27 de abril de 2020
27.04.2020
Crisis del coronavirus

Muerte en las residencias: los testimonios

No se evitaron visitas a tiempo, no se hospitalizó a ancianos graves, no se dieron mascarillas al personal y no se separaron espacios en los edificios. Son los principales errores cometidos en las semanas de más letalidad

27.04.2020 | 12:11
Muerte en las residencias: los testimonios
Muerte en las residencias: los testimonios

"Conocía a mis abuelitos. He sentido impotencia, tristeza. Los quería mucho. La mayoría se manejaban solos. Es una pena, porque no estaban para morirse", dice llorando una auxiliar de la residencia Francisco de Vitoria de Alcalá de Henares (Madrid, 350 plazas), que dejó de contar muertos cuando ya llevaba 52.

Más de 15.000 ancianos han muerto por Covid-19 en los geriátricos. Como lobos, los virus han atrapado a los más viejos de la manada humana, encerrados sin posibilidad de huir de la cacería. La víctima responde al retrato robot del residente: cuando llega tiene 82 años, acumula diagnósticos de enfermedad crónica y toma cinco o más fármacos al día. La estancia media en residencia era de cuatro años, pero la pandemia desbarató la estadística.

Esta mortandad ha supuesto la apertura de 207 diligencias por los fiscales, de las que 86 son penales. Madrid, con 40 residencias investigadas, y Catalunya con 20 son los principales escenarios.

Pero las pesquisas topan con un problema: los testigos clave están muertos. Y lo que han visto otros muchos lo esconde su deterioro cognitivo. Restan para interrogar el personal de las residencias y los familiares, estos, por cierto, sin datos: una de sus quejas es que nadie les contó qué pasaba intramuros.

"Una mañana te ponían un whatsapp diciéndote: 'Todo va bien', y por la tarde te avisaban de que tu padre estaba muy mal", lamenta Amparo García, que tiene a su madre en el centro Vitalia de Leganés, donde, de 266 plazas, la cuenta de óbitos es de 96.

Causa 1 / Sin derecho a hospital

En Barcelona y su área metropolitana, los familiares de la Coordinadora de Residencias recogen testimonios para edificar otra demanda. Es probable que la Fiscalía tope al final con el dilema de si fue o no legal (otra cosa es si fue justo) el triaje tremendo que los servicios de urgencias tuvieron que hacer cada vez que les llamaban de un geriátrico para enviar un anciano grave.

"Llamabas y no te dejaban derivar al hospital. Me decían: 'No; estamos colapsados. Es mejor que vaya para allá un médico' –relata Ricard Buitrago, director del centro Amavir Diagonal de Barcelona, con 31 fallecidos entre sus 200 inquilinos-. A las residencias nos cerraron las puertas hasta el 7 de abril. He llorado de impotencia. Los hijos lo intentaban por su cuenta, y tampoco".

María José Carcelén, portavoz de la Coordinadora de Residencias, anuncia indignada: "Tantos fallecimientos no son por coronavirus, sino porque no fueron al hospital. No sabemos por qué, se lo tendrán que explicar al fiscal". Su madre vive en el centro Mossèn Vidal i Aunós de Barcelona, con 17 muertos. "De los 13 primeros, 11 no llegaron a ir al hospital", cuenta.


Una anciana llegal al Hospital Severo Ochoa de Leganés. Foto: José Luis Roca.

Ahora ya se vuelve a aceptar a ancianos en Urgencias. Pero es después de la quincena letal del 9 al 23 de marzo, de la que Jesús Cubero, portavoz de la patronal AESTE de geriátricos, hace una triste síntesis: "Las residencias cuidamos, no curamos; si un mayor enferma lo llevamos al hospital. Pero no atendían a nuestras derivaciones, sobre todo en Madrid y Cataluña. Tenían tal saturación que no podían, necesitaban las camas para personas con más esperanza de vida. Y eso es un criterio clínico. Nos decían que se tenían que quedar en las residencias, que los aisláramos en habitación individual. Cuando ya estaban para fallecer, te prescribían un sedante. Se intentaba que al menos los que fallecían lo hicieran acompañados y en las mejores condiciones"

"Cuando un mayor está mal y no te lo cogen en el hospital, poco puedes hacer", dice Cubero. Pero esta situación no se ha dado con la misma crudeza en todo el país. Ha habido excepciones: "En Andalucía no se vieron obligados a un triaje tan duro, y hubo más material para las residencias".

