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Pablo Reyes, la voz del casco histórico de La Laguna

El presidente de la Asociación de Vecinos Casco Histórico tiene 70 años y ha vivido siempre en el centro lagunero. Se dedicó a la enseñanza y, ya jubilado y con más tiempo libre, desarrolla una labor constante y sin ataduras que lo ha convertido en un actor principal en la Ciudad de los Adelantados.

Pablo Reyes, en la plaza del Adelantado.

Pablo Reyes, en la plaza del Adelantado. / Arturo Jiménez

La Laguna

Pablo Reyes reivindicó esta semana la necesidad de un centro ciudadano en el casco de La Laguna. Fechas atrás lamentó el problema del cierre masivo de comercios. La transformación de Aguere en una urbe sin vecinos, el Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico, el ruido, el aparcamiento… son solo otros de los asuntos que jalonan su hoja de servicios como presidente de la Asociación de Vecinos Casco Histórico. Maestro jubilado, actúa sin ataduras y se ha convertido en un actor principal y necesario en la ciudad. Él y su equipo ponen voz a esos problemas que alguien tiene que verbalizar porque, en caso contrario, se quedarían sin solución.

Reyes nació hace 70 años, el 7 de febrero de 1956, en la calle Herradores, en «una La Laguna pequeñita y en la que todo el mundo se conocía». Era aquella una ciudad marcada por el franquismo y una moral conservadora muy presente en la vida cotidiana. «En las casas había mucho silencio, muchas cosas que no se hablaban», recuerda. «Era una La Laguna muy conservadora, de mucho cura», remacha. Cuando mira a su infancia, no duda: «Yo era un tío feliz». Transcurrieron sus primeros años rodeado de una familia que describe como amplia y unida. «Éramos muchas tías, muchos primos, y casi todos nos movíamos por el mismo entorno», evoca sobre una niñez compartida entre las céntricas calles de La Carrera y Herradores y el barrio de San Honorato.

«Yo nací en una La Laguna pequeñita; era una ciudad muy conservadora, de mucho cura»

Estudió en el Colegio Los Hermanos, ubicado en lo que es hoy la Casa Mesa, en la calle de La Carrera. Aquel centro docente gestionado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas fue creado para hijos de familias con necesidades económicas, pero el tiempo lo convirtió en un espacio al que acudía toda la sociedad lagunera. «Muchos estábamos becados, pero allí convivíamos desde gente con más posibilidades hasta hijos de trabajadores normales», explica.

Cancha Anchieta

Su padre era empleado de farmacia y practicante. «En el centro de La Laguna vivía mucha gente trabajadora», subraya. El colegio no era solo un lugar de estudio. «La puerta siempre estaba abierta para todos, estudiaras o no allí», indica. El patio se convertía en una cancha compartida donde se jugaba al fútbol y al baloncesto, deportes que a él no le terminaban de gustar. «Yo era fatal», admite sobre sus habilidades futbolísticas. «A mí lo que me gustaba era la lucha canaria», afirma. Es por eso que acudía a la Cancha Anchieta para ver entrenar y hacer sus primeros pinitos.

Reyes, en un banco del centro de La Laguna.

Reyes, en un banco del centro de La Laguna. / Arturo Jiménez

En aquel tiempo germinó en él otra afición: el colectivo scout. Se integró en el grupo Scout Aguere 70, vinculado al Colegio Los Hermanos. «Trabajábamos una educación más relacional, más democrática», apunta. Primero como miembro y después como monitor y coordinador, Pablo pasó años dedicado a la animación sociocultural, los campamentos y el trabajo con jóvenes. «Todo lo que era la actividad educativa como método me gustaba», resume. Y fue así que, cuando llegó el momento de elegir estudios, lo tuvo claro: Magisterio. Ya daba clases particulares para ganar algo de dinero y en verano ayudaba a su tío, el maestro Melchor Núñez, en las escuelas de Pedro Álvarez, en Tegueste. «Ahí me empezó a gustar esta profesión», rememora.

Sus estudios coincidieron con las huelgas y cambios en el sistema educativo que se produjeron durante la Transición. En uno de aquellos episodios empezó a vender libros. «Yo no podía estar tanto tiempo sin hacer nada», cuenta. Aquel gesto casi casual marcó su futuro. Su éxito como comercial fue nulo, pero un día que visitó el Colegio Nuryana dijo que estaba a punto de ser maestro y que le encantaría trabajar allí. Meses después lo llamaron. «Gracias a los libros entré al Nuryana», dice.

El servicio militar

Más tarde opositó, aprobó y poco después armó su vida familiar. «Me casé joven con Mary, la mujer de mi vida; llevamos 40 años y somos padres de dos hijos», apunta. Por aquella época, el servicio militar lo obligó a trasladarse al País Vasco y a Burgos, donde ejerció como cabo primero en un hospital militar y también impartió clases.

De vuelta a Tenerife, y tras varios destinos provisionales, acabó en el Colegio Manuel de Falla, en Aguamansa, en La Orotava. Allí se quedó hasta su jubilación. «Estuve 42 años en la enseñanza, 39 de ellos en los altos de La Orotava», precisa. «Había un equipo de compañeros estupendos», destaca. El trabajo con el entorno, en acciones como la recuperación de pajares o la creación de un museo, despertó en él una conciencia patrimonial y etnográfica que ya se quedó para siempre en su vida.

«Estuve 42 años en la enseñanza, 39 de ellos en los altos de La Orotava, en Aguamansa»

Los días laborables los pasaba principalmente en La Orotava; los fines de semana, en La Laguna, compartiendo tiempo con la familia, amigos y actividades en torno a los scouts, el Orfeón La Paz (en el que llegó a cantar) u otros colectivos. Su llegada a la Asociación de Vecinos Casco Histórico fue algo así como una consecuencia del recorrido previo. «Vivíamos aquí vecinos que también teníamos necesidades», contextualiza. Se inscribió en 2006 y asumió la presidencia hacia 2012.

La Laguna como «parque temático»

«Ahora los laguneros saben que hay una asociación que está ahí», resalta como principal motivo de orgullo de sus años de líder vecinal. En su opinión, la ciudad histórica actualmente está «bien» y la declaración como Patrimonio Mundial trajo cambios positivos, pero le preocupa que se convierta «en un parque temático con menos vecinos y más turistas». Su deseo es «una La Laguna alegre, folclórica, culturalmente potente, viva y habitable», y defiende la urgencia de un nuevo Plan Especial de Protección.

«Nosotros exigimos, pero también colaboramos; el ‘no a todo’ sin alternativas no es positivo», sostiene sobre la labor que desarrollan desde la Asociación. El trabajo realizado también ha encontrado detractores, especialmente en grupos de gobierno de distinto color político a los que les incomoda su papel. Se da la circunstancia de que sus ‘haters’ son a menudo representantes públicos cuyo vínculo con el casco antiguo (y hasta con el municipio) se circunscribe a su paso por la política local. Pablo Reyes se lo toma con calma, sin indignarse, como si aquello no fuese con él.

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