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Vivir la Semana Santa bajo el capirote: cuatro historias de cofrades de La Laguna

Aguere celebra las principales procesiones de su Semana Santa durante el Jueves y el Viernes Santo. Se trata de desfiles sostenidos por la fe, la tradición y el legado familiar de generaciones de cofrades. María de los Ángeles Díaz, Jorge Melón, María Rodríguez Naveiras y Carlos Moreno cuentan su experiencia.

Jorge Melón, cofrade lagunero.

Jorge Melón, cofrade lagunero. / María Pisaca

La Laguna

Para Carlos Moreno es especial conservar la medalla de la Esclavitud del Cristo de La Laguna que perteneció a su abuelo. Las palabras de María Rodríguez Naveiras rezuman pasión por su cofradía. Ellos, como Jorge Melón y María de los Ángeles Díaz, son cofrades de la Semana Santa de La Laguna y sus relatos ponen de relieve que quienes participan de esta experiencia la viven con sentimiento. Fe, tradición, legado familiar, recuerdos, olores, sonidos… se dan la mano en estos actos.

La Semana Santa lagunera ha sido históricamente una de las principales de Canarias y cuenta con pasos y tallas que elaboraron los mejores imagineros. Entre quienes integran sus hermandades hay muchos vecinos del casco histórico, pero también personas llegadas de otras zonas del municipio y de la Isla, movidos habitualmente por una mezcla de fe y tradición y que no siempre se entiende fuera de ese mundillo.

Jorge Melón

El de Jorge Melón es un caso prototípico del lagunero del centro implicado en diversas actividades de la ciudad y que también participa en las cofradías. Tiene 58 años y ha estado vinculado al sector comercial. Cuando llega Semana Santa, e incluso antes, para él todo empieza a girar en torno a las hermandades. «El jueves pasado estuvimos poniendo las balconeras, nos fuimos a Valladolid a un hermanamiento, acabo de sacar una foto para una nota de prensa, ahora vamos a hacer una grabación con un dron, fui a enviar dos cartas, colgué una noticia en Facebook y mañana tenemos que coger las camelias que le ponemos al paso», explicaba de carrerilla el Martes Santo.

Aunque hay actividades como la que señala Melón de acudir a un hermanamiento que suponen un gasto adicional, ser cofrade en la Ciudad de los Adelantados no es particularmente caro. El hábito, que puede costar –todo depende de la cofradía de la que se trate– entre unos 200 y 300 euros, es lo que requiere un mayor desembolso. Después está la cuota anual de la hermandad, que ronda los 20 euros de media. En cambio, el esfuerzo y el tiempo dedicado sí que llegan a ser elevados, sobre todo cuando se asumen responsabilidades en las directivas de estos colectivos.

Jorge forma parte de seis hermandades: la de la Sangre, la Esclavitud del Cristo de La Laguna, la del Cristo de Burgos, la del Rescate, la del Santísimo de la Catedral y la del Carmen. Parecen muchas, pero es un patrón que se repite en más cofrades, entre otras cosas al encontrarse algunas de estas entidades diezmadas y necesitar nuevos miembros. Entre 2015 y 2016 Melón llegó a estar al frente de la Esclavitud, que es la cofradía más numerosa de Tenerife, y ha desempeñado diferentes cargos en otras. Actualmente es el secretario de la Hermandad de la Sangre, con sede en la Catedral y que procesionó en la tarde del Miércoles Santo.

Según explica, su llegada a las hermandades se produjo de la mano de unos amigos de sus padres. Era mediados de los años 80 y él tenía unos 15 o 16 años. Su posterior ingreso en la Esclavitud del Cristo, en 1991, es un buen ejemplo de la tradición familiar que a menudo mueve la participación en las cofradías. «Mi tío Fernando era esclavo y él quería que un miembro de la familia siguiese con la tradición», indica, a lo que agrega que su vínculo con la Iglesia empezó a ser más estrecho a través de su integración en las hermandades. «Luego estuve 30 años de catequista y me eligieron para ser durante once años secretario en el Consejo Parroquial y seis años en el Consejo Arciprestal», expone.

