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La Laguna, encrucijada

Una valiosa obra de arte que se recupera

La restaurada imagen de la Virgen de la Cinta. | | E.D.

Hoy se le devuelve a la ciudad una escultura de notorio valor, que había desaparecido y se daba por perdida: la imagen de la Virgen de la Cinta. Hará pronto diez años de que la localicé, casualmente y no sin sorpresa, en una iglesia de otro municipio. La habían repintado tan burdamente que apenas se reconocía. Aquello me llevó a publicar en este periódico –fue el 13 de junio de 2013– un artículo, en el que reclamaba su devolución «sin demora y sin aspavientos»: la imagen era propiedad del pueblo lagunero, al que se lo donó el de Huelva en 1965, de modo que nadie, por muy tonsurado que estuviera o estuviese, podía apropiarse o disponer de lo que no era suyo, y porque es la única talla que tenemos en Canarias del excelente escultor andaluz Antonio León Ortega (Ayamonte, 1907 – Huelva, 1991).

El escrito me valió un airado rapapolvo del autor de la sustracción, al que no citaba pero al que tuve que soportarle pacientemente una sarta de razones, entre cándidas y cínicas, entreveradas de descalificaciones y otras lindezas de parecida laya, con las que pretendía justificarse. Acabó retirándome el saludo. ¡El pobre! Nunca han faltado quienes creen que hay que matar al mensajero cuando se descubren o denuncian sus artimañas.

Estaba convencido de lo inviable de mi pretensión cuando me llegaron noticias de Huelva. A las manos de alguien había llegado mi articulillo. También en la capital onubense, donde crecía el interés por el escultor, habían perdido el rastro de la talla y deseaban saber su ubicación, en qué condiciones se encontraba realmente y otros detalles, al tiempo que se ofrecían para restaurarla, ya que, como yo denunciaba, la imagen se hallaba en un estado lamentable; manos non sanctas la habían dejado casi como el famoso eccehomo de Borja.

Días más tarde hube de comentarlo con un par de amigos preocupados siempre por el patrimonio de nuestra ciudad. No pensé que aquel encuentro ocasional mientras laguneaba iba a ser bastante más que una simple conversación. Silenciosamente, sin aspavientos y con cautela, han logrado que la escultura regrese remozada a San Cristóbal de La Laguna. La prudente intervención de Patrimonio Histórico del obispado nivariense, me dicen, allanó dificultades con discreción. El empeño y la habilidad han prevalecido. Hay que agradecérselo a cuantos lo han hecho posible. La imagen ha sido restaurada en la capital onubense por Sergio Sánchez Sánchez (Huelva, 1977), escultor y restaurador que se formó en la Escuela de Arte que lleva precisamente el nombre del autor de la talla. El policromado y estofado lo concluyó en septiembre de 2021.

Es apasionante y dramática la biografía de Antonio León Ortega, al que críticos y estudiosos de su arte tienen por el mejor escultor onubense del siglo XX y uno de los imagineros españoles sobresalientes y de más prestigio de su tiempo. Era de familia muy humilde. Con catorce años abandonó la escuela para dedicarse a cuidar cabras en una dehesa andaluza que había arrendado su padre. Las largas horas de soledad en el campo hicieron que el joven cabrero, para entretenerse, comenzara a tallar con una navaja figurillas de animales, hasta que un sobrino de la propietaria de la explotación agrícola y ganadera, Alberto Vélez de Tejada, al descubrir sus habilidades, convenció a su tía para que le costeara los estudios. Con una beca de la Diputación Provincial de Huelva marchó a Madrid en 1927, donde prosiguió su formación, primero en la Escuela de Artes y Oficios y luego en la Superior de Bellas Artes de San Fernando. Tuvo por maestros a Mariano Benlliure, José Capuz, Juan Adsuara, Rafael Domenech y Manuel Benedito.

