El Enófilo
Michael Candelario: la joven promesa del vino en Canarias
Hay bodegas que nacen de un plan de negocio y otras que nacen de una historia

Michael Candelario a la entrada de su bodega. / Mulchand Chanrai

La de Michael Candelario, en Puntagorda (La Palma), pertenece sin duda a la segunda. Aquí el vino no es una moda ni una estrategia: es memoria familiar, paisaje heredado y una decisión personal tomada con calma, con los pies en la tierra y la cabeza puesta en el futuro.
Visitar la bodega es entender, desde el primer minuto, que el proyecto no se explica solo desde el acero inoxidable o las barricas, sino desde la viña, el esfuerzo cotidiano y una manera muy concreta de entender el oficio. Lo hago acompañado por Iñaki Garrido, la persona que asesora y guía a Michael, construyendo con él una base de aprendizaje constante, de ensayo y error, siempre desde una enorme coherencia.
Cuarta generación
La familia Candelario ha hecho vino toda la vida, pero durante generaciones fue vino para consumo propio. Vino de tea, vino mezclado, vino sin etiquetas ni discursos. Negramoll, listán prieto, listán blanco, albillo… todo junto, como se hacía antes. El acero no existía; la tea era el recipiente y también el carácter.

Una de las viñas de la bodega de Michael Candelario. Mulchand Chanrai / Mulchand Chanrai
Michael es cuarta generación, pero es el primero que decide dar un paso más. No para industrializar el legado ni para convertirlo en un producto de volumen, sino para entenderlo mejor, para respetarlo desde el conocimiento.
Su primer vino llega en 2015, casi como un juego serio: un clarete elaborado con todas las variedades mezcladas, presentado a un concurso local durante las fiestas del almendro en flor. Aquella experiencia y el premio que llegó después, fue la chispa del proyecto. “Ahí fue cuando me animé de verdad”, reconoce. El reconocimiento local, los concursos del municipio, el apoyo familiar… todo empieza a encajar. Y después de eso llega la decisión clave: formarse.
Aprendizaje
Estudia vitivinicultura en Tenerife, donde comienza a comprender la complejidad y la belleza del mundo del vino. No se va para huir del campo, sino para volver a él con más herramientas. Cuando regresa a La Palma, lo hace con una idea clara: construir una bodega pequeña, honesta, sostenible y viable. Sin prisas. Sin obsesión por crecer.

Alguna de las barricas de la bodega de Michael Candelario. / Mulchand Chanrai
Hoy la producción ronda las 5.000 botellas, y el propio Michael tiene claro que su límite no debería ir mucho más allá de las 8.000 o 10.000. No por falta de ambición, sino por convicción. “No quiero perder el control del vino ni de la viña”, dice. Y eso, en un contexto donde muchos proyectos nacen pensando en escalar rápido, externalizar trabajo o buscar inversores desde el primer día, es casi una declaración de principios.
El método
La bodega está en Puntagorda, integrada en el entorno familiar. No hay artificio. Hay depósitos de acero, algunas barricas y, sobre todo, tiempo y atención. Los vinos fermentan con calma, se prueban constantemente y se toman decisiones en función de la cata, no solo de la analítica.

Michael Candelario e Iñaki Garrido catando la última añada. / Mulchand Chanrai
El tinto, elaborado principalmente con listán negro, es fresco, fluido, directo, con una fruta limpia y una acidez que lo hace especialmente gastronómico. El blanco, basado en listán blanco con presencia de albillo, muestra tensión, equilibrio y una textura que invita tanto a beber como a sentarse a la mesa.
Durante la visita, los vinos aún están en depósito. Se habla de barricas nuevas y usadas, de cuánto marcar o no marcar, de cuándo embotellar y de cuándo no tocar. No hay dogmas. Hay reflexión, escucha y respeto por lo que el vino va pidiendo en cada momento.
La viña
Si la bodega es el corazón del proyecto, la viña es su verdadero reto. Las parcelas de Michael no son fáciles: viñas viejas, desordenadas, marcadas por años de sequía, podas agresivas y, más recientemente, incendios. Aquí la viticultura es esfuerzo físico, duda constante y aprendizaje continuo.
Acompañar a Michael e Iñaki en la poda es entender de verdad el valor de una botella. Cada cepa es un caso distinto. Se habla de flujo de savia, de cortes de respeto, de errores heredados y de cómo enderezar una planta sin forzarla. No se busca producción inmediata; se busca recuperar la viña, darle futuro. “Esto no se arregla en un año”, dice Michael mientras decide qué brazo cortar y cuál dejar. Y esa frase resume perfectamente el proyecto: paciencia, visión a largo plazo y respeto por el ritmo natural.

Momento en el que se valora la viña y se poda. Mulchand Chanrai / Mulchand Chanrai / D
En un mundo del vino lleno de etiquetas grandilocuentes, discursos prefabricados y modas pasajeras, el proyecto de Michael Candelario destaca por algo mucho más sencillo y mucho más difícil de sostener: coherencia.
Aquí no hay una construcción artificial del relato del pequeño productor. No hay un marketing forzado del origen ni una idealización impostada del campo. Él no pretende ser lo que no es, ni jugar a etiquetas que hoy venden bien pero mañana se vacían de contenido. No quiere crecer a cualquier precio ni asumir riesgos que comprometan el vino o la viña.
Vive con sus padres, reinvierte prácticamente todo lo que gana, compra barricas poco a poco y se apoya en la familia y los amigos para vendimiar. Sabe que este es un camino largo, casi una carrera de fondo, pero también sabe que no hay otra manera de hacerlo bien. En un contexto como el canario, donde producir vino ya es de por sí un acto de resistencia, esa coherencia no es solo una virtud: es una necesidad.
Identidad
Al final de la visita, entre comidas compartidas, conversaciones familiares y copas que se vacían despacio, queda claro que el vino de Michael Candelario no se entiende sin su contexto, sin Puntagorda, sin La Palma, sin la historia familiar, sin la viña dura y hermosa que lo rodea.
Son vinos que no buscan imponerse ni deslumbrar desde el primer sorbo. Buscan contar de dónde vienen. Vinos honestos, precisos, con acidez, con frescura y con una identidad que no se fabrica en un despacho ni se diseña en una etiqueta: se hereda, se trabaja y se cuida.
En un momento en el que muchos vinos hablan más de quien los vende que de dónde nacen, este proyecto recuerda algo esencial: el vino, cuando es verdadero, sigue siendo una forma de identidad. Y eso, hoy en día, es quizás lo más valioso que puede ofrecer una botella.
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