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El papel de los expresidentes: entre el jarrón chino y la bula

El PP también ataca a diario a Sánchez por tantear a los independentistas, aunque no hace demasiados días el propio Feijóo admitió "contactos informales" con Junts

Felipe González y Jose María Aznar en el debate ’Repensar España’ durante el I Congreso Nacional de la Sociedad Civil. JOSÉ LUIS ROCA

La principal molestia que está afrontando Pedro Sánchez en este ínterin entre que espera a que Alberto Núñez Feijóo se estrelle en el debate de investidura de la semana que viene y él inicia oficialmente negociaciones para volver a ser presidente del Gobierno no está viniendo de las filas populares. Es cierto que el PP, descontando de antemano que su líder no logrará sumar los 176 apoyos necesarios, también ataca a diario a Sánchez por tantear a los independentistas, aunque no hace demasiados días el propio Feijóo admitió "contactos informales" con Junts. Las críticas más lacerantes le están llegando al líder socialista desde las propias filas.

No constituye una gran sorpresa que Felipe González y Alfonso Guerra carguen contra la búsqueda de aliados de Sánchez. No les gustó el pacto con Podemos mediante el cual el PSOE gobernó toda la pasada legislatura, y menos les gustan los acercamientos a los nacionalistas. Pero sí llama la atención la persistencia y la virulencia de los ataques. El último se produjo el pasado miércoles: González y Guerra, distanciados desde hace décadas, se juntaron en la presentación de las memorias del exvicepresidente del Gobierno. Allí, el que fuera el primer jefe de gobierno socialista advirtió a Sánchez de que no puede ceder a "chantajes", y menos de una "minorías en vías de extinción". La amnistía a los impulsores del referéndum del 1-O, repitió por enésima vez en los últimos días, no cabe en la Constitución.

Llama la atención un papel tan relevante en el debate público, y no precisamente pare arrimar el hombro en favor de su partido. Eso es lo que le reprochan, más en privado que en público, quienes en el PSOE reman por Pedro Sánchez, que son la gran mayoría. Esas voces alegan que los resultados electorales avalan la política del actual líder socialista, y algunos aluden a un rechazo a su falta de protagonismo para explicar la situación. Otros ven directamente una mala lectura del panorama actual. "Entiendo que es difícil abstenerse de opinar sobre el momento, pero me sorprende que no comprendan que la ruta que conduce a resituar el tablero territorial en España es tan arriesgada como la que se trazó en la transición", dice, para reprochar a González y Guerra que por lo menos no permanezcan callados, un miembro de la ejecutiva socialista. 

Trincheras enfrentadas

Es decir: si para el expresidente y otros miembros de la vieja guardia socialista la negociación con los independentistas es casus belli, también lo es, situados en la trinchera de enfrente, para los partidarios de Sánchez. La palabra clave es "convivencia", un valor superior que hay que seguir preservando para que en Catalunya las aguas no vuelvan a salirse del cauce.

 "Felipe habla de una quimera, PP y PSOE no pactarán porque las distancias son insalvables. Hay que ceder en los máximos y renunciar a lo que perturba a la convivencia", dice este dirigente socialista. Y añade que el expresidente "debería ayudar a construir, como lo hizo al principio del conflicto del 'procés'". No parece que esa sea su intención: este mismo mes, González ha admitido que le "costó" votar al PSOE en las últimas elecciones generales.

Su actitud contrasta con el hecho de que fuera él quien enunciara la famosa teoría del "jarrón chino" para referirse a lo difícil que es encontrar acomodo a los expresidentes. Menos recordado es que hace seis años, en el momento álgido del procés y en un encuentro con otros exjefes del Gobierno, González añadió una coletilla a la metáfora: "Siempre he dicho que un expresidente es un jarrón chino en un apartamento pequeño. Es un objeto de valor pero nadie sabe dónde ponerlo. Y ahora además corre el riesgo de que un niño le dé un codazo y lo acabe tirando a la basura". Sánchez acababa de ser elegido secretario general del PSOE tras vencer en las primarias a Susana Díaz, la preferida de González.

Zapatero, puntal del PSOE

El otro expresidente socialista se ha comportado de una forma radicalmente opuesta. José Luis Rodríguez Zapatero fue un puntal de la campaña socialista para las elecciones del 23 de julio. Él mismo dice que decidió implicarse a fondo cuando vio los "ataques despiadados" contra Sánchez, y contribuyó a aumentar la autoestima del PSOE y su papel tanto como partido responsable -que ahora algunos ponen en duda- como de vertebrador de la España moderna cuando sacó pecho por el fin del terrorismo. "Bajo mi gobierno se terminó ETA, se entregó ETA, se rindió ETA", subrayó.

Como Zapatero, y a diferencia de González, los dos expresidentes del Partido Popular, José María Aznar y Mariano Rajoy, hicieron piña con el candidato de su formación, Alberto Núñez Feijóo, durante la última campaña electoral. Conscientes del difícil momento por el que atravesará la semana que viene el líder popular, cuando protagonizará un intento de convertirse en presidente condenado al fracaso, ambos estarán también en el mitin que el PP celebrará este domingo en Madrid contra la amnistía.

Duelo interno

Aznar y Rajoy tomarán la palabra justo antes de que lo haga Feijóo, en un acto que se eximinará con lupa en clave de partido, por si en algún momento se colige que la líder del PP en Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tiene más tirón que el líder de la formación, como ya sucedió en la noche electoral. "Es un acto contra la amnistía, pero también está pensado para que sirva como impulso para Feijóo de cara a la investidura", recuerda un diputado popular en el Congreso.

Pero a diferencia de Rajoy, que sí parece llevar con agrado la vuelta a la vida civil, Aznar no siempre se ha comportado con la obediente ortodoxia de estos días. De hecho, Aznar ha sido, la mayor parte del tiempo desde que dejó el poder, en el año 2004, un dolor de cabeza para la dirección de su partido. El episodio más recordado de su rebeldía fue justamente su distanciamiento de Rajoy, que tuvo en el congreso de València de 2009 -con una Esperanza Aguirre como principal figura de quienes se oponían a la gestión del dirigente gallego- su momento más tenso.

"Aznar habla más y Rajoy es más discreto, pero los expresidentes tienen esta especie de bula: pueden expresar libremente lo que piensan. Es uno de los pocos privilegios que les quedan, porque ya no tienen la información que tenían cuando eran presidentes", sostiene el mismo parlamentario del Partido Popular.

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