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Guerra en Ucrania

Ucranianas bajo las bombas

Sus vidas cambiaron de un día para otro. La mayoría las mujeres que siguen en Ucrania pese a la guerra no quieren renunciar ni a sus familias ni a los esfuerzos que han hecho los últimos años. Lamentablemente, algunas se han convertido en botín de guerra para los soldados rusos

Maria Adveeva, investigadora de Járkov, que se ha quedado en su ciudad para documentar la guerra. Irene Savio

Maria Adveeva lleva dos meses bajo las bombas. Es el tiempo que suma la guerra en su ciudad y en Ucrania. De la localidad en la que nació, Járkov, esta investigadora especializada en Comunicación no se ha querido ir. Al revés. Con el estallido del conflicto, Adveeva tomó la decisión de salir todos los días a la calle y escribir un diario para documentar las atrocidades del enfrentamiento. Busca también indicios de crímenes de guerra y preservar las pruebas que demuestran la devastación que sufre su país.

Adveeva lo explica sin diplomacia y sin los matices que solo los tiempos de paz permiten. "Entiendo que ahora muchas personas corren peligro de vida y lo mío es solo un granito de arena", afirma. "Mi objetivo es que la comunidad internacional nos escuche, obtener más ayuda para Ucrania, también más armas. Tenemos que ganar la guerra", detalla.

Muchas ucranianas han tomado la difícil decisión de irse del país desde el comienzo del conflicto iniciado en Ucrania por el presidente ruso, Vladímir Putin. Ellas son hoy la gran mayoría -junto a los niños y ancianos- de los más de 5 millones de desplazados contabilizados por la agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), lo que se debe a que el Gobierno ucraniano prohíