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Autarcas del siglo XXI: la era de los 'hombres fuertes'

La lista de mandatarios autocráticos no ha parado de crecer desde el año 2000

Jair Bolsonaro.

Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Salazar, Ceaușescu, Pol Pot… Los liderazgos autoritarios del siglo XX dejaron un recuerdo tan infausto que pocos habrían apostado al final de los años 90 por la idea del ‘hombre fuerte’ como una fórmula de gobierno con futuro ante el siglo que iba a comenzar.

Para entonces, el hundimiento del bloque soviético había facilitado la incorporación de los países del otro lado del Telón de Acero a la democracia como quien llega a la tierra prometida y nadie se inquietó el 31 de diciembre de 1999 al ver a Boris Yeltsin, presidente de la Federación Rusa (así se denominaba entonces), renunciando a su cargo en favor de un joven exoficial de la KGB que en su primer discurso, emitido por televisión esa misma Nochevieja, prometió “proteger la libertad de expresión, conciencia, prensa y todos los elementos de una sociedad civilizada”. Se llamaba Vladímir Putin.

22 años más tarde, aquel inexperto político se ha erigido en el arquetipo del autócrata del siglo XXI y su manera de ejercer el poder, con mano dura, laminación de las libertades civiles, desprecio hacia la separación de poderes y mucho culto a la personalidad del líder, se ha convertido en el modelo de gobernanza que más ha prosperado en todo el planeta en lo que llevamos de centuria.

Pocos habrían imaginado en aquella Nochevieja de 1999 que países tan distintos y distantes como Hungría, Filipinas, Turquía, India o Estados Unidos estarían gobernados 20 años más tarde –o lo habrían estado en algún momento- por personajes autoritarios de perfil nacionalista, marcado acento varonil y dudosa catadura democrática como Viktor Orban, Rodrigo Duterte, Recep Tayyip Erdogan, Narendra Dodi o Donald Trump. Este último ya no habita la Casa Blanca, pero mantiene firme su amenaza de regreso y las encuestas le son favorables.

Modales cuarteleros

Tampoco China saludó el comienzo del siglo en manos de un dirigente aferrado al trono a perpetuidad como lo está Xi Jinping tras el reciente congreso del Partido Comunista, ni cabía presumir que el nicaragüense Daniel Ortega, que se hizo célebre en los años 80 por alzarse en armas contra la dictadura de Somoza, acabaría convertido en otro dictadorzuelo más dedicado a apresar a la oposición y reprimir a la prensa. 

Tras el reciente congreso del Partido Comunista Chino, Xi Jinping se ha convertido en el líder del país a perpetuidad

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Brasil, que lleva desde 2019 asistiendo entre el bochorno y el entusiasmo -según quien opine- a los modales cuarteleros y los aires de matón del ex militar Jair Bolsonaro, decide este domingo, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, si continúa o se descuelga del grupo de países que en los últimos años han confiado su destino a la figura de un ‘hombre fuerte’, una situación en la que actualmente se encuentran 3.400 millones de personas en el mundo.

“Vistos uno por uno, no se parecen, pero todos comparten pensamientos, actitudes y técnicas políticas. No son casos aislados, sino que componen una corriente. Es el signo de los tiempos: en el comienzo del siglo XXI, el péndulo de la historia ha girado hacia esta forma autocrática de entender el poder”, sostiene Gideon Rachman, columnista del Financial Times, que ha estudiado el recorrido que siguieron estos personajes hasta llegar al puente de mando de sus países en el ensayo ‘La era de los líderes autoritarios’, publicado este otoño por la editorial Crítica.

