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Restaurantes

¡Oh, Faracho, gran Faracho!

El restaurante ubicado en La Laguna es un oasis de sentido común y amor por la cocina en peligro de extinción, es decir, casera

Iván Pérez, propietario de Faracho.

Iván Pérez, propietario de Faracho. / Jose Luis Reina

Jose Luis Reina

Jose Luis Reina

La Laguna

Iván Pérez, cara visible del restaurante Faracho, me recordó un par de días antes de la reserva un apunte que no por obvio para un servidor deja de ser importante: "Reina, recuerda que lo nuestro es muy casero, para que se lo adviertas a tu acompañante y no se asuste. Esto es lo que hay en Faracho". Recordaba eso el anfitrión, pues le había adelantado que llevaría a un gran comensal a conocer su delicioso oasis.

De lo bueno nadie se asusta, y mucho menos de una cocina tan emotiva como la de Faracho, un restaurante familiar plagado de una buena selección de vinos, muchos fuera del radar, y de un concepto en cocina tan familiar que emociona. La mano de Victoria Herrera, la madre de Iván, es esa mano de todas las madres, que tanto amor ponen a los platos para los suyos.

Botellas de vino en el techo de la sala.

Botellas de vino en el techo de la sala. / Jose Luis Reina

Este restaurante, con más de una década de éxito en una ciudad nada sencilla para consolidarse, gastronómicamente hablando, es un digno caso de análisis. Siempre lleno, conseguir mesa aquí es una de esas cosas para presumir. No es una labor sencilla, en gran medida porque el propio ecosistema del restaurante, de una sala más bien pequeña, hace que las mesas sean las más valiosas de la ciudad.

Un hogar familiar

Hay varios puntos que se repiten unánimemente en los comensales que acuden allí. Uno de ellos, este fundamental, es lo bien que comieron en Faracho. Otro, no menos importante, es lo bien tratados que se sintieron por el eficaz servicio de sala, con el carisma natural de Iván acaparando los focos. El restaurante, aunque suene algo cursi, no deja de ser un hogar donde madre e hijo reciben y homenajean; atienden y cuidan; ofrecen y celebran.

Alcachofas con foie.

Alcachofas con foie. / Jose Luis Reina

En mi reciente visita estuve tratando de recordar cuándo fue la primera vez que acudí a este restaurante, sin éxito. Lo que sí tengo claro es que nunca ha habido un mal servicio, un mal plato, un vino erróneo. El anfitrión, de privilegiada nariz y entusiasta de la parte líquida, adapta el vino perfecto y personalizado tras unas breves preguntas. Esto es una parte sustancial de la experiencia. No venga aquí a beber agua, por dios.

Por otro lado, otro de los grandes consejos que le puedo dar como Farachiano veterano es que se deje llevar por él a la hora de pedir la comida. En esta ocasión ya había adelantado a un servidor que su madre, la gran cocinera, había preparado una carne de cabra, plato icónico del local, con la correspondiente salsa de almendras en lugar del adobo tradicional, acompañada de las correspondientes papas negras. Un must.

Carne de cabra con salsa de almendras.

Carne de cabra con salsa de almendras. / Jose Luis Reina / v

En cada plato, en cada pase, hay identidad local. Respeto al entorno, productores y productos. Desde el micuit del principio hasta la empanada de queso canario. Otro plato indispensable: las alcachofas con foie, quizá el más aclamado. No falla, siempre sorprende. En una de las múltiples visitas de Iván a la mesa, apareció con un glorioso rancho canario con su correspondiente costilla. Cuchara, nostalgia, ¡Faracho! Otro regalo, otro recordatorio de su autenticidad sin complejos.

No encontrará usted a este restaurante en redes sociales, ni a su propietario en ningún lado. No quiere protagonismo ni foco, y si puede que no hablen mucho de él. Es un tipo peculiar, el amigo Iván. Pero es uno de los mejores trabajadores de sala que conozco, pues controla los ritmos, las recomendaciones, los comentarios. Discreto, pero presente. No será sencillo conseguir la mesa, pero cuando la tenga le tratarán de maravilla y le alimentarán con el alma de un concepto, el de la casa de comida, aunque algunos afrancesados -o acomplejados- lo llamen Bistrot, en pleno auge. Pero, claro, en estos de nueva creación no está Iván, ni su madre. Ni tampoco lo más importante, su rancho.

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