El Enófilo
El vino ante el espejo: las claves que marcarán 2026
Un año de cambios, tendencias consolidadas y retos decisivos para el sector

Una viña en Canarias. / Mulchand Chanrai

El cierre de un año siempre invita a detenerse, a mirar atrás con cierta calma y a tratar de entender hacia dónde se dirige un sector tan vivo, complejo y cambiante como el del vino. 2025 ha sido un año intenso, de transformaciones profundas y de señales claras que obligan a repensar el presente y el futuro. En España en general y en Canarias en particular, el vino ha vivido un ejercicio que no pasará desapercibido.
La filoxera. Si algo ha marcado el año en el archipiélago, ha sido la aparición de la filoxera. Más allá de su impacto agronómico y económico, este hecho ha supuesto un golpe simbólico a uno de los grandes pilares del relato vitivinícola canario. Durante décadas, la singularidad de las viñas prefiloxéricas ha sido una seña de identidad y un argumento diferenciador que conectaba directamente con la historia y el patrimonio.

Primer plano de una filoxera. / Wine Enthusiast
La filoxera no solo afecta a las cepas, afecta a la forma de entender el viñedo, al equilibrio entre conservación y adaptación, y a la responsabilidad colectiva de proteger un patrimonio que va más allá del valor comercial. 2025 ha sido, en muchos sentidos, un punto de inflexión que obliga a replantear modelos y estrategias de futuro.
Menos alcohol. Este año que dejamos atrás, ha confirmado una tendencia que ya no admite discusión: el crecimiento del interés por los vinos con menor graduación alcohólica. El consumidor actual busca vinos más ligeros, frescos y bebibles, capaces de acompañar el disfrute cotidiano sin excesos. No se trata de beber menos vino, sino de beberlo de una forma más consciente y alineada con nuevos hábitos de consumo.

Algunos vinos ligeros, con menos graduación alcohólica. / Mulchand Chanrai
Este cambio abre oportunidades para territorios con perfiles atlánticos y estilos más sutiles. Canarias, por clima, variedades y carácter, parte con alguna ventaja, aunque el reto estará en adaptarse sin perder identidad ni caer en discursos forzados.
Abundancia de referencias. Nunca antes el consumidor había tenido tantas opciones entre las que elegir. Monovarietales, ensamblajes, vinos de parcela, ediciones limitadas y diferentes rangos de precio conforman un mercado cada vez más amplio y diverso. Esta diversidad es una de las grandes fortalezas del sector actual, pero también genera cierta saturación.
La dificultad no está en ofrecer opciones, sino en saber explicarlas. Cuando las referencias se multiplican sin un relato claro, el consumidor puede sentirse desorientado. De cara a 2026, la claridad y la coherencia serán valores clave.
La velocidad del mercado. Uno de los debates más relevantes que deja 2025 tiene que ver con la prisa. La necesidad de lanzar novedades constantes ha provocado, en algunos casos, vinos técnicamente correctos, pero carentes de tiempo y reflexión. No todos los vinos necesitan largas crianzas, pero sí requieren intención, coherencia y una idea clara detrás.
La reflexión para el futuro pasa por recuperar la calma, por elaborar con mayor conciencia y por entender que no todas las tendencias deben convertirse inmediatamente en una nueva referencia.
El factor de identidad. En un contexto vitivinícola cada vez más globalizado, donde muchos vinos terminan pareciéndose entre sí, las variedades autóctonas se han consolidado como uno de los grandes valores diferenciales del sector. En Canarias esta realidad no es una novedad, pero sí ha adquirido en 2025 un nuevo peso estratégico.
Estas variedades han demostrado una capacidad extraordinaria para expresar el paisaje volcánico, los microclimas y la influencia del Atlántico. Frente a la estandarización de estilos, ofrecen vinos con personalidad, a veces más exigentes, pero también más honestos.
El reto no está solo en cultivar variedades autóctonas, sino en conocerlas mejor, interpretarlas con respeto y comunicarlas con claridad. No todas necesitan ser llevadas al límite ni adaptadas a modas externas. Algunas funcionan mejor desde la sutileza, desde la frescura o desde una lectura más directa. De cara al futuro, pienso que el verdadero valor estará en dejar que estas uvas hablen su propio lenguaje, sin forzarlas, sin maquillarlas y sin perder de vista su origen.
El enoturismo. Más allá de la botella, 2025 ha confirmado el crecimiento del interés por las experiencias vitivinícolas. El enoturismo se ha convertido en una herramienta clave para conectar con el consumidor, permitiéndole entender el vino desde el paisaje, la historia y las personas que lo hacen posible.

Víctor Lugo / E.D.
Canarias cuenta con un potencial extraordinario en este ámbito. El desafío estará en profesionalizar estas experiencias y convertirlas en una vía real de valorización del producto, sin perder autenticidad.
Los retos del año
Mirando hacia 2026, creo que el sector vitivinícola se enfrenta a un año clave. Un año en el que será necesario ordenar, reflexionar y tomar decisiones. Venimos de un periodo de mucha actividad, de lanzamientos constantes y de búsqueda de posicionamiento. Ahora toca preguntarse qué vinos queremos hacer, para quién y con qué propósito. No todo vale, ni todo necesita salir al mercado de inmediato. Echo en falta, en algunos casos, más calma, más tiempo y más coherencia entre viñedo, bodega y relato.
Desde mi punto de vista, este año debería ser el año de la claridad. Claridad en los proyectos, en los mensajes y en la forma de llegar al consumidor. Creo que el mercado premiará cada vez más los vinos honestos, bien explicados, con precios coherentes y con una historia comprensible. Menos ruido y más contenido. Menos prisas y más profundidad.
El vino, al final, siempre es un reflejo de su tiempo. El año 2025 nos ha mostrado un sector dinámico, creativo y lleno de oportunidades, pero también marcado por ciertas contradicciones. Este año se presenta como la ocasión perfecta para reencontrarnos con la esencia, con el sentido del oficio y con aquello que hace que una botella sea algo más que un producto. Porque el vino no solo se bebe: se piensa, se siente y se recuerda. Y en ese recuerdo, Canarias tiene hoy mucho que decir.
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