18 de octubre de 2020
18.10.2020
Relato de la Guerra Fría

Hugo Castro, el espía de la CIA que escuchaba el mar

En 1962 entra a formar parte de la 'base americana' de Puertos Naos, supuestamente, para la observación de cetáceos

17.10.2020 | 23:21
Hugo Castro, el espía de la CIA que escuchaba el mar

Durante años guardó silencio con la certeza de que su presencia en las instaciones norteamericanas en las que trabajó en plena Guerra Fría formaban parte de un "Top Secret" que ahora explica con mucha más tranquilidad y, sobre todo, una distancia cronológica que le permite analizar los acontecimientos desde otra perspectiva. El palmero Huco Castro fue contratado con el objeto de vigilar a cetáceos pero, en realidad, rastreaba a los submarinos rusos.

Hoy es uno de los puntos turísticos más importantes de La Palma, pero a mediados de los años 60 del siglo pasado, en plena Guerra Fría, Puerto de Naos en Los Llanos de Aridane era un lugar de la costa palmera en el que se congregaban unos pocos pescadores. Fue la localización elegida por el ejército americano, en connivencia con la dictadura española, para ubicar una supuesta base de detección de cetáceos que, amparada en la Universidad de Columbia de Nueva York, se suponía que se encargaría de labores medioambientales. La Palma no fue la primera elección. Los americanos se fijaron en El Hierro para su instalación, pero al no contar con un aeropuerto, que no se activó hasta 1972, hizo que se decantaran por Puerto de Naos.

Así, desde 1963 se iniciaron los trabajos de construcción de la obra civil necesaria, una base que acogió desde los primeros momentos a trabajadores locales. Entre ellos, Hugo Castro, un joven de Los Llanos de Aridane recién salido del servicio militar, cuyos conocimientos de electrónica derivados de su práctica como radioaficionado le granjearon un futuro profesional.

Hugo Castro, actualmente un octogenario, sigue con esa misma afición. Su domicilio, fácilmente reconocible por las grandes antenas que le permiten comunicarse con todo el mundo, se sitúa sobre una pequeña atalaya que le permite disfrutar de las vistas de su municipio. Allí, un perro pastor garafiano que le regaló el verdadero protector de esa raza, Antonio Manuel Díaz Rodríguez, recibe con entusiasmo y sin ninguna fiereza a quien pretende oír las historias que, ya sin miedo por el transcurso de los años, Hugo se atreve a contar.

Entre emisoras, recuerdos familiares y un sofá desgastado por el uso, Hugo ve pasar un tiempo que seguramente en otras épocas era más feliz para él. La reciente partida de su compañera de vida, Pilar Rosa, aún le deja un pozo de tristeza a quien, entre otros hobbies, heredó de su padre el amor por la radioafición y la observación climatológica. Su vida conocida entre sus vecinos lo vincula con la actividad cultural, presidiendo la Asociación Tagoror 2 de julio, y asumió también el honor de ser uno de los últimos presidentes de la Sociedad Casino Aridane, cuya labor le granjeó el título de Real, pero casi nadie conoce el pasado de alguien a quienes los americanos tenían registrado como su personal secreto número 123.

Y es que Hugo entró a formar parte en 1963 de la plantilla de la denominada base americana de Puerto de Naos para la observación de cetáceos, pero nada más alejado de la realidad fue el destino real de la instalación. Sí es cierto que se colocaron seis grandes cables que se adentraban en el océano, equipados con micrófonos para recepcionar sonidos, pero su finalidad no era escuchar a los grandes mamíferos marinos, su objetivo fue el de localizar los Submarinos Balísticos de Propulsión Nuclear de la URSS que cruzaban las aguas del Océano Atlántico, principal teatro de operaciones por esos años, en las estrategias entre la Armada soviética y las fuerzas de la lucha antisubmarina de la marina de los EE.UU.