María Rodríguez Naveiras

«La Cofradía de la Misericordia forma parte de mi persona». Lo dice María Rodríguez Naveiras, economista de 40 años. De ellos, 33 ha estado vinculada a esa cofradía y dos décadas, a la del Rosario, ambas de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán. Su historia en el mundo de las hermandades comenzó en la infancia. Su familia participó en la refundación de la Hermandad de la Sangre y desde niña sintió curiosidad por los capuchinos y los pasos. «Me apasionaba ver a los primos de mi madre con sus capas y tocarlas cuando pasaban al lado mío en la acera», rememora.

Que lo vive intensamente queda claro cuando empieza a hilvanar recuerdos, como el primer programa de Semana Santa que le regaló su abuela con la imagen del Señor de la Humildad y Paciencia en la portada o el impacto que le causó con siete años la Procesión del Traslado del Señor Difunto. «Me acuerdo de verlo pasar por delante de la Perfumería Wehbe y mirar a mi abuela y mi madre y decirles: yo quiero estar ahí», expresa. La primera vez que portó un cirio o las ocasiones en las que ha podido cargar el paso del Señor Difunto son otras de sus vivencias más preciadas.

María Rodríguez Naveiras.

María Rodríguez Naveiras. / María Pisaca

«En las horas previas siempre se respira un nerviosismo que yo creo que solo los cofrades sabemos definir; es un sentimiento que vivimos desde pequeños, pero que pasan los años y sigue siendo el mismo. El preparar el hábito, salir de casa para asistir a la misa o cuando pasas la puerta de Santo Domingo son sensaciones indescriptibles», relata. Y añade: «Siendo ya adulta no he perdido el nerviosismo de pequeña al poner el pie en el cuarto de la cofradía para vestirme, colocar el cíngulo de muchos cofrades que no saben y encontrarme con gente que nos vemos de año en año».

María ha formado parte de la Junta de Gobierno de la Cofradía de la Misericordia, de la que incluso fue cofrade mayor y en la que, entre otras cosas, impulsó el rescate de la presencia de la Guardia Civil durante la Procesión del Silencio. Ella tiene claro que el funcionamiento de las hermandades ha de estar marcado por la humildad y la unión. Cuando se le pregunta por cómo recibe la gente de su entorno ajena a las cofradías que participe en ese mundillo, afirma que siempre la han respetado. «No hay que avergonzarse de demostrar nuestra fe», manifiesta.

María de los Ángeles Díaz

María de los Ángeles Díaz, profesora jubilada de 77 años, ha dedicado infinitas horas de su vida y un esfuerzo incalculable a la parroquia de La Concepción. «Mis padres pertenecían a las diferentes hermandades de la parroquia y mi marido fue fundador de la Cofradía del Rescate en 1979», apunta. Su trayectoria en torno a las hermandades es amplia. Con apenas doce años la inscribieron en la Hermandad de la Purísima Concepción y, en 1987, se integró en la Cofradía del Rescate. Desde entonces ha asumido distintas responsabilidades, incluso la de hermana mayor.

María de los Ángeles Díaz.

María de los Ángeles Díaz. / María Pisaca

Para María de los Ángeles, ser cofrade va mucho más allá de participar en una procesión. Lo define como una forma de vivir la fe «de manera más cercana» y de «acompañar a Cristo y a la Virgen en su Pasión», pero también subraya el componente colectivo de «mantener viva una herencia cultural y religiosa que pasa de generación en generación», así como «el sentimiento de pertenencia y tradición que se vive». Durante más de 40 años ha sido catequista y siente satisfacción de haber conseguido cada año que un grupo de niños participe con la Cofradía del Rescate, la que más veces sale en procesión en la Semana Santa de La Laguna. Antes de cada uno de esos desfiles, ella se encarga de que los hábitos de los menores estén a punto y de realizar otros preparativos.