"Es el signo de los tiempos: en el comienzo del siglo XXI, el péndulo de la historia ha girado hacia esta forma autocrática de entender el poder"

Gideon Rachman - Autor del ensayo ‘La era de los líderes autoritarios’

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Voto popular

Que todos –salvo casos especiales como el chino Xi Jinping o el norcoreano Kim Jong-un, que compiten en otra liga- hayan accedido al poder a través del voto popular resulta determinante para el análisis de este fenómeno. Los autócratas del siglo XXI no son los dictadores del XIX y el XX que daban golpes militares o fulminaban las urnas en cuanto ocupaban el sillón presidencial, sino que necesitan granjearse la simpatía y el apoyo de sus conciudadanos para llegar a lo más alto y mantenerse ahí. ¿Qué ha visto un norteamericano, un húngaro o un brasileño medio en un tipo como Trump, Orbán o Bolsonaro para entregarse en sus brazos con devoción ciega a riesgo de poner en peligro algo tan valioso como la propia democracia?

La respuesta es compleja y en ella se combinan acontecimientos acaecidos en las últimas dos décadas en el mundo con la novedosa forma de ejercer el liderazgo que ha descubierto y puesto en práctica esta generación de ‘hombres fuertes’ que hoy manda sobre media Humanidad. “Su aparición no se entiende sin el contexto de la crisis y sin el sentimiento nacionalista que latía en amplios sectores de la población, y que nadie, hasta que ellos llegaron, había sabido ver”, entiende Rachman.

Si hace un siglo fue la crisis de los años 30 la que aportó el caldo de cultivo para que surgieran los totalitarismos que marcaron la historia del siglo XX, ahora son los desequilibrios generados por la globalización los que parecen alimentar la atracción que manifiestan grandes grupos populares hacia los liderazgos carismáticos. “Los mineros de Pittsburg que vieron cómo les cerraron las minas me contaron que votaron a Trump cabreados. Sienten que ahí afuera hay una fiesta y que ellos no han sido invitados. Al menos Trump les contó lo que querían oír”, cuenta el periodista israelí Nadav Eyal, que ha relatado en el libro ‘Rebelión’ (Debate) su periplo por el mundo entrevistando a los damnificados por la globalización. 

"Los mineros de Pittsburg que vieron cómo les cerraron las minas me contaron que votaron a Trump cabreados. Sienten que ahí afuera hay una fiesta y que ellos no han sido invitados"

Nadav Eyal - Autor de 'Rebelión'

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“En situaciones de incertidumbre, la atracción por una figura fuerte y con autoridad que dé seguridad y ponga orden resulta tentadora”, apunta el psicólogo social Miquel Domenech. Por eso, la consolidación de este modelo de gobernanza no se entiende sin el culto a la personalidad del líder, una operación de marketing político en la que han participado todos en algún momento y que suele combinar la proyección de una imagen del personaje cargada de testosterona con una estrecha identificación de su figura con los valores nacionales. 

En India, los certificados de vacunación expedidos durante la pandemia llevaban el rostro del nacionalista Modi, como si aquel salvoconducto fuera un regalo personal del mismísimo presidente

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Mensajes pueriles

“Sin Putin no hay Rusia”, proclamaban los propagandistas del Kremlin tras la anexión de Crimea en 2014 y después de empapelar durante años el inconsciente de los rusos con fotos del mandatario a caballo, disparando armas o remando con el torso desnudo. “Solo yo puedo arreglarlo”, sentenció Trump en la convención republicana de 2016 después de enumerar una retahíla de problemas que asolaban a los norteamericanos. En India, los certificados de vacunación expedidos durante la pandemia llevaban el rostro del nacionalista Modi, como si aquel salvoconducto fuera un regalo personal del mismísimo presidente.

Por simples y pueriles, este tipo de mensajes habrían tenido un ridículo recorrido hace apenas 20 años. Ahora, en cambio, consiguen movilizar a multitudes de seguidores porque logran impactarles a través de la intimidad de sus teléfonos móviles. “Cada época tiene su herramienta de agitación de masas. Roosevelt era un maestro de la radio, Kennedy derrotó a Nixon en la tele y Trump ha sido el presidente tuitero, igual que Duterte ganó en las elecciones de Filipinas de 2016 gracias a sus campañas en Facebook”, explica Rachman.

