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Volcán de La Palma

La pesadilla del Valle de Aridane por el volcán

Los vecinos de El Paso y Los Llanos de Aridane, en La Palma han vivido, en los últimos tres meses, el Covid, un incendio, una ola de calor y, ahora, la erupción

Avance de la colada en Hoyo de Todoque @involcan

A los tres entrevistados, el volcán en erupción en La Palma les cogió lejos del lugar en el que les gustaría haber estado para salvar todo lo posible. Agustín Perera se encontraba en su casa de El Paso, pero su deseo hubiese sido estar junto a sus 300 cabras majoreras. Las consiguió salvar, pero la granja de Camino El Frontón ha sido sepultada bajo la lava, dejando tras de sí pérdidas prácticamente insalvables si no llegan ya las ayudas. «Y no dentro de seis meses, las necesitamos ya», apostilla. A Ana del Carmen Fernández Riverol, de 74 años, le sorprendió en Garafía, en la casa de sus padres. Más de dos semanas después, aún continúa retirando enseres de su vivienda, situada entre Todoque y La Laguna, en Los Llanos de Aridane. «Si no se la lleva, es como ganar una lotería», dice. David Gómez estaba con su familia comiendo en Los Campitos cuando vio salir la primera columna de ceniza. «Este bicho nos va a borrar del mapa», asegura.

Perera recibe a las cuatro de la tarde la visita de cerca de una decena de amigos que le ayudan a acondicionar la nueva granja en la que se ha instalado sine die en la carretera de La Juliana. Están habilitando entre todos ellos una zona para los cabrones. Repite lo de las ayudas. Considera que son fundamentales para seguir adelante. En su caso, compró el pasado mes de diciembre la nueva granja que daba cobijo a 300 cabezas de ganado caprino con las que elabora su producto bajo la marca Quesos Perera. Siempre ha vendido todo lo que elabora y tiene a dos empleados apoyándole en todo momento. «Llevo diez años trabajando muchísimo, día tras día, para tener lo que tengo y, en menos de 24 horas, saltó todo por los aires. Diez años de trabajo con todos mis ahorros, más préstamos; todo está ahora enterrado ahí abajo», afirma apesadumbrado.

La lava le concedió una tregua que le permitió, con la ayuda de 20 personas y cuatro camiones, sacar las 300 cabras en dos horas y media. El viernes de la pasada semana, con la nueva colada norte, la lava se llevó por delante su granja y, con ella, maquinaria valorada en varios miles de euros. Agradece todo el material que le han cedido. Pero, recalca, espera tener pronto apoyo económico por parte de las administraciones para seguir adelante con su negocio. Si no, «estamos muertos».

Ana del Carmen Fernández Riverol, por su parte, ha conseguido salvar prácticamente todo lo que había en su casa. «Me dejé atrás unos recuerdos» de toda una vida en la casa familiar, apunta, mientras dos operarios municipales descargan los últimos electrodomésticos en la casa de su hija, en el barrio de Triana. Le preocupan sus plantas, que no ha podido regar. «Es horrible», señala, en relación al volcán que más de dos semanas después de su primera erupción aún retumba a lo lejos.

El publicista David Gómez está a punto de perder la campaña navideña si no consigue pronto volver a retomar su trabajo. El volcán es, indica, la puntilla de una comarca que, después de vivir una pandemia, se enfrentó a un incendio que pasó por un centenar de viviendas, luego vino una ola de calor que se llevó por delante innumerables plantaciones agrícolas. «Esto es una pesadilla».

David Gómez

«Este bicho nos va a borrar del mapa»

David Gómez intenta volver a retomar su trabajo como publicista - La lava rodea su vivienda

El publicista David Gómez (42 años) ayuda a cuidar de las tres cabras y varias gallinas que su padre, de 80 años, tiene en una finca de La Laguna, en el municipio de Los Llanos de Aridane. Está desalojado de su vivienda, situada en Los Campitos, debajo de El Paraíso. Es jueves, por la tarde, y el hogar aún permanece en pie. Confía en que se salve, aunque sabe que no puede cantar victoria hasta que «el bicho», como lo llama, se apague. «Nos va a borrar del mapa», barrunta. Dos días después, la mañana del sábado, su vivienda queda en medio de una lengua de lava que en la madrugada de ayer puso en jaque a decenas de viviendas.

Su vida desde hace 15 años gira en torno a la publicidad, sector en el que trabaja y con el que se gana la vida. La actividad está ahora completamente parada. No obstante, tuvo que salvar la maquinaria que tenía. «Saqué la que había», que trasladó a un local en el que está de prestado y donde tendrá que ejercer ahora su trabajo mientras busca otro lugar más adecuado. Todo llega en el peor momento, «con la campaña de calendarios de Navidad a punto de empezar». Confía en llegar a tiempo con la ayuda de sus familiares y dedicándole más horas durante los próximos meses.

«Primero la pandemia, después el incendio, luego el calor y ahora esto»

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Gómez considera que el volcán es la puntilla que está hundiendo a toda la comarca del Valle de Aridane, donde la agricultura, sobre todo el plátano; y el turismo sustentan su economía. «Todo ocurre aquí», apunta, para después continuar: «Primero la pandemia, después el incendio, luego el calor y ahora esto», en referencia a la erupción que ya lleva tres semanas emanando lava sin parar. De todas ellas, destaca las altas temperaturas de finales de agosto que, indica, «hicieron mucho daño». Lo comenta mientras enseña plantaciones de pimienta completamente chamuscada por el temporal que hizo estragos entre los agricultores de la comarca.

