La Palma, la isla que desafía el vértigo
La Palma se afianza como la isla de los balcones que desafían el vértigo. La apertura de dos miradores este mes en Fuencaliente y Villa de Mazo nutre una red ya de por sí extensa. Son además puntos que sacan el máximo partido a uno de los fuertes de la Isla Bonita: la cantidad y variedad de paisajes que brinda su privilegiada naturaleza.

El nuevo mirador de Las Indias, inaugurado el pasado 7 de agosto en el municipio de Fuencaliente. / E. D.

Hay islas que se recorren y otras que, además, se contemplan. La Palma pertenece a las dos categorías, pero basta detenerse en uno de sus miradores para entender que aquí mirar no es una pausa del viaje. Es el viaje. La montaña, el océano, los volcanes, los barrancos y el bosque aparecen de pronto ordenados ante los ojos como si la isla hubiera sido construida para ser observada desde sus alturas.
La reciente renovación de dos de estos balcones a la privilegiada naturaleza palmera vuelve a poner el foco en una de las grandes riquezas paisajísticas de la Isla Bonita. El Mirador de Las Indias, en Fuencaliente, y el del Lomo, en Villa de Mazo, acaban de incorporar mejoras que permiten disfrutar de panorámicas muy diferentes, pero unidas por una misma característica: la capacidad de convertir el territorio en un espectáculo único.
El nuevo Mirador de Las Indias, situado sobre los barrios de Las Indias y La Fajana, abre una panorámica hacia el sur de La Palma. Desde allí, la mirada alcanza el litoral, las plantaciones de plátanos y, en días despejados, la silueta de El Hierro. El lugar adquiere otra dimensión cuando cae la tarde: sus puestas de sol son uno de sus grandes atractivos. La intervención ha querido añadir también una dimensión cultural, con una décima de Miguel Martín Méndez y una escultura del artista fuencalentero Gustavo Díaz, fundiendo paisaje, literatura y arte.
Las vistas de Cumbre Vieja
En Villa de Mazo, el Mirador del Lomo recupera su protagonismo con una actuación que ha permitido rehabilitar el espacio y dotarlo de un área de descanso. Situado junto a la carretera LP-2, en Montes de Luna y junto a un sendero de la red insular, ofrece vistas hacia el Parque Natural de Cumbre Vieja y el Cantón de Tigalate. Es una mirada más cercana, vinculada al paisaje cotidiano y a los caminos que atraviesan la isla.

Uno de los miradores flotantes de Izcagua. / E. D.
Pero dos miradores recién estrenados no explican por sí solos la singularidad de La Palma. Forman parte de una colección mucho más amplia de lugares desde los que la isla parece cambiar de escala. La propia oferta turística insular presume de una selección de miradores imprescindibles repartidos por distintos municipios y asociados a paisajes completamente diferentes.
La inauguración de dos miradores afianza a La Palma como un paraíso de los balcones a la naturaleza
Entre ellos hay uno que parece diseñado para desafiar al vértigo. Son los tres miradores flotantes de Izcagua, en Puntagorda. Sus pasarelas con barandillas de cristal se proyectan sobre el barranco y generan una sensación difícil de describir con palabras: por unos instantes, el visitante deja de estar frente al paisaje para sentirse suspendido sobre él. Desde allí abajo queda el vacío; delante, la inmensidad. La experiencia puede prolongarse incluso en una tirolina que parte del propio mirador.
La Palma tiene también miradores donde el paisaje se vuelve monumental. La Cumbrecita permite contemplar las cumbres que rodean la Caldera de Taburiente, entre pinares y el sonido de las grajas. En el extremo opuesto, el Roque de Los Muchachos ofrece una perspectiva que parece borrar la frontera entre tierra y cielo: desde allí se contempla el mar de nubes, mientras los grandes telescopios del observatorio recuerdan que aquel balcón se encuentra en uno de los lugares privilegiados de Europa para mirar las estrellas.
El Lomo y Las Indias se suman a una red que saca todo el partido a unos paisajes privilegiados y únicos
Hay otros miradores que cuentan la isla desde el mar. El de La Concepción (Breña Alta) domina Santa Cruz de La Palma, su puerto y buena parte de la vertiente oriental. El de El Time convierte el Valle de Aridane en una inmensa panorámica donde caben la Caldera de Taburiente, las huellas del volcán, las coladas, la costa y Tazacorte. Y en Puntallana, el Salto del Enamorado se asoma sobre el Barranco de Nogales y ofrece una de esas vistas en las que casas, cultivos, bosques y océano forman una maqueta suspendida frente al Atlántico.

Mirador de La Cumbrecita. / E. D.
También hay miradores que no esperan al día. Los astronómicos, favorecidos por uno de los cielos más limpios de Europa, permiten cambiar el horizonte terrestre por otro mucho más profundo. Cuando desaparece la luz, La Palma deja de mirar hacia el océano y comienza a mirar hacia el universo.
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