Que los mensajes que transmiten por esos canales sean a menudo más dignos de meme que de reflexión es lo de menos. “Vivimos en la economía de la atención, lo que importa es atraer las miradas. Un exabrupto de cualquiera de estos hombres estrafalarios genera más interés que la explicación pausada de un proyecto político”, señala la politóloga Márian Martínez-Bascuñán, coautora del ensayo ‘Populistas’ (Alianza Editorial).

La otra gran baza de los líderes autoritarios del siglo XXI para venderse imprescindibles ha consistido en señalar a un enemigo de la nación al que prometen combatir en nombre del pueblo, ya sean inmigrantes, países vecinos o las élites políticas que, según su diagnóstico, se han desentendido de los problemas reales de la gente. “Esta retórica es muy eficaz porque divide el campo de batalla y obliga a elegir: o estás conmigo o contra mí, que represento al país. La polarización activa el instinto tribal de la población. Es más fácil que nos unamos contra una amenaza que a favor de una idea, y eso lo saben muy bien los que manejan esta forma de hacer política”, observa Martínez-Bascuñán.

“Vivimos en la economía de la atención, lo que importa es atraer las miradas. Un exabrupto de cualquiera de estos hombres estrafalarios genera más interés que la explicación pausada de un proyecto político"

Marian Martínez-Bascuñan

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En sus casi tres años de mandato, Jail Bolsonaro ha cargado con saña contra formaciones ecologistas, tribus amazónicas, colectivos lgtbi, la prensa, la oposición y hasta contra el propio sistema electoral, difundiendo a menudo bulos y patrañas que no suenan creíbles ni en su propia cabeza. Según los últimos estudios de opinión, dos de cada tres votantes republicanos siguen pensando que Joe Biden le robó a Trump las elecciones. “La mentira es tan vieja como la política, pero las ‘fake news’ van más allá. Persiguen distorsionar la realidad hasta conseguir que la gente termine desconfiando de todo y sin saber a quién creer”, distingue Moisés Naím

Postverdad

En su último libro, titulado ‘La revancha de los poderosos’ (Debate), el politólogo venezolano afincado en Estados Unidos explica cómo los autócratas “están reinventando la política en el siglo XXI” y describe este nuevo liderazgo como el de las tres pes: populismo, polarización y postverdad. En opinión del analista, la democracia mundial nunca ha estado tan amenazada como ahora desde el final de la guerra fría, un diagnóstico en el que coincide la agencia Freedom House. Esta entidad internacional elabora cada año un estudio que mide el nivel de libertades públicas que hay en el planeta y, según sus cálculos, este no ha parado de bajar desde 2005 debido a la aparición de estos mandatarios.

Según la agencia internacional Freedom House, la libertad y la democracia no ha parado de disminuir en el mundo desde 2005

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Gideon Rachman es un convencido de la “naturaleza cíclica de la historia”, que, en su opinión, no avanza en línea recta sino en zigzag y ahora parece soplar en contra de la democracia y a favor del autoritarismo. “Pero esto no significa que tengamos que sentarnos a esperar a que el viento cambie de signo. Los demócratas estamos obligados a librar esta batalla”, advierte. Si extender la autocracia ha resultado fácil, a la vista de cómo ha avanzado en la última década, combatirla no se presenta tan sencillo. 

“Hay que fortalecer las instituciones y protegerlas de los abusos que algunos quieran cometer con ellas”, propone Rachman. “Urge mantener la jerarquía de las alarmas, llamar a las cosas por su nombre y no pasar por algo ninguna mentira ni ningún discurso de odio”, advierte Martínez-Bascuñán. “Esta ola no parará hasta que no se corrijan los desequilibrios y la desigualdad que ha generado la globalización”, pronostica Eval. “Vigilemos lo que reenviamos y compartimos, porque a veces, creyendo que ridiculizamos a estos charlatanes, los estamos fortaleciendo”, previene Naím. En su opinión, las reglas del juego democrático han cambiado en el siglo XXI: “En muchos países, cada vez más, las elecciones no van de elegir entre izquierda y derecha, sino entre democracia o autoritarismo”, avisa.

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