Lo despiden como a un grande. Con la sensación de que el IES siempre será su casa. Alumnos en los pasillos, también por las escaleras, dibujan el único corredor por el que puede abandonar la clase. Lo vitorean. Manuel Pérez Rocha, profesor de inglés, se jubila a los 60 años, después de media vida en la enseñanza, y avanza emocionado.

Es la historia de un maestro de toda la vida. Llegó al instituto Eusebio Barreto en 1985. Antes ya había dado clase dos cursos en Gran Canaria y otro en Lanzarote. En estos años tan solo decidió dejar la enseñanza para dedicarse durante un tiempo a la política, de la que no salió seguramente como había soñado. Fue consejero del Cabildo. Un consejero humano.

Pérez Rocha admite que el momento del adiós a la enseñanza ha sido "emocionante", y reconoce sentir "una enorme gratitud". Y es que "desde que los alumnos se enteraron de que me iba a jubilar, no han parado de pedirme que continuara". El Eusebio Barreto "es mi vida. Entré como alumno en 1970 y ahora me jubilo como profesor. Es un centro que llevo en mi corazón".

Defiende que la educación es "vocación y pasión", rechazando de forma enérgica que los jóvenes de ahora tengan peor comportamiento que antaño: "Eso es rotundamente falso. Los jóvenes de ahora son mejores de lo que éramos nosotros a sus edades. Lo que ocurre es que ni nos acordamos de cómo éramos: mucho más salvajes que las nuevas generaciones, eso seguro".

Hace hincapié "en el cariño y ternura que ha recibido de mis alumnos, de los que también he aprendido muchas cosas a lo largo de estos años. Es verdad que unos son más aplicados que otros, pero el comportamiento es exquisito. Repito que cuando pasan los años cuesta mirar hacia detrás y recordar cómo éramos con 15 ó 16 años".

Manuel Pérez Rocha defiende que como profesor, como educador "no podemos apartar a ningún alumno ni pensar ni menos decir que es peor o más limitado que los demás. Hay que estar con todos y si alguno tiene un problema, hay que sentarse con él y escucharle. Hay que luchar para que los alumnos estén a gusto. Si un maestro quiere que sus alumnos aprendan, tiene que intentar que sean felices en clase. Y yo digo que se puede lograr".

Bajo el músculo en su mensaje que aportan tantos años de docencia, sin la necesidad ya de pedir nada a nadie, entiende que "a los alumnos hay que ayudarlos a buscar el camino, pero nunca obligarles a que estudien algo que no les guste".

Y puso un ejemplo: "El otro día me encontré con un ex alumno. En cuarto curso de la Educación Secundaria Obligatoria no era muy aplicado, pero hizo la formación que quería. Terminó agrícola, tiene un trabajo estable y, lo más importantes, es feliz. La clave es no apartar a ningún alumno por si es bueno o menos bueno y no estar solo pendientes de los que son mejores". Tiene tablas para demostrar que "un adolescente de 15 años cambia muchísimo hasta los 22 y lo mejor que podemos hacer los profesores es ayudarles".