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Guerra en Ucrania

El año de la guerra de Ucrania

Putin cambió el curso de la Historia y el destino de los ciudadanos de la exURSS y del resto del mundo cuando ordenó a sus tropas invadir el país vecino para reconstruir el poderío del Kremlin

Tropas prorrusas en Mariúpol (Ucrania). Reuters

Fueron muy pocos los ciudadanos del espacio postsoviético que se fueron a la cama en la crítica noche del 23 al 24 de febrero pasado, en especial, en Rusia y Ucrania, las dos repúblicas que hasta hacía solo tres décadas integraban, unidas, el corazón y el alma de la URSS, el segundo estado más poderoso del mundo. En cuestión de horas, el tono de voz de Yevhén Fedchenko, periodista ucraniano al frente de StopFake, una web especializada en desmontar los bulos lanzados desde Moscú, había cambiado radicalmente, tornándose sombrío e inquieto. "Es muy probable que el ataque se produzca esta misma noche, estoy pensando a dónde ir con mi familia", admitía resignado, después de haber pronosticado durante semanas que el Kremlin se limitaba a jugar una partida de póker, y que todo lo más que esperaba eran escaramuzas armadas contra territorio ucraniano.

En Moscú, al otro lado de la frontera, se estaban produciendo escenas similares, pese a que, en teoría, Rusia era el Goliat del conflicto en ciernes, la potencia invasora, y no el Estado a punto de ser atacado. Allí también se había desencadenado una epidemia de insomnio entre la ciudadanía, con frenéticos intercambios de mensajes a través de whatsapp y otras redes sociales acerca de lo que sucedería en las siguientes horas. "¡Sal inmediatamente de Rusia!; todo va a cambiar rápidamente, mañana puede ser ya tarde", fue el texto que recibió Vitali Ilin, un fotógrafo de publicidad, enviado desde Argentina por una pareja de amigos gays que hacía poco habían emigrado a Latinoamérica ante la rampante homofobia impulsada desde el Estado ruso.

Matices de país agresor y país agredido aparte, la situación de Yevhén y Vitali guardaba muchos paralelismos. El primero miraba al cielo para ver de dónde podían proceder las bombas, o por donde podían comenzar a atacar los Mig de combate rusos, para emprender la huida en dirección contraria. El segundo observaba a su alrededor para identificar posibles signos que confirmasen lo que le habían advertido sus amigos desde la lejanía: que el país estaba efectivamente a punto de mutar en ese asfixiante y represivo Estado estalinista de antaño, lo que le obligaba a seguir su ejemplo, tomar las de Villadiego y salir de Rusia casi con lo puesto. Eso sí. Tanto uno como otro percibían, en estas horas inmediatamente anteriores a la invasión, que la existencia que habían conocido hasta ahora estaba a punto de volverse del revés como un calcetín, y que a partir de aquel momento, nada, absolutamente nada, volvería a ser igual.

La hora fatídica

A eso de las 5.00 de la madrugada, todas las incertidumbres se despejaron. Las agencias de noticias comenzaron a rejitar boletines de guerra, informando de ataques coordinados con misiles y aviación lanzados desde Rusia contra varios objetivos civiles y militares en Ucrania, mientras columnas de blindados cruzaban la frontera y avanzaban en territorio ucraniano a gran velocidad desde tres direcciones: el norte, concretamente desde la frontera bielorrusa, Crimea, desde el sur y la provincia de Belgórod, desde el noreste, a medio centenar de kilómetros de Járkov, la segunda ciudad ucraniana.

Con las primeras bombas, llegaron las primeras explicaciones. Vladímir Putin, un presidente llegado al poder en el último día del siglo pasado y aupado por otro conflicto armado, -las segunda guerra de Chechenia, con decenas de miles de muertos- salió de inmediato a la palestra para justificar esta nueva aventura bélica en la que había embarcado a su país. Desde su despacho en el Kremlin, con el rostro tenso y la mirada llena de rencor hacia ese Occidente que prevaleció ante su disuelto Estado en las postrimerías del siglo pasado, el antiguo agente del KGB estacionado en la difunta Alemania Oriental pronunció un discurso repleto de referencias históricas y en el que daba a entender que lo que buscaba con esta nueva guerra era precisamente eso, revertir la derrota soviética durante la Guerra Fría del siglo XX: "El colapso de la Unión Soviética llevó a una redivisión del mundo, y de las normas de derecho internacional que se habían desarrollado hasta ese momento; las normas que fueron adoptadas después de la Segunda Guerra Mundial y que formalizaron sus resultados se interpusieron en el camino de aquéllos que se autoproclamaron a sí mismos como vencedores en la Guerra Fría".

