Restaurantes
Nielsen: el valor de lo seguro, la elegancia de lo clásico
El restaurante ubicado en el callejón del Combate lleva años sin caer en tendencias absurdas y manteniendo un gran nivel

Danny Nielsen, propietario del restaurante Nielsen. / E.D.

No sé qué es peor, si el moderneo o el postureo. Lo que sí tengo claro es que ambas palabrejas han hecho -y hacen- daño a esos negocios hosteleros con ciertos complejos, sin una idea clara o con una debilidad que los hace tener en la carta disparates varios. Ahora que más de un cursi se escuda en la casa de comidas humilde o en la pobre y explotada abuela, lo cierto es que encontrarse en el ecosistema asiático de Santa Cruz de Tenerife con restaurantes como el de Danny Nielsen a uno le llena de cierta esperanza.
Acudí recientemente acompañado por un gran comensal, uno de esos gastrónomos con los que da gusto disfrutar del placer del buen comer, que no es lo mismo que salir a comer. El arte del buen comer se basa en varios puntos innegociables; desde la sala hasta el mantel y las servilletas, pasando por el hilo musical, la conversación, la elección del vino o la sobremesa. En Nielsen ese día estaban animados en cuanto a la música, por lo que le sugerimos al servicio de sala que la bajaran un poco para no hablar más alto de lo debido.
La estética del restaurante es clásica, en el buen sentido de la palabra, si es que lo clásico tiene algún sentido negativo. Elegante, impoluta, con varios espacios que a este comensal que escribe le entusiasman especialmente, como el rincón dedicado a los puros o el reservado en la parte alta. Por supuesto, el dedicado a los vinos es sumamente interesante, pues cuenta con grandes referencias nacionales e internacionales, acorde a una carta que desprende una no menor sensibilidad del chef, sin desmerecer su buen gusto.
Es una apuesta valiente, porque ofrece en carta platos que otros ni se atreverían a plantear, por aquello de las tendencias y otras reflexiones de los restaurantes con una corta esperanza de vida. El anfitrión, cocinero de experiencia y solvencia demostrada, ya se las conoce todas, por lo que desprende esa seguridad de saber lo que hace, lo que dice o hacia dónde ir.

Bisque de Nielsen. / Jose Luis Reina
Habíamos ido allí con algunos objetivos concretos, como esa formidable y untuosa bisque que emociona, generosamente servida. Acompañada de gamba roja y espuma de leche, el plato aquí llamado capuchino de crema de marisco reúne lo mejor: intensidad, cremosidad, equilibrio... podría escribir innumerables adjetivos, pero lo resumiré de manera clara y breve: es un plato que te empuja a volver (o a ir); que uno retiene en ese archivo de sabores, siendo una gran muestra del talento reinante en este placentero refugio, parfait.

Steak tartar. / Jose Luis Reina
Ya habrá leído usted, y si no se lo cuento, que le tengo especial cariño al steak tartar, quizá por nostalgia o por puro antojo. De ahí que lo ande pidiéndolo aquí y allá para luego poder ofrecer un listado con cierto criterio. Y el de Nielsen, claro, es un gran steak tartar. Solicité un punto alto de picante, algo que en cocina interpretaron perfectamente. El corte y el sabor, clásico y sin yema de huevo, era delicioso. Debo darle razón a mi acompañante y la próxima vez suavizaré la petición, para que resalte más el sabor de la carne.

Taco con vieiras. / Jose Luis Reina
Antes del Chateaubriand con salsa de Jack Daniels, disfrutamos de otro emblema de la casa, el taco frito con sashimi de vieiras, sésamo, coronado con cilantro y un agradable toque picante. Un bocado fresco, crujiente y divertido. La carne, por cierto, en su punto perfecto -poco hecha-, en su temperatura ideal y cortada por el propio Nielsen en mesa.
En la parte líquida, no menos importante, la elección fue segura, ganadora. Recomendación del anfitrión, que sugirió una botella de esas a las que decirle que no debe doler; un amor a primera vista. Y que se va, como los grandes amores, justo a tiempo. Es intenso, efímero, pero se despide entre la añoranza y el placer de haber compartido un periodo de tiempo glorioso. Un amor recordado y disfrutado: Tomás Postigo Rebollo Quercus Pyrenaica, año 2019, en formato Magnum.
Su evolución durante el almuerzo invita a que nos acompañe también en la sobremesa, obviamente. Es un vino para deleitarse y celebrar el arte del buen comer, antes mencionado. Un homenaje, sí. Nielsen disfrutó viéndonos disfrutar, por lo que todos contentos. Otra de las ventajas del restaurante es que uno puede terminar en la terraza de la animada y agradable calle peatonal, por lo que el disfrute está garantizado.
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