León Ortega finalizó la carrera con inmejorables calificaciones académicas, pero se quedó obviamente sin la beca con la que malvivía y, como los encargos tardaban en llegarle, se vio obligado a trabajar de albañil para subsistir. Por entonces entró en contacto con el anarcosindicalismo, de fuerte implantación en Madrid en una época convulsa de la vida española. La conciencia de clase y su situación personal propiciaron que las ideas libertarias arraigaran en él con fuerza. No obstante, aunque parezca contradictorio, León Ortega mantuvo intactos, igual que los ideales políticos e ideológicos, su espíritu religioso, la fe cristiana que siempre lo acompañó. La periodista Ana Rodríguez subraya que el artista creía con poderoso aliento en el Jesús revolucionario que vino a este mundo a luchar por la hermandad de los hombres y por la implantación de la justicia, el Cristo redentor.

En 1933, casado y con una hija, regresó a su Ayamonte natal. Abrió taller con dos colegas ayamontinos. Pero la situación política y social no era la mejor para una aventura como aquella, y fracasó. En esto estalló la guerra incivil. La adscripción de León Ortega al anarcosindicalismo madrileño no tardó en pasarle factura. Fue detenido, juzgado y condenado a muerte tres veces, de las que escapó, la última gracias a las hermanitas de la Cruz, a las que una hermana de su primera mujer, sabedora del cariño y admiración que le profesaban desde que les recompuso el retablo de su iglesia sin cobrarles un céntimo, y porque «era muy dulce en el trato», les suplicó que intercedieran para que no fuera ejecutado. Lo consiguieron. El artista correspondió al inmenso favor con varias tallas emblemáticas, entre ellas el Cristo de los Cuatro Clavos y la de sor Ángela de la Cruz, fundadora de la orden.

Finalizada la guerra incivil, intentó volver a Madrid para trabajar con Capuz. Pero en el camino se le cruzó el pintor Gómez Carrillo, que lo convenció para que se quedara a trabajar con él en su taller de Huelva. Proliferaba la demanda de imaginería religiosa. La contienda fratricida había destruido innumerables obras de arte. Dice la doctora Rocío Calvo Lázaro que lo que en realidad hizo Carrillo fue explotarlo. Y que él se dejó explotar. León Ortega modelaba y esculpía la figura y ambos, o uno u otro, la policromaban, pero siempre era Gómez Carrillo el que figuraba como autor. Hasta que León Ortega rompió en 1941, regresó a Ayamonte y abrió taller propio.

En el casi medio siglo que se mantuvo activo, hasta que un ictus frenó en seco su arte en 1985, Antonio León Ortega recorrió un largo itinerario hasta adueñarse y dominar un lenguaje plástico inequívocamente suyo. Se fue apartando de la influencia aplastante de la estatuaria tradicional andaluza, en particular la sevillana. Logró así su más alto afán: infundirles, sobre todo a las imágenes de pasión, la profunda espiritualidad que bullía en su ser, el reconcentrado intimismo de su conflictivo mundo interior. Aseguraba su hijo que su padre decía con frecuencia que su lucha con la materia escultórica se cifraba en la necesidad angustiosa de transformarla en oración. Como opina el profesor Carrasco Terriza, la sencillez y austeridad de León Ortega, su profunda religiosidad y la raíz artesanal que está en el origen de su arte explican el carácter de su extensa producción escultórica, diseminada –más de cuatrocientas obras– por toda España, Europa y EE UU.

La imagen de la Virgen de la Cinta que hoy se reincorpora al acervo cultural de San Cristóbal de La Laguna la talló y policromó León Ortega en momentos especialmente tensos. El país se hallaba en plena dictadura. Era un señalado por dedos acusadores. Su pasado seguía siendo estigma inevitable. Había que tragar bilis para continuar; una atmósfera política y social que pesó decididamente en su estilo y en su producción artística, como siempre le ocurre a todo artista de nervio. Fue para él un periodo de reconcentración, de intimismo, de apartamiento, de reflexión. En ese ambiente y con esos condicionantes esculpió la Virgen de la Cinta. No hizo una copia ni una imitación de la hermosísima del genovés Antón María Maragliano que ardió en el incendio de San Agustín de 1964, como algunos pretendían. Creó una pieza escultórica muy suya y muy de aquel momento. Hoy la recobramos felizmente.

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