Convencido de que todo iba a resolverse en favor de Moscú en cuestión de días, no dudo en calificar de "Junta" al Gobierno ucraniano, en tildar de "nazi" a su presidente Volodímir Zelenski, de confesión judía y elegido tres años antes en unas elecciones con más del 70% de los votos, y en instar a las tropas ucranianas a "no dar cumplimiento a las órdenes" emanadas desde Kiev, es decir, a amotinarse.

Poco tardaría en demostrarse que la Ucrania que tenía en mente el líder del Kremlin cuando pronunció su belicoso discurso de inicio de hostilidades se daba literalmente de coces con la Ucrania real que desde hacía años existía sobre el terreno. Transcurridas tan solo 24 horas desde la madrugadora proclamación bélica, Svetlana, una joven ucraniana de habla rusa originaria de Járkov y que no mencionó su nombre real, deambulaba, visiblemente azorada, por el restaurante del hotel Lviv, en la céntrica avenida Viacheslav Chornovol de la ciudad homónima, intentando renovar fuerzas y recuperarse de los sobresaltos de las primeras horas de guerra con un plato de viandas ofrecidas en el bufet de desayuno. Además de las recurrentes alertas aéreas y los comercios cerrados a cal y canto, la guerra ya se hacía sentir en la capital del oeste de Ucrania, más concretamente en aquel frugal aparador de manjares, dominado por huevos cocidos, quesos procesados de sabor artificial y textura próxima a la plastilina, además de salchichas locales y 'kasha', cereales cocidos en leche muy populares en toda la exURSS.

Saltaba a la vista que la agitada Svetlana, recién evacuada desde la bombardeada Járkov, era una tantas ucranianas a las que el acercamiento a Europa durante los años precedentes había sentado bien, independientemente de su origen nacional. Vestía a la moda, lucía una cuidada melena pelirroja y en su apariencia externa, nada la distinguía de cualquier joven checa, eslovaca o polaca con recursos, un buen trabajo y acostumbrada a viajar por la UE. Y aunque el presidente de la potencia vecina se había expresado en la que era su lengua materna, no ocultaba el inmenso desprecio que sentía hacia aquel personaje, ni el profundo abismo emocional que le separaba de aquella intervención hablada en la que describía a su país, Ucrania, con unas palabras y en unos términos que no reconocía bajo ningún concepto. "¡Está loco!", se limitó a exclamar cuando un periodista se le inquirió acerca del discurso de Putin.

En las primeras horas de la guerra, quienes se llevaron la peor parte de los desaciertos presidenciales, quienes sufrieron en sus propias carnes las consecuencias de los errores de cálculo de Putin fueron sin duda las columnas de blindados que avanzaban sobre Kiev desde el norte y que pensaban hacerse con el control de toda una megalópolis de tres millones de habitantes casi sin disparar un tiro. El 27 de febrero, es decir, apenas tres días después de iniciada la ofensiva, las grandes cadenas de televisión internacionales difundieron unas turbadoras imágenes tomadas tras una batalla en una localidad de la periferia capitalina, a menos de dos decenas de kilómetros del centro. Entre columnas de humo y casas unifamiliares destruidas, yacían un buen número de vehículos blindados carbonizados, con las puertas abiertas, junto a lo que probablemente eran cuerpos de soldados rusos muertos durante el combate yaciendo sobre el asfalto.