Para Carlos Mur, director general de Coordinación Sociosanitaria de la Comunidad de Madrid, la no hospitalización de ancianos respondió a "decisiones y criterios estrictamente clínicos". Pulso entre intensivistas de las UCIs y directores de los geriátricos. "Hasta donde yo sé, los traslados no realizados han sido porque quien se iba a mover no se iba a beneficiar, sino al revés –explica-. Los hospitales estaban en situación crítica. Se encontraban cada día con 200 personas pendientes de ingreso en la Urgencia. Enviar a un anciano grave desde su residencia a una camilla en un pasillo era también condenarlo a muerte".

Pero para la catalana Carcelén, "un porcentaje elevadísimo de ancianos muertos por coronavirus ha fallecido en residencias. Y morir en residencia quiere decir morir sin que se te pueda poner suero, una vía, oxígeno€ No es una muerte digna".

Causa 2 / No se vio venir el desastre ni se cerró a tiempo

No poder hospitalizar fue la última causa de la gran mortandad en los geriátricos. Pero otros errores previos abrieron sus puertas al virus.

La muerte madrugó entre los abuelos. El 6 de marzo, en la residencia Duque de Ahumada de Valdemoro (Madrid) falleció el primero, uno de 76 años. Al día siguiente, primer óbito en Cataluña: una anciana de 87.

El 8 de marzo, Salud Pública de la Comunidad de Madrid envía laxas órdenes a las residencias. Como mucho, "se limitarán las visitas a los residentes estrictamente necesarias", decía el papel. Al día siguiente, la Sub-direcció General de Vigilància i Resposta a Emergències de la Generalitat dirige a las residencias otra orden floja: impedir la visita a los centros a quienes tuvieran "síntomas respiratorios, gripales o fiebre".

"Aquí hay una responsabilidad colectiva de todos, repito todos, de no haber visto lo que se nos venía encima con más antelación", admite Mur desde Madrid, pero también señala que "a algunas residencias, cuando decían 'tengo fuego', las llamas les llegaban ya al tejado".

Pasaron siete días de estado de alarma antes de que en el BOE se publicara una orden de Sanidad limitando, ahora sí contundentemente, los contactos con el exterior.

"El virus entró en las residencias por los trabajadores... o lo pudo traer antes, en febrero, algún familiar", cree Buitrago. La Comunidad de Madrid había anunciado el viernes 6 de marzo que el 7 se cerraban los centros de ocio de mayores, aún no las residencias. Y "ese fin de semana hubo un aluvión de visitas porque las familias querían despedirse", relata un ejecutivo de un grupo privado.

Causa 3 / No se dieron mascarillas

"Todavía creíamos que el Covid estaba por Italia cuando yo me encontré mal, y pedí una mascarilla. Me vino el doctor y me dijo que no hacía falta", cuenta una trabajadora de la residencia Amavir Diagonal de Barcelona. "Teníamos el protocolo que nos enviaba la administración –explica su director-. Te decían que, si no había síntomas, no había necesidad de mascarillas. Ahora lees esos correos de marzo y alucinas".

"Pedí una mascarilla, pero vino el doctor y me dijo que no hacía falta", relata una auxiliar de Barcelona
Respuestas parecidas recibieron las auxiliares en Madrid. "Cuando pedimos las primeras mascarillas, la dirección nos dijo que no, que se podían alarmar los abuelos", denuncia Carmen Rodríguez, técnica veterana de la residencia pública Manoteras de Madrid y sindicalista de CSIT-UP. En su centro ya van 40 fallecidos de 320 residentes.

La censura se extendió entre las propias colegas: "El 12 de marzo le dije a mi compañera: 'Me he traído mascarilla de casa; me la voy a poner'. Y ella me contestó que no, que se iban a asustar", relata la trabajadora de Alcalá.

En este centro incluso hubo un plante por falta de material. A las ocho del 16 de marzo, el turno de la mañana se negó a entrar. A las 10 les dieron mascarillas. Tarde: al día siguiente varias trabajadoras tenían fiebre.

Causa 4 / Poco personal, poca atención

No había test para separar bien a los ancianos sanos de los contagiados. A falta de test, lo elemental es tomar la temperatura repetidamente. Pero no tenía tiempo ni de planteárselo el personal de los geriátricos, que ya era escaso antes de la epidemia.

"Se pidieron test para aislar dignamente en centros medicalizados, porque las residencias no tienen equipamiento, ni hay médico de noche -clama Carcelén-. No hay goteros, ni se les da de beber de noche a los ancianos. Por eso muchos de los que llegaron al hospital venían deshidratados".

Beber y comer es clave. A los viejos, lo primero que les arrebata el virus es el hambre.

