Intervención en América Latina
Trump resucita las esferas de influencia y arrastra al mundo a una nueva era imperial
EEUU reafirma su intención de "dominar" el Hemisferio Occidental y sugiere que otros países podrían correr la misma suerte que Venezuela

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump / GOBIERNO DE EEUU

"Estados Unidos volverá a considerarse a sí misma una nación en expansión, que aumenta nuestra riqueza, expande nuestro territorio, construye nuestras ciudades, levanta nuestras expectativas y lleva nuestra bandera a nuevos y hermosos horizontes". Las señales estaban escritas en la pared desde el principio, por más que pocos quisieran tomarse en serio sus palabras, una constante desde que Donald Trump entrara en política hace ahora una década. Pero aquella frase, pronunciada durante su segunda toma de posesión en el Capitolio, ha resultado ser más que premonitoria. La descarnada intervención de Estados Unidos en Venezuela, con la captura a punta de pistola de su presidente y la intención manifiesta de "dirigir" a partir de ahora el país caribeño y apoderarse de su petróleo, marca un momento sísmico para las relaciones internacionales. Con Trump retrocede el reloj de la historia. Una nueva era imperial asoma en el horizonte. Como antes hizo Vladímir Putin en su vecindario, Washington vuelve a reclamar a cañonazos su esfera de influencia.
Nada de lo que ha hecho Trump en los últimos días es del todo nuevo. Entre 1898 y 1994 EEUU intervino con éxito en 41 ocasiones para cambiar por la fuerza a gobiernos de América Latina, según la Universidad de Harvard. La novedad está en la crudeza con que la Casa Blanca telegrafía sus intenciones, como expresaba estos días una viñeta satírica en 'The New Yorker'. Un anciano se dirige a un niño desde un banco del parque: "En mi época teníamos que utilizar a la CIA para financiar en secreto golpes militares si queríamos apoderarnos de los recursos de un país", le dice el anciano. Trump y los suyos, en cambio, hablan claro y sin tapujos: quieren el control político y los recursos de la región. Otras potencias con presencia e intereses deben hacer las maletas. El secretario de Estado, Marco Rubio, se lo dejó claro a la nueva presidenta de Venezuela: esta semana le pidió que expulse del país a los asesores de China, Cuba, Rusia e Irán, según publicó la prensa estadounidense.
Y Venezuela parece ser solo el principio. Desde el ataque del fin de semana pasado, la Administración Trump ha sugerido que Cuba y Colombia podrían ser los próximos. En paralelo, anunció que el Pentágono comenzará a atacar "narcoterroristas" en territorio de México. Y casi al mismo tiempo volvió a poner a Groenlandia en el punto de mira, "una prioridad para la seguridad nacional de EEUU", en palabras de la portavoz de la Casa Blanca. Canadá, el canal de Panamá y Gaza también se han aireado como potenciales ambiciones de un Trump quiere convertir el Hemisferio Occidental en su esfera exclusiva de influencia. Esa ida estaba ya en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional, pero el republicano volvió a repetirla tras la agresión sobre Venezuela. "Bajo nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional, el dominio estadounidense sobre el Hemisferio Occidental nunca volverá a ser cuestionado", dijo aquel sábado. Días después anunció que aspira a aumentar un 50% el presupuesto de las Fuerzas Armadas.
Vuelta al siglo XIX
Las esferas de influencia son un concepto más propio del siglo XIX, muy ligado a la colonización y la época de los imperios. Esencialmente consiste en imponer el control sobre determinadas zonas geográficas utilizando la coerción militar y económica como arma. No hace falta siquiera anexionarse esos territorios, basta con que respondan a las directrices de la gran potencia a la que quedan subordinados. "Estamos volviendo a ese mundo, que es esencialmente un mundo sin reglas donde impera la política del poder y la ley del más fuerte", asegura a este diario José Antonio Sanahuja, catedrático en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense. Un viejo principio lo resume bien: "Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben". El único orden que existe en ese mundo, subraya Sanahuja, "es el que imponen las superpotencias en sus áreas de influencia".
Nada de eso son conceptos reservados para el debate académico, sino la nueva divisa declarada de la Administración Trump. Stephen Miller, uno de los lugartenientes más poderosos del presidente, lo explicó hace unos días con su crudeza habitual en la CNN. "Nosotros vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, se rige por la coerción y se rige por el poder", dijo Miller. "Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos", añadió.
Rusia y China
EEUU no está solo al reclamar una esfera de influencia. Antes lo hizo la Rusia de Putin en su entorno geográfico más inmediato, buena parte del espacio postsoviético, donde ha utilizado la expansión hacia el este de la OTAN, así como otros pretextos más peregrinos, para tratar de tullir la autonomía de sus vecinos. El Kremlin lo llama el "extranjero cercano", donde dice tener "intereses estratégicos vitales", y trata de imponer gobiernos títeres bajo su tutela. En Ucrania, Georgia o Transnistria utilizó las armas; en otros lugares recurre a la guerra híbrida y la desestabilización.
También China opera con agresividad creciente en su patio trasero. Particularmente en torno a Taiwán, pero también reclama como suyo el grueso de los territorios marítimos del mar del Sur de China, que se disputa con otros países ribereños. Recientemente, en respuesta a la venta de armas de EEUU, lanzó dos docenas de misiles de largo alcance cerca de las aguas taiwanesas y rodeó la isla con bombarderos, cazas y buques de guerra durante dos días de maniobras intimidatorias.
Sanahuja cree que el caso de Pekín es algo distinto. "China aspira a un mundo más sinocéntrico, pero en el que hay orden, jerarquía y reglas", afirma en una entrevista. "En el mar del Sur de China quiere que se aplique el derecho internacional para delimitar el mar territorial y las zonas económicas exclusivas". En contra de ese argumento podría decirse que Pekín no está esperando a resolver las disputas en los tribunales. De hecho, cuando un tribunal arbitral en La Haya falló en su contra en 2016, rechazó el veredicto. Y entre tanto se ha dedicado a militarizar la región y a construir islas artificiales en parte de esos territorios en disputa.
No son buenas noticias para el resto del mundo. "Hoy las grandes potencias tratan de negociar un nuevo orden mundial, pero principalmente negocian entre ellos", escribió recientemente en 'Foreign Affairs' Aroop Mukharji, exasesor del Departamento de Comercio de EEUU. La sintonía de Washington y Moscú sobre el futuro de Ucrania es un buen ejemplo. "En semejante mundo, instituciones multilaterales como la OTAN y la UE quedarán relegadas y la autonomía de las naciones más pequeñas, amenazada".
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