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A fondo

De la ruta atlántica al obrador de Zulay: la segunda oportunidad de Yaya Lasuru

Llegó a Tenerife con 15 años tras cruzar una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. En Canarias encontró su casa y una vocación

Yaya Lasuru, en el obrador de Zulay.

Yaya Lasuru, en el obrador de Zulay. / E.D.

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Jose Luis Reina

Jose Luis Reina

La Laguna

A las cuatro de la madrugada, cuando La Laguna todavía duerme, Yaya Lasuru ya está en el obrador de Zulay. Mientras los primeros cafés aún no se han servido en la ciudad, él controla el horneado de toda la producción artesanal del día. Vigila la fermentación de las masas, ajusta temperaturas y tiempos de cocción y espera el momento exacto para que cada pieza de masa madre salga del horno con el punto que busca el obrador. Ese es hoy su trabajo. Y también la medida de una vida que, por fin, ha encontrado estabilidad.

Su historia no comienza entre harinas, sino a miles de kilómetros de allí, en Mali. Siendo apenas un niño estudiaba el Corán en su pueblo. «Se me daban bien las cosas», recuerda. Sin embargo, el sistema tradicional exigía que, a cambio de la enseñanza, los alumnos trabajaran para el maestro en labores domésticas o del campo. Él quería seguir estudiando, no convertirse en mano de obra. Como no le permitían elegir otro camino, acudió a su abuela. Ella pidió dinero prestado a una amiga y reunió lo justo para que pudiera marcharse.

Así comenzó un viaje sin documentos y sin un destino claro. Llegó a Mauritania, donde sobrevivió durante nueve meses. Primero trabajó realizando tareas domésticas para una familia acomodada y después recorrió las calles transportando mercancías con un carro tirado por un burro que un compatriota le había prestado. Un día dos hombres lo engañaron y le robaron el animal y el carro, dejándolo de nuevo sin recursos.

Sin apenas alternativas y viendo que otros conocidos habían conseguido llegar a Europa, decidió intentarlo. Un tío suyo, desde el Congo, trató de hacerle cambiar de idea. «No te recomendaría ir. Es muy peligroso, es entre la vida y la muerte». Pero la decisión ya estaba tomada. «Eso yo no lo pensaba. Lo que quería era ir». Había conseguido ahorrar 300 euros. Su tío le envió otros 1.200 para completar el pasaje. Con ese dinero emprendió el último tramo del viaje.

El peaje de la ruta atlántica

Para esquivar los controles policiales en Nuakchot viajó escondido entre cargas de alimentos en el remolque de un camión. «Cuando estábamos cerca del control de la policía, nos metíamos dentro de los alimentos para que no nos vieran. Estuvimos así unas horas», recuerda. Después pasó una noche al raso en un mercado y permaneció tres días hacinado junto a otros migrantes en una habitación clandestina. La madrugada del embarque los obligaron a vestirse como pescadores para atravesar el puerto sin levantar sospechas.

Yaya, posando con uno de los productos de la tienda.

Yaya, posando con uno de los productos de la tienda. / E.D.

En la patera viajaban 70 personas. La travesía por el Atlántico duró tres días marcados por la incertidumbre de las corrientes y el riesgo constante de naufragio. La tensión era tal que apenas pudo comer. «En esos tres días comí una sola vez. No por falta de comida, sino porque no me entraba el hambre», confiesa.

El 1 de julio de 2020 la embarcación alcanzó el puerto de Los Cristianos. Yaya tenía entonces 15 años.

De la protección a la autonomía

Tras el desembarco se activaron los protocolos habituales: la atención de Cruz Roja a pie de muelle, el aislamiento preventivo por la pandemia en Güímar y las pruebas óseas que confirmaron su minoría de edad. Ingresó entonces en el sistema de protección de menores y fue trasladado al centro de San Benito, en La Laguna.

Allí comenzó otra carrera: aprovechar el tiempo antes de cumplir la mayoría de edad y tener que abandonar el sistema de protección. Obtuvo el título de Educación Secundaria Obligatoria, enlazó varios cursos de formación y finalmente accedió a uno de pastelería del Servicio Canario de Empleo, impartido por el centro Adalid. Su profesor, Norberto, detectó enseguida sus aptitudes y le recomendó realizar las prácticas en Zulay.

Yaya pensó que aquella experiencia terminaría al concluir el periodo de formación. «Yo pensaba que iba a hacer la práctica, me darían las notas y nada», admite. Sin embargo, pocos días después de incorporarse al obrador, los hermanos Medina Santos le hicieron una promesa que acabaría cambiando su vida: «Aquí estás en tu casa. Haz la práctica bien... Desde que consigas los papeles vas a tener trabajo». Y cumplieron su palabra.

Tras finalizar las prácticas esperó dos meses hasta que se resolvió la concesión de la documentación que le permitía trabajar, después de cuatro años de residencia en la isla. En cuanto la tuvo en sus manos se incorporó a la plantilla. Empezó aprendiendo a bolear masas y formar piezas de bollería hasta asumir la responsabilidad principal del horneado. «De cero a sesenta estoy. Llegué con poquito y soy el encargado del horneado de Zulay», explica con orgullo.

Al hablar del obrador hace una pausa. Él mismo reconoce que se emociona antes de responder. Traga saliva, recompone la voz y continúa: «Zulay ha sido como un refugio para mí. Un sitio donde no importa el color ni el talento, sino que todo el mundo tengamos algo que hacer».

Hoy, mientras la masa crece y los hornos de Zulay alcanzan la temperatura adecuada, Yaya Lasuru mide el tiempo de otra manera. Entre bandejas, fermentaciones y tiempos de cocción encontró un oficio, una oportunidad y la posibilidad de construir una vida.

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