurre con la credibilidad cuando quien recomienda un restaurante no paga la cuenta?

Porque una cosa es hacer contenido y otra muy distinta es ejercer de prescriptor gastronómico. Y ahí estamos mezclando churras con merinas con una alegría preocupante. El cocinero que trabaja durante horas para sacar un plato digno termina compartiendo escaparate con el cochino negro mediocre, el queso asado de medio centímetro y el jodido Príncipe Alberto de nueve euros. Todo bajo el mismo paraguas de una recomendación que, demasiadas veces, parece más una contraprestación que una opinión. Es un popurrí de difícil maridaje. Y lo peor es que ya casi nadie se sorprende.

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