Contar las historias de esta base secreta le sigue sacando la sonrisa a Hugo. Ahora lo hace con la libertad de los años y la perspectiva de la edad hacia un lugar del que "durante trece años nadie supo lo que se hacía allí".

La estación hidrofónica comienza a construirse en el verano del año 1963 bajo la supervisión de Carl Hartdegen, del Instituto Geofísico Palisades, contando con la ayuda de barcazas enviadas desde la Base Naval de Las Palmas de Gran Canaria para realizar el tendido submarino del cableado.

Allí, nos cuenta nuestro protagonista, las instalaciones constaban de un edificio rectangular, de una sola planta, que estaba rodeado por un jardín con una fuente circular y grandes jardines. Casi todo su personal era palmero, incluido cinco jardineros, y es que "estos americanos lo hacían todo a lo grande".

Hugo nos cuenta que la instalación contaba con varias habitaciones, en una de ellas estaban todas las grabaciones "que eran controladas por mí", configurando un gran espacio que contaba con otro edificio, junto a la carretera, en la que estaban los motores que sostenían la energía de la base.

Él fue adiestrado en las tareas básicas de control del equipamiento, alcanzando la categoría profesional de jefe técnico de la estación hidrofónica, y siendo los oídos de los americanos en el Atlántico.

"Había seis cables, dos iba hacia el sur de la Isla, dos hacia el norte y otros dos en línea recta se adentraba en el océano", y así conseguían grabar todo lo que pasaba en el mar. Mientras tanto, equipados con auriculares de la época, también escuchaban al instante lo que acontecía para detectar rápidamente cualquier anomalía y poner sobre aviso a sus jefes. Después, esos registros en papel de los sonidos captados eran enviados en avión en tambores precintados a la Base Aérea de Torrejón de Ardoz, en Madrid, y de ahí a la Universidad de Columbia, donde casualmente también estaba el Centro de Evaluación de la Guerra Antisubmarina.

Hugo y sus compañeros palmeros si eran conscientes de lo que escuchaban y la labor que desarrollaban, "conocíamos todo lo que ocurría en la base aunque nunca dijimos nada", y habían aceptado incluso que sus nóminas constaran como empleados de una empresa local, e intentaban convencer a sus convecinos de que su labor allí era meramente científica, ocultando incluso las continuas visitas de generales y otros altos cargos del ejército americano o algunas de las raras costumbres de sus jefes de incógnito.

Entre esas costumbres, la de realizar una fotografía de grupo a todo el personal de la base en el mes de noviembre de todos los años. La finalidad de la misma "era controlar cómo evolucionábamos hacia la vejez", comenta mientras se ríe, pero lo cierto es que esas instantáneas permiten ahora, con la perspectiva del tiempo, poner cara a quienes conformaron esta "base pirata".

Un trabajo "casi" de espía

Hugo reconoce que era consciente de que su trabajo se acercaba al de un espía americano, lo que le fue confirmado por uno de sus compañeros anglosajones cuando le dijo que para la CIA y la Armada estadounidense era el número 123 de sus trabajadores destinados en bases secretas.

Castro defiende que trabajar con los americanos fue muy fácil y la diferencia de idioma nunca fue un impedimento para la comunicación. "Nos comunicábamos en inglés con ellos, aunque algunos chapurreaban el español". Por las tardes, cuando concluía la jornada laboral contaban con una profesora de inglés que en la misma base para ampliar los conocimientos sobre el idioma de Shakespeare.

En lo concerniente al trabajo diario, y más allá de horas interminables sondeando los ruidos del océano "que te dejaba la cabeza local", las escuchas de las profundidades marinas permitieron detectar, varios días antes de que se produjeran los primeros temblores que anunciaban la inminente erupción del Volcán Teneguía, unos extraños ruidos submarinos, cuyos registros fueron enviados para su estudio al centro de evaluación americano.

