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Entrevista

Daniel Sánchez Arévalo: "Hacer películas me ha salvado la vida"

El director estrena 'Rondallas', filme en el que muestra el poder de la música popular para crear comunidad

Daniel Sánchez Arévalo, en el rodaje de 'Rondallas'

Daniel Sánchez Arévalo, en el rodaje de 'Rondallas' / Manuel Fernández-Valdés

Nando Salvà

Con su nuevo largometraje, 'Rondallas', Daniel Sánchez Arévalo, el director de 'Azuloscurocasinegro' (2006), regresa a la pantalla grande tras un periodo excepcionalmente largo alejado de ellas. La nueva película cuenta la historia de un pueblo costero abatido por el naufragio que uno de sus pesqueros sufrió años atrás, y al que solo sobrevivieron dos tripulantes. Volver a formar la rondalla, una agrupación popular de música tradicional en la que participaban varios de los marineros naufragados, actuará para sus habitantes a modo de catalizador a través del que superar el trauma.

-¿Cómo conoció el mundo de las rondallas?

-A través de un vídeo de YouTube protagonizado por la rondalla de Santa Eulalia de Mos, un 'concello' pequeño. Aparecían tocando en la calle con gaitas, panderetas, tambores, bombos, castañuelas y charrascas, y vestidos con trajes tradicionales, pero versionando ’Thunderstruck’, de AC/DC; es decir, a la vez folclore y heavy metal. Al verlo se me puso la piel de gallina. Fui a verlos ensayar. Son un grupo de más de cien personas que incluye niños y mayores, padres y madres, abuelos y nietos, y ningún músico profesional entre ellos. Me quedé enganchado de la sensación de comunidad que me transmitieron y su amor por la música y la tradición. Me llamó la atención que las rondallas sean algo tan desconocido no solo en España sino en la misma Galicia. Y sentí la necesidad de enseñárselas al mundo.

-'Rondallas' revindica el poder de la música, y por tanto del arte, para generar comunidad. ¿Qué significa para usted estrenarla en un momento en el que la capacidad del cine para atraer al público está en entredicho?

-Es uno de los principales motivos por los que la he hecho. Ir al cine ha dejado de ser una costumbre para convertirse en un acto extraordinario, y eso me da muchísima pena. 'Rondallas' es mi manera de exhortar a la gente a que siga prestando atención a las salas de cine. Es una película para ver en pantalla grande, en compañía de otros espectadores. Antes de rodarla yo estuve involucrado en dos proyectos en Netflix con los que estoy encantado, pero ahora tenía la necesidad de volver a hacer algo puramente cinematográfico. Y algo de marcado carácter popular, que atraiga a audiencias de todas las generaciones, igual que las rondallas.

-No puede ser casual que su película, una reivindicación de la solidaridad y la comunidad, llegue en un presente marcado por la fractura, la polarización y el enfado...

-No lo es, claro. Creo que está demostrado que, en momentos de crisis, exhibimos una capacidad extraordinaria para lo mejor de nosotros mismos y ayudarnos los unos a los otros. Y me fastidia que solo seamos capaces de demostrar esa cualidad tan bonita en momentos tan difíciles; quizá la única vez que experimenté ese tipo de conexión colectiva en un momento de felicidad fue durante el Mundial de fútbol de Sudáfrica. La energía que se sentía al salir a la calle era increíble. Sería muy bonito que 'Rondallas' generara algo parecido.

-¿Diría que el cine es tan sanador para usted como la música lo es para los protagonistas de su película?

-Por supuesto. Escribir películas y dirigirlas me ha salvado la vida, porque es la herramienta que he tenido para exorcizar mis propios demonios y hacer la realidad más llevadera. Para mí el cine y la ficción han sido un refugio, un lugar al que acudir para olvidarme de lo pueda estar causándome tormento.

-A pesar de eso, han pasado seis años desde su largometraje inmediatamente anterior, ‘Diecisiete’, que rodó para Netflix. ¿Por qué tanto tiempo?

-Varias cosas. De entrada, la pandemia nos frenó bastante a todos. Además, tuve una hija, y no quise ser un padre ausente. Y en este tiempo, además, también trabajé en la serie ’Las de la última fila’, también de Netflix, que fue un proyecto de envergadura considerable. Debo reconocer, en cualquier caso, que en este tiempo llegué a sentir que no era capaz de ubicarme en mi propia vida, de sentir que seguía siendo algo más que el padre de mi hija. Gracias a ‘Rondallas’ una parte de mí se liberó. Hacía mucho tiempo que no me involucraba tanto en uno de mis proyectos, y volví a sentirme director por primera vez en mucho tiempo. Ahora mi hija tiene 5 años, y yo siento la necesidad de rodar más. Ya he pasado los 50, y tengo cierta prisa.

-¿Tiene algún objetivo a largo plazo como cineasta?

-Me vale con seguir haciendo películas, porque eso basta para sentirme un privilegiado. Y me importa mucho mantener el contacto con la realidad. Siempre he valorado mucho el hecho de tener un grupo de gente sana a mi alrededor, que leen mis guiones y ven mis películas, me critican duramente si hace falta, y así han impedido que yo me aislara o me endiosara. Es muy necesario estar rodeado de gente dispuesta a decirte las verdades, por dolorosas que resulten.

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