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Crisis migratoria

Afganos refugiados en España: de la tristeza a la tristeza

Salvaron la vida y huyeron de un infierno, pero les atenaza la frustración por no poder ayudar a la familia que quedó allí

La fiscala afgana Khatera Safi, refugiada en Getafe (Madrid). José Luis Roca

Khatera Safi, afgana de 27 años, se le ha cruzado la guerra de Ucrania además de la eterna desgracia que somete a su país. Si no hubiera habido guerra en Ucrania, quizá los recursos del Estado para acoger a refugiados no estarían tan repletos, y puede que hoy tuviera más fácil irse a vivir a Mallorca. En Marratxí le espera un puesto de trabajo como jugadora y entrenadora de baloncesto adaptado en la fundación Asnimo. Esa ONG mallorquina trabaja con personas que sufren discapacidad, como la que soporta Khatera desde que, a los once años, la atacó una mala fiebre.

El talento y el talante han impulsado a esta mujer afgana sobreponerse a la parálisis de sus piernas, asaltar las canchas de baloncesto a bordo de una silla de ruedas y las aulas de Derecho en la universidad de Kabul hasta hacerse fiscala. Ese era el trabajo que desde hace cuatro años desempeñaba en Afganistán hasta que volvieron los talibanes. Su especialidad, los derogados delitos de violencia contra la mujer. Por esa misma razón llegó a estar tan en peligro su vida que, hace ya seis meses, recaló en España. Y ahora aquí cuenta con una oferta que el propio director de Asnimo, Bartolomé Márquez Coll, ha hecho figurar negro sobre blanco en un documento: "Consideramos podemos ofrecer una salida laboral para Khatera", dice el papel, y añade: "sabiendo que es una jugadora profesional de baloncesto adaptado, podría formar parte del equipo de la fundación".

Khatera espera en el Centro de Refugiados de Getafe, entrena en un gimnasio aledaño, piensa mucho y soporta con gesto estoico y sin protestar el calor de Madrid, estos días más inclemente que el de Kapisa, la provincia afgana de la que es originaria. Pero el permiso no llega, porque los alojamientos de la red estatal están llenos, y más en Mallorca. Y Khatera ve aplazado su sueño mes tras mes.

De la tristeza a la tristeza

Eso, las largas esperas, es ingrediente presente en casi todas las experiencias de los refugiados afganos en España. Especialmente en los que empezaron a llegar hace un año, tras la caída del andamiaje militar occidental que sostenía un intento de régimen democrático en Kabul. Ya son 3.900 los evacuados en el último año en vuelos fletados por España, ha comunicado el Gobierno, con el último contingente de 294 llegados en la noche del pasado 10 de agosto.

Refugiados afganos llegan a la base aérea madrileña de Torrejón en la noche del 10 de agosto de 2022. MINISTERIO DE DEFENSA

"La llegada es dura, porque enseguida recuerdan lo que han dejado allí, las propiedades, la casa, la vida... Y la adaptación a la realidad de España, a la cultura y el idioma de aquí, no es nada fácil", explica Mad Aidar, refugiado afgano veterano: vino en 1987, después de que la invasión rusa le arrancara la vida de su padre. Aidar preside desde Dénia (Alicante) la Asociación de Afganos en España, y cuenta con años de refugio suficientes como para sistematizar con claridad las fases por las que pasa un afgano en este país.

En el caso de los que que han ido llegando en los vuelos organizados por Defensa, Exteriores e Inclusión, primero una sensación de euforia por haber dejado atrás el peligro de muerte. Pero las amenazas de los talibanes no son lo único que dejan atrás: también queda allí parte de la familia, y por eso la euforia dura poco, casi nada. "Enseguida piensan en los parientes que no han podido salir, y en la situación que les rodea. Eso siempre es un motivo de tristeza. El inicio puede ser un infierno".

Esa situación que les rodea no es solo la de las constantes y mortales conminaciones de la sharía, o ley islámica interpretada por sus más fanáticos defensores. Aidar maneja datos de ACNUR y de otras ONG al transmitir la estimación de que "cada día 20 millones de familias afganas se levantan sin saber si van a cenar esa noche". La opresión y las carencias son su paisaje. Si alguien enferma, jugará una siniestra lotería: si su mal encaja en la especialidad de alguno de los médicos de su ciudad que aún no se ha ido del país, buena suerte. Si no hay especialista, no llega el permiso gubernamental de evacuación y la visa para operación quirúrgica en Pakistán o la India, o simplemente no hay medicamentos, mala suerte: ha muerto porque así lo ha querido Alá.