Semana y media

El 9 de marzo, apenas transcurrida una semana y media desde el arranque de la ofensiva, era la prensa británica la que difundía unas instantáneas de una columna rusa aniquilada, con carcasas de tanques y blindados ennegrecidos por las llamas en medio de un bucólico paisaje nevado próximo a la localidad de Sumy, en el norte del país, a apenas una cincuentena de kilómetros de la frontera. Entre el trajín de soldados ucranianos cargando cajas de municiones arrebatadas a su enemigo, un sonriente militar local entrado en carnes se vanagloriaba ante la cámara que su unidad había destruido la columna gracias a "los regalos" proporcionados por Su Majestad la reina Isabel II, y pedía más "juguetes" como ésos para seguir golpeando a las fuerzas rusas. "Había una columna; les estábamos esperando y acabamos con ellos; he aquí el resultado; ¡gloria a Ucrania!", recitaba otro militar, quien probablemente ejercía las funciones de comandante.

Los analistas militares, tanto en Ucrania como en Occidente, no daban crédito ante tanta torpeza. Putin había lanzado una invasión blindada de características completamente previsibles, al viejo estilo de la guerra relámpago, cuando los números ni siquiera estaban a su favor. Parecía que el Kremlin se había olvidado hasta de sumar, de que en matemáticas, dos y dos son cuatro, y no tres. "Ucrania dispone de 8.000 misiles Javelin antitanque, mientras Rusia cuenta con 3.000 tanques, y decenas de miles de blindados; me parece una proporción adecuada" para el Ejército defensor, reveló para El Periódico de Catalunya, del grupo Prensa Ibérica, a escasos días del inicio de la invasión, el analista Mijailo Samus, al frente de Nueva Geopolítica-Red de Investigación, una plataforma informativa ucraniana especializada en temas militares y de geopolítica. Y haciendo bueno aquel dicho de "cría fama...", países reticentes hasta aquellos momentos a enviar armas a Ucrania, como Alemania o incluso España, cambiaron de parecer y empezaron a despachar partidas de ayuda militar hacia el país eslavo, una vez comprobaron que ni el conflicto se convertía en un segundo Afganistán, ni el Gobierno de Kiev se derretía como un azucarillo en un vaso de agua ante la embestida de Rusia, como así sucedió durante la caída de Kabul en el verano de 2021.

Con los reveses militares y el aluvión de bajas militares -se hablaba, transcurrido un mes del inicio de las hostilidades, de tantos muertos rusos en el campo de batalla como fallecidos soviéticos en un decenio en la guerra de Afganistán- llegaron los bandazos del Kremlin. Contradiciendo sus propias aseveraciones en su primer discurso de febrero, Putin proclamó, al comenzar abril, que en realidad su Ejército no aspiraba a provocar la caída del Gobierno de Zelenski, sino a extender la autoridad de Moscú por toda la región de Donbás, razón por la cual ordenaba la retirada de los contingentes militares que desde hacía semanas intentaban, sin éxito, cerrar una tenaza en torno a la capital ucraniana. Era el primero de los repliegues rusos desde el inicio de las hostilidades. Luego vendrían la retirada, al galope y en desorden, de la zona norte colindante con Járkov y, finalmente, la evacuación de Jersón, la única capital de provincias que había caído en manos rusas.

Nadie se atreve a vaticinar cómo acabará esta guerra. Existe una corriente de opinión, participada incluso por individuos y fuerzas ultraderechistas rusas como Igor Girkin, alias 'Strelkov' (tirador en ruso), que sostiene que Rusia ya ha sido derrotada, y que tan solo resta por averiguar cómo se materializa este fracaso militar; es decir, mediante un armisticio que fije unas fronteras provisionales no reconocidas internacionalmente, como viene rigiendo desde hace décadas en la península de Corea, una circunstancia que le permitiría a Putin y a su élite salvar la cara al conservar 'de facto' algunos territorios conquistados; o a través de un colapso del régimen de Putin similar al hundimiento de la Alemania hitleriana.

Suceda lo que suceda en este 2023 a punto de comenzar, de momento las espadas siguen en alto y la palabra negociación ha sido proscrita no solo del vocabulario de ambos contendientes, sino también de sus aliados. "No existen por el momento las condiciones" para una negociación, constató hace unos días el secretario general de la OTANJens Stoltenberg. Y frente a aquéllos que cantan la victoria del Gobierno de Kiev, el mandatario noruego recordó que Moscú ya ha dado a entender que planea una contraofensiva para la primavera, y que la estrategia más razonable seguía siendo proporcionar armas al Ejército de Zelenski para que prevalezca en una guerra que, según la opinión de muchos, es tan nuestra como suya.

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