El número de episodios y las constantes repeticiones, pone de relieve Hugo, hacía imposible relacionarlo con las habituales prácticas de pescadores locales de usar dinamita para pescar, con lo que con las técnicas aplicadas en la base se pudo detectar la erupción del 31 de octubre de 1971 con muchos días de antelación. "Era impresionante el ruido que provocó en el mar", dice con entusiasmo Hugo, y "así se lo dije a míster Green".

Peter Green era el comandante de la base, una de esas figuras enigmáticas que también se supo integrar en la sociedad palmera, siendo unos de los propulsores del automovilismo en la Isla. Hugo guarda un gran recuerdo del que era su jefe, y pone de relieve como uno de los principales hitos que marco su trayectoria en la base el día que le pidió trabajar un sábado para una "labor especial".

Lo cierto es que otras de las misiones de la estación de Puerto de Naos fue la de participar en los rescates de navíos accidentados, tal y como se llevó a cabo con la búsqueda del submarino nuclear USS Scorpion que se hundió el 22 de mayo de 1968, con 99 hombres a bordo, a más de 10.000 pies de profundidad, en un punto situado a 400 millas al sudoeste de las Islas Azores.

La búsqueda del USS Scorpion mantuvo ocupada a las estaciones hidrofónicas atlánticas durante unos 15 días. Durante este período, Hugo relata que "se trabajó en turnos de día y de noche. Se lanzaba cada dos o tres horas cargas explosivas desde barcos y aviones sobre la zona, luego era recibido el eco por la base y con ello se podía elaborar un mapa de perspectiva del fondo marino".

Para detectarlo se formó un triángulo con estaciones de Azores y Bermudas, hasta que La Palma consiguió localizar el submarino al sudoeste de las Azores.

"Habían pasado muchos días y se dio por muertos a los 99 angelitos que viajaban en él", relata Hugo. Pero la historia que hasta ahora se había mantenido en sigilo continua. "Un día me llamó míster Green y me dijo que teníamos que trabajar un sábado", además le advirtió que iban a grabar la explosión del USS Scorpion. Green y Castro, solos, iniciaron todos los procedimientos para escuchar lo que segundos más tarde recibirían sus grabadoras. Dos explosiones, separadas por apenas un segundo, fueron recibidas en la base de Puerto de Naos.

Los informes americanos relatan que esta nave fue torpedeada por enemigos hostiles, pero lo cierto, según se atreve a revelar Hugo, es que "fueron ellos mismo para evitar que el submarino callera en manos de los rusos". Las explosiones originaron un "gráfico espectacular", de las que aún conserva una copia. Incluso, sus antiguos compañeros americanos le llegaron a enviar documentos desclasificados sobre el episodio, "pero aún mantenían muchas partes en negro" que no dejaban descubrir la verdad.

Parte de esta historia está reflejada en un libro, escrito por un antiguo compañero en las labores espías de la base americana en La Palma, el militar americano Stephen Johnson, y en el que también participó Hugo Castro plasmando sus recuerdos de aquellos intensos días de búsqueda del USS Scorpion. Esta base secreta americana desempeñó un indiscutible papel en el control del tráfico marítimo del Atlántico durante la Guerra Fría, hasta que cierra sus puertas en 1974, aunque se mantiene durante un par de años con un mantenimiento mínimo de los equipos, a la espera del cierre definitivo en el año 1976.

En medio del mar aún existen esos cables y esos micrófonos, aunque después de la Guerra Fría quedaron obsoletos. Actualmente no queda ningún resto del espacio que ocupó la base ya que, tras ser ocupada durante unos años, fue derruida por su último propietario, la Armada española.

Quedan las historias, documentos y la memoria de quienes, como Hugo Castro, durante algo más de una década formaron parte de una aventura que se acerca a las historias de la Guerra Fría y de un conflicto mundial que permitió definir el trabajo de muchas personas, entre ellas un puñado de palmeros, como espías.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Mapa Coronavirus España

Mapa Coronavirus España