A pesar de los cambios sociales, Díaz se muestra convencida de que las cofradías tienen futuro. En su opinión, no es tan relevante el número de miembros como la «fe viva» de quienes participan en ellas. El reto, en su opinión, está en saber renovarse «sin perder la esencia». «Las cofradías no son solo patrimonio histórico o cultural, sino escuelas de fe, comunidad y caridad», afirma.

Carlos Moreno

Otro testimonio es el de Carlos Moreno. Como María de los Ángeles Díaz, Carlos es miembro de la Cofradía del Rescate y también de la Esclavitud del Santísimo Cristo de La Laguna. Es profesor de Secundaria y tiene 46 años. «Mi vinculación con las cofradías comenzó desde muy pequeño, porque siempre me llamaron mucho la atención las procesiones de Semana Santa; desde niño sentía esa atracción y por eso buscamos una cofradía en la que pudiera integrarme», apunta.

Carlos Moreno.

Carlos Moreno. / María Pisaca

Carlos lleva más de 35 años en la Cofradía del Rescate y en la Esclavitud, casi tres décadas. «Fundamentalmente, la fe, la devoción a las imágenes y la tradición. Ser cofrade no es solo participar en una procesión, sino vivir la fe desde la pertenencia a una hermandad, con respeto y devoción hacia unas imágenes muy queridas, y con el deseo de conservar una tradición recibida de generaciones anteriores», explica sobre sus motivaciones para sumarse a estos actos.

A lo largo de los años, Moreno ha desempeñado distintos cargos, entre ellos secretario y hermano mayor. «Son funciones que permiten vivir la vida interna de la hermandad desde otra perspectiva y comprender mejor todo el trabajo, el esfuerzo y la dedicación que hay detrás», expresa. «Los momentos previos a las procesiones los vivo con serenidad. No tengo un ritual especial, pero sí están marcados por la preparación de la vestimenta y por estar disponible para ayudar en todo aquello que haga falta», plantea.

¿Y el futuro de las cofradías laguneras? Carlos considera que este depende de la participación de los jóvenes y del mantenimiento de la vida interna de las hermandades durante todo el año. Además, resalta la importancia del legado familiar. En su caso, una vivencia especialmente significativa es conservar la medalla de la Esclavitud que perteneció a su abuelo: «Más allá de su valor material, tiene un profundo valor sentimental y simboliza la continuidad de una tradición familiar y de una forma de vivir la fe que ha pasado de una generación a otra».

Juan Antonio Pérez.

Juan Antonio Pérez. / María Pisaca

El objetivo de contar con más cofrades

«Tras la pandemia hubo años flojos, pero ahora se empieza a ver un repunte, sobre todo con gente joven, que es lo que más necesitamos». Así analiza el presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías (JHC) de La Laguna, Juan Antonio Pérez, la situación de estos colectivos y la participación en torno a ellos. «En las cofradías se unen la fe, la tradición y también lo que supone una hermandad», indica Pérez, que reconoce que vivir estos días es una experiencia intensa. «Son horas de emoción, de nerviosismo...», afirma. Como presidente de la JHC también pone el foco en el trabajo de coordinación de las cofradías, la organización de procesiones, la gestión de bandas o la relación con las instituciones. La entidad que dirige integra a las diferentes hermandades laguneras y desempeña funciones organizativas. Pérez tiene 70 años y es médico de profesión. Fue cirujano en el Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria y sigue en activo en uno de esos consultorios de los que cada vez quedan menos y en los que se ejerce una medicina cercana. Llegó a las cofradías con unos 27 años, a principios de los años 80. «Yo tenía un primo hermano que salía en la Cofradía de la Flagelación, sufrió un accidente antes de yo irme a la mili a Melilla y murió y, cuando volví, mis tíos me pasaron el traje de mi primo», relata. Aquella vivencia le agita los recuerdos. Según explica, desde entonces se ha sumado a diversas hermandades y ha encontrado en ellas «grandes amigos, algunos casi familia».

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