El nombre de este proyecto hace referencia al siglo XXI, a partir de una apuesta innovadora y moderna, pero con una filosofía enraizada en la tradición de los vinos de la Riberra del Duero, con la incorporación del roble francés para así dotarlos de un toque de distinción y elegancia.

José Moro Espinosa (Pesquera de Duero, Valladolid, 1959) personifica la tercera generación de la saga de las bodegas Emilio Moro, marca y seña de la Denominación de Origen Ribera del Duero. Ahora se encuentra de gira –tal y como hacen los artistas– y el pasado miércoles presentaba en sociedad, en el restaurante Nielsen de la capital tinerfeña, las bondades de la gama de Cepa 21, con un maridaje sencillamente exquisito a cargo del cocinero danés y su equipo.

Con voz de profundo aroma reconoce este bodeguero castellano que la viticultura forma parte indisociable de su ADN: «Tuve la suerte de acompañar a mi padre desde niño, ya fuera con el arado, cepillo en mano limpiando cubas o también aprendiendo a podar». Y recuerda, con cierto aire de nostalgia, cómo en aquellos pagos de Castilla no se estilaba por entonces el chocolate y la merienda se basaba, generalmente, en «pan, vino y azúcar».

Confiesa José su pasión por el oficio, no sólo porque cada año debe sacar lo mejor de las viñas, entender el terroir de su zona, las variaciones de temperaturas... «Esos procesos hay que adaptarlos para lograr un vino que cada vez que se descorche enamore al consumidor», un catalizador de las relaciones humanas, porque a su juicio, hacer un vino representa «concentrar toda

la pasión del bodeguero en una botella».

A propósito de los vinos canarios destaca que «cuentan con su propia idiosincrasia», de ese carácter que le imprimen la singularidad de las zonas y suelos volcánicos. Se decanta más hacia los blancos que los tintos, «pero sin duda tienen su particularidad, sus especiales aromas y su sitio en el mercado».

Fue en el 2000 cuando se plantaron los viñedos de los que brotan las uvas que dan vida a los vinos de la Bodega Cepa 21, cuya primera añada nacía en 2002. Los terrenos feraces de la Ribera del Duero, esos suelos de arcilla, caliza y cantos rodados, determinan la personalidad de unos vinos con estructura, potencia, color y, a la vez, finura, elegancia y madurez. José se mantiene fiel a la tempranillo, «la variedad reina», sentencia, «que no destaca por nada y es notable en todo, capaz de hacer un joven como el Hito o armar las complejidades de un Malabrigo».

El nombre Cepa 21 hace referencia a un proyecto del siglo XXI, «innovador y moderno», explica Moro, pero con una filosofía muy clara: enraizada en la tradición. El objetivo que se planteó el bodeguero fue el de alumbrar un vino de raza, partiendo de aquellos de los años 80 que encumbraron a Ribera del Duero, «que había que partirlos con cuchillo y tenedor, pero en este caso quería darle el toque del roble francés», para impregnarlos de distinción y elegancia, «haciéndolos evolucionar muy bien en botella».

Cepa 21 ha alcanzado madurez, pero un proyecto de esta envergadura precisa ser tutelado; tiene que haber un rostro reconocible. «Estamos presentes en la hostelería, en la distribución y la presencia de una cara como reflejo del proyecto es fundamental para consolidarlo y consagrarlo».

El cambio climático «está ahí», admite Moro sin atisbo de duda. Valga una reflexión: «Cuando era niño vendimiábamos a mediados de octubre y ahora lo hacemos a mediados de septiembre;

algo está pasando». Esto tiene influencia en la uva, que debe cumplir su ciclo vegetativo natural, de manera no se altera ese equilibrio entre acidez, azúcar y la capacidad fenólica. ¿Qué puede pasar con el incremento de las temperaturas, las sucesivas olas de calor o el estrés hídrico?, pues que «el vino puede llegar a perder encanto». La solución a corto plazo, apunta el bodeguero, se orienta a plantar en las zonas más altas para respetar ese ciclo vegetativo.

Un legado vital: el amor por el vino

Ese legado vital, el irrenunciable amor por el mundo del vino, hizo que José Moro, que estudió Ingeniería Química y trabajó en el control de calidad de un laboratorio en Valladolid, decidiera un

buen día arremangarse. Su padre le había dejado un lagar de 60 metros y, a base de pico y pala, abriendo zanjas, derrochando esfuerzo, trabajo, sacrificio, humildad y preparación aquel sueño

fue creciendo. «Empecé desde cero», subraya, y vendimia a vendimia ha ido consolidando un proyecto cuajado de éxitos, no sólo desde el básico perfil de bodeguero, sino también en la faceta

empresarial. Y apropósito enumera algunas menciones, como son los casos de su inclusión en la lista de las cien personas más creativas, según la revista Forbes España, «un enorme orgullo», o el reconocimiento a Mejor Ejecutivo del año que le concedió la Cámara de Comercio de Miami. Recuerda que en 1998, cuando llegó por primera vez al competitivo mercado norteamericano,

no sabía ni papa de inglés, pero se esforzó en estudiar y dominar el idioma con el objetivo de vender sus vinos y ahora recorre aquel país de un lado a otro. También ha incursionado en Latinoa-

mérica, donde estima que «la calidad, el alma y la clase de los vinos españoles» tiene un nicho propio. «Al final bebemos la misma cultura, paladeamos la misma lengua y nos reconocemos en la misma historia».