No está nada claro que entre en la progamación divina otro fenómeno "que se ha disparado en el último año", dice Aidar: la venta de menores. A entre 1.000 y 2.000 dólares cotizan en el desesperado mercado rural -o incluso capitalino- de los adultos que buscan una esposa niña que garantice cuidados y servidumbre en su vejez, y los padres que no pueden sostener a toda su prole y ceden a uno de sus hijos para dar de comer a los demás.

Estas duras situaciones erosionan como el oleaje la mente de los ya alojados en alguna ciudad española. Se disponen a comenzar una nueva vida aquí, acaso consigan ya ganarse la vida, pero chocan con la frustración de no poder ayudar a la familia. Y esa, la frustración, es el segundo ingrediente común de su experiencia española.

Dinero de mano en mano

En toda Europa, la comunidad de refugiados afganos recurre a una vieja tradición financiera, la abolá, una banca artesanal que se remonta a los días de las caravanas de la ruta de la seda. Abolá es traspasar en lengua pastún. Para no llevar dinero encima que pudieran robar los bandoleros, los comerciantes viajaban de punto de préstamo en punto de préstamo, a través de una cadena de confianza que se va quedando una pequeña comisión por el trasvase.

"Hoy en Afganistán no está funcionando ni banca ni MoneyGram, y no tenemos forma de enviar dinero para a ayudar a la familia", explica Aidar. Solo les queda la abolá. A alguien se le da dinero aquí, y alguien en otro punto del mapa, ya cerca de la frontera pakistaní, se jugará la vida presentándose en casa del contacto de confianza, dándole una contraseña, recibiendo el préstamo y metiéndolo en territorio afgano.

Mad Aidar, presidente de la Asociación de Afganos en España. M.A. DENIA

Y eso, claro, lo pueden hacer los afortunados que ya tienen forma de conseguir ingresos. Poder vivir autónomamente es la fase final del programa de acogida que el Ministerio de Inclusión, con la colaboración de oenegés como ACNUR y ACCEM, diseñó para el programa especial de acogida desplegado desde el aeropuerto de Kabul y la base de Torrejón hace ahora un año. En palabras de la secretaria de Estado de Migraciones, Isabel Castro, se trata de "facilitarles una progresiva autonomía y una inserción social y laboral, con itinerarios de integración individualizados". Y en ello se lleva ya un año trabajando, desde el primer vuelo despegado en Kabul, el 15 de agosto de 2021. Pero la inserción es más sencilla de conseguir que borrar la angustia, la nostalgia o la tristeza de la mente de un refugiado.

"Mi familia está en peligro"

De las fases de acogida, la de vivir en un albergue "es la más dura", explica el portavoz de la Asociación de Afganos. En parte, por la sensación de pérdida de autonomía. La misma que acucia, por ejemplo, a Khatera en su quinto mes de España. En el albergue de refugiados de Getafe, al sur de Madrid, la fiscala Safi espera junto a un hermano menor que también ha podido venir a España. En Kapisa, todos en la misma casa, han quedado los padres, cuatro hermanas, tres de ellas casadas, y dos hermanos; uno de ellos, el mayor, padre de tres hijos, en severo peligro: fue militar -"soldier", dice la hermana- en el desintegrado ejército regular.

"My family is in danger", clama Khatera. "My family need the money", añade para explicar por qué tiene prisa por trabajar. "And I need my family", concluye con voz entristecida. "Yo estaba muy feliz cuando llegué a España, y soy feliz aquí -dice agradecida-, pero necesito a mi familia", repite. El problema es que para viajar a Mallorca y empezar a rehacer la vida precisa de un permiso gubernamental, que a su vez depende de que haya sitio, alojamiento, en una isla con muchos refugiados.

La fiscala afgana Khatera Safi, en el gimnasio donde suele entrenar.

El caso de Khatera no es único, pero Dice Mad Aidar que tampoco se ha de generalizar. Transcurrido un año de estancia en España, o algo más para los que fueron saliendo antes de Afganistán, "hay gente a la que no le va mal, familias que ya tienen su propio trabajo y están contentas", explica.

Dice este catalizador de la colonia afgana en España que la vía de empleo más común es la del comercio, "sobre todo si pueden importar muebles de madera maciza y alfombras y objetos de decoración de India". Él mismo lo hizo antes de dedicarse a la construcción, su actual medio de vida.

Han coincidido los dos, una de Getafe y el otro en Denia, en acabar sus entrevistas con este diario lamentando una arista terrible de la actual realidad afgana: "Los talibanes han cerrado todas las escuelas a las niñas mayores de 12 años", relata ella. "Los gobierno occidentales deberían hacer algo más para obligar a los talibanes a dejar a las niñas que estudien, que se hagan un futuro", implora él.

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