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Luto en el Reino Unido

Carlos, un rey con más pasado que presente

El príncipe Carlos de Inglaterra.

La hora de Carlos de Inglaterra ha llegado. El eterno heredero cumple el que por nacimiento era su destino. El fallecimiento de Isabel II le convierte en el rey de los británicos. Un monarca de 73 años, con más pasado que futuro. Una sucesión vista con aprensión por la ciudadanía a la que Carlos ha decepcionado de antemano por su comportamiento como príncipe de Gales. Son muchas las dudas sobre su carácter y demasiadas las manchas en su expediente personal. La soberana ahora desaparecida se ganó el respeto y la admiración de los suyos practicando un inquebrantable sentido del deber, con prudencia, pragmatismo y lavando los trapos sucios en casa. Su hijo jamás se ha recobrado de los escándalos de su trágico matrimonio con la princesa Diana. El ascenso al trono como rey, junto a Camila como reina consorte, deja un regusto amargo en el corazón de los británicos.

La vida del futuro soberano ha sido una larga espera. Carlos es el heredero británico de mayor edad y con más años de servicio como príncipe de Gales. Su destino, sin escapatoria, ya estaba escrito antes de nacer. El niño que llegó al mundo en el palacio de Buckingham el 14 de noviembre de 1948 venía cargado de privilegios, de títulos nobiliarios y de una larga retahíla de nombres. Carlos Felipe Arturo Jorge, príncipe de Gales, duque de Cornualles, duque de Rothesay, conde de Carrick, barón de Renfrew, conde de Chester, lord de las Islas y príncipe y administrador de Escocia era el primogénito de la reina de Inglaterra y aseguraba la sucesión de la monarquía británica.

Una infancia de encajes, cucharillas de plata y una legión de sirvientes y niñeras, supliendo la ausencia de los padres. La madre, muy joven, tenía su prioridad puesta en la Corona. El padre, dedicado a sus asuntos, trataba de imponer disciplina a un hijo que menospreciaba por pusilánime y débil. Los años de soledad y falta de afecto se prolongarían durante la adolescencia y marcarían su carácter.

Observado en cada uno de sus movimientos, la prensa trataba por entonces con indulgencia al estudiante en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, al jugador de polo con novias en los círculos aristocráticos, que iban y venían llenado páginas de colorines sin dejar rastro. Una de aquellas se llamaba Camila Rosemary Shand. Otro ligue pasajero, pensaron.

Su investidura y coronación como príncipe de Gales tuvo lugar en 1969 en una ceremonia televisada en el Castillo de Caernarforn. Al igual que todo futuro rey, el joven Carlos recibió formación en las tres ramas del Ejército. Hasta ahora ostentaba el rango de mariscal de campo del Ejército británico, almirante de la flota de la Marina Real y mariscal de la Real Fuerza Aérea.

Ecología y jet privado

Durante décadas fue asumiendo muy lentamente obligaciones oficiales como miembro de la familia real, a la sombra de su madre y con un margen de actuación escaso y frustrante para alguien enormemente impaciente y dado a entrometerse en asuntos públicos. "Realmente quiere salvar el mundo. Dentro de él hay una pasión por ayudar", afirmaba Camila en un documental de la BBC con motivo de los 70 años del príncipe.

Su interés por la ecología, la preocupación por el futuro del planeta y de algunas especies animales, contrasta por el amor a la caza, los viajes en jet privado y una vida de lujo sin privarse de capricho alguno, muy lejos del espíritu de austeridad de su madre. Ante las recriminaciones, sus defensores lo describen como un trabajador incansable y destacan su labor de ayuda a los jóvenes desde los años 70 a través de una de sus fundaciones, Prince’s Trust, investigada ahora por la policía por la sospecha de que concediera donativos a cambio de favores.

Carlos opina y utiliza la influencia de su poderoso círculo de relaciones. Ha sido notoria su afición a escribir a primeros ministros y miembros del Gobierno enfatizando sus puntos de vista sobre arquitectura, enseñanza, dinero de uso público o regulación de las medicinas alternativas. Esas interferencias han hecho que haya sido acusado de saltarse el principio de neutralidad constitucional de una monarquía parlamentaria como la británica. ¿Aprenderá a respetar las normas el ahora rey? ¿Es capaz de mantenerse al margen alguien acostumbrado a hacer siempre lo que le place, rodeado de acólitos que le aplauden y jamás le contradicen?

Luz en el futuro

La figura de un monarca ya anciano tiene algo de decadente en el siglo XXI. No será el suyo probablemente un reinado de nuevas expectativas, renovadas energías y cambios fundamentales en la institución. La nueva corte se augura de tamaño reducido después de que salieran de escena el príncipe Enrique y Andrés, duque de York. El papel asignado a Guillermo, nuevo príncipe de Gales, será vital. Entre padre e hijo hubo en el pasado una relación muy tensa, en la que parece haberse llegado ahora a un entendimiento formal en el reparto de atribuciones. Catalina, futura reina consorte, tendrá también un protagonismo excepcional en este nuevo periodo. La monarquía necesita la visibilidad de la joven pareja para proyectar luz hacia el futuro, cuando el rey representa el pasado.

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