"En los peores días, las bandejas subían llenas a las habitaciones en la hora de la comida, y bajaban llenas otra vez. ¿Es que nadie se fijaba en eso?", se pregunta Amparo García.

Ella se tiene por afortunada: su padre, Eutimio, de 78 años, ha superado la Covid-19, está bien de cabeza y, además, tiene móvil. Tener un móvil metido en la residencia era un tesoro cuando las familias llamaban al centro y nadie de la entidad les decía nada. Por la falta de personal que estuviera en pie, Amparo, confinada en Toledo, vigilaba a través del teléfono que su padre comiera. "Yo comía con él a través del móvil: 'Vamos, papá, otra cucharada, inténtalo, por favor'. Él me decía: 'No puedo más, solo quiero meterme en la cama'. Y yo: 'Venga, por favor, otra cucharada'. Así, cada día".

Causa 5 / No se separó a tiempo

El virus lo tuvo más fácil en las residencias pequeñas que en las grandes. Las primeras lo tienen peor para dividirse en zonas de contagiados y de sanos.

En Barcelona, en general, no se empezó a separar por plantas a los afectados "hasta abril", relatan las profesionales consultadas. En Madrid, cuenta Carmen Rodríguez, "hasta primeros de abril no se implantó una zona roja para contagiados, una zona intermedia para observación, y una zona limpia para sanos".


Un operario saca un cadáver de la residencia Dr. González Bueno de Madrid, donde han fallecido más de 100 personas desde el inicio de la pandemia. Foto: José Luis Roca

En otros hogares de mayores se aisló a los residentes sospechosos 48 horas y, si no tenían fiebre, volvían con los demás. En muchos geriátricos desbordados cundió la desorganización, como cuenta la trabajadora de Alcalá: "Viene la hora de la comida, y me dicen: 'Saca a las aisladas y tráelas al comedor'. Yo flipaba".

El dolor y la pena

Esta mortandad de ancianos en la primavera negra de 2020 deja muchos arañazos en los corazones. "Cuando tratas con abuelos te llevas parte de ellos, porque te cuentan muchas cosas –relata la auxiliar de Barcelona-. Es muy duro ver que mueren 31 en un mes, cuando antes morían tres o cuatro".

Ella guarda unas notas manuscritas biográficas que le dio una de las víctimas de la Covid-19. "Era como mi abuelita, le tenía mucho cariño. Era muy alegre, y contaba cosas del marido, su amor de toda la vida", relata entre lágrimas.

En defensa de los auxiliares de las residencias, Carmen Rodríguez quiere que algo quede claro: "Siempre que se ha podido no se ha muerto nadie solo. Cuando un abuelito llega a su fin, si no está dormido sabe que se va; entra en shock, pero creo que sabe que estás ahí€"

Sin tiempo para el respeto

El 23 de marzo, al entrar a desinfectar a un centro de mayores de Madrid, los soldados de la UME chocarono de frente con una de las realidades descarnadas del drama de las residencias en la pandemia: los cuerpos muertos de dos ancianos en sus camas, sin recoger. Seis días después hallaron once cadáveres en una mañana. La fiscalía había iniciado pesquisas.

"Cuando un mayor fallecía, el protcolo nos ordenaba dejarlo en su habitación y avisar a los servicios funerarios -explica Jesús Cubero, portavoz de la patronal de residenciasa-, y esos servicios colapsaron, porque morían cuatro veces más personas que antes. Se les llamaba y no venían. Hemos llegado a tener fallecidos esperando 48 horas en una habitación en la que el protocolo te dice que no puedes ni entrar, ni tocar el cadáver".

La tragedia no ha dejado lugar al respeto. Solo a partir del 22 de abril han comenzado a recibir los familiares de internos de la residencia Vitalia de Leganés las cartas de pésame del centro. Antes no hubo tiempo para cumplidos.

Ni tampoco para la delicadeza. Cuenta la auxiliar Carmen Rodríguez cómo en la residencia pública madrileña de Manoteras, cuando por fin se dividió en zonas, hubo que cambiar "a toda prisa" de habitación a los residentes, con lo que eso les desconcierta. "Te decían los abuelos: 'Pero señorita, ¿por qué se llevan mi ropa? ¿por qué ya no puedo dormir con mi compañero?' Y no tenías tiempo de hablar: 'Porque lo manda la autoridad. Vamos, vamos'".

Antes, cuando las medidas se limitaban a una consigna de no alarmar, habían desaparecido las noticias de la sala de estar. "El que tiene televisión en su habitación puede ver lo que quiera, pero en la sala mandaron poner documentales de La 2; paisajes, no telediarios".

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