Su padre permanece ausente durante la entrevista, se preocupa en dar de comer a sus animales. Dos días después, la familia buscar un sitio para realojarlos ante la nueva lava que amenaza a lo lejos. Es un desgracia que no acaba nunca.

Agustín Perera

De 500 litros a 250 por el estrés

Veinte personas rescataron las 300 cabras de Perera - Los animales producen menos leche

Agustín Perera pudo salvar a sus 300 cabras, pero la lava se llevó por delante su granja recién comprada, por la que tanto había luchado. Ahora trata de rehacer el negocio con la ayuda de sus amigos.

A sus 32 años, Agustín Perera llevaba más de una década trabajando en la ganadería tras el fallecimiento de su padre. Empezó con una veintena de cabras. Ahora cuenta con 300. Lo tenía todo, una granja nueva, una moderna ordeñadora, una cámara frigorífica y dos contenedores de alfalfa y avena. Mucho trabajo, mucho dinero, que quedó enterrado bajo la colada de lava.

Este ganadero cuenta con un gran apoyo de sus dos empleados y de un grupo de amigos que han estado desde el minuto uno a su lado. «En dos horas y media desalojamos 300 animales», cuenta. Ocurrió dos días después de que se abriera el volcán. Aquel día se encontraba en su casa de El Paso y desde el balcón vio las primeras cenizas. «Ya por la mañana habíamos notado muchos temblores que movían las planchas». Incluso se lo comentó a uno de sus trabajadores: «Vente para acá que esto va a explotar», le dijo.

«Lo di todo por perdido y lloraba, no paraba de llorar»

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Cuando se produjo la erupción, fue todo lo rápido que pudo a la granja. Sólo pudo abrir la puerta para evitar que se acumularan gases. «Caían piedras, había humo y olía a azufre», rememora. «Lo di todo por perdido y lloraba, no paraba de llorar», añade. Al día siguiente pudo ordeñar las cabras para que no enfermaran. Pero sabía que tenía que sacarlas de allí cuanto antes.

El martes se produjo la operación. Había conseguido un lugar para darles cobijo. «Yo ni lo vi», afirma. Con cuatro camiones, llevaron los animales a este nuevo sitio. «El dueño no estaba, tuvimos que romper los candados». Cuando se encontró con lo que había se llevó las manos a la cabeza. La solidaridad de los vecinos hizo que aquella noche pudiera ordeñar a sus cabras con una ordeñadora portátil. Pero no era lo mismo. «Solía recoger 500 litros de leche al día y ahora sólo tengo 250», cuenta. La culpa: el estrés que vivieron los animales.

Agustín Perera trata de volver a la normalidad con la ayuda de un gran número de personas que le aprecian. Mientras acondiciona el nuevo hogar de sus animales, sigue produciendo los Quesos Perera que venden por toda la Isla. Espera que con el apoyo de todos pueda volver a levantar un proyecto que, hasta hace 21 días, era ilusionante.

Ana del Carmen Fernández Riverol

Ana del Carmen rescata su vida

En un camión salva los electrodomésticos - «Aún me quedan algunos recuerdos»

La mujer de 74 años que reside entre La Laguna y Todoque recoge junto a dos operarios municipales los últimos electrodomésticos de su casa, ante la cercanía de la lava. «Allí está mi vida».

Ana del Carmen Fernández Riverol celebró el pasado 20 de septiembre que hace 74 años nació en Garafía. Siendo una adolescente se mudó a la zona de La Laguna y cuando era joven se fue a Inglaterra junto a su marido para trabajar en la cocina de un hotel. A la vuelta comenzaron a levantar una casa familiar que ahora pende de un «maldito» volcán. Ahora vive junto a uno de sus dos hijos en el barrio de Triana tras ser desalojada.

Cuenta su historia mientras dos operarios municipales, Jonathan Abreu y Carlos Enrique Renedos, descargan de un camión los electrodomésticos en un cuarto de la casa de su hija. Ambos están cansados. «Ha habido jornadas de seis y media de la mañana a diez y media de la noche», indica el segundo, que afirma que no sabe «ni cuantas veces» ha llorado al ver pasar por delante de él tantas vidas que se han reducido a casi nada. «Solo tenían 15 minutos para salvar lo que querían», apostilla.

Ana del Carmen Fernández se encontraba en Garafía cuando apareció el volcán. No pudo recoger nada. Su casa, en cambio, se quedó a un lado de la colada norte que le ha permitido recuperar gran parte de sus pertenencias. «Aún me quedan algunos recuerdos, fotos no quité muchas», dice. En el transporte lleva varios muebles, aunque asegura que aún le quedan los armarios del salón o el comedor. Le preocupan sus plantas, que no ha podido regar por la falta de agua. Las plataneras que tiene en sus «9 ó 10 celemines» de terreno, unos 10.000 metros cuadrados, sí que han recibido algo de agua.

Señala que no recuerda ni el volcán de San Juan, «sólo tenía 2 años», y que tampoco vivió el de Teneguía, que le cogió en Inglaterra trabajando. «Viví tres años allí y no aprendí ni el idioma, éramos todos españoles y hablábamos en nuestro idioma», cuenta.

Del de Cumbre Vieja señala que «es horrible». Asegura que regresó a su casa para ver si podía salvar algo, «porque no sabíamos por donde iba a pasar el bicho este». Ahora espera junto a su hija y los tres perros, Kinga, Coqui y Manchita, a que pase la tragedia y volver a su casa. «Allí tengo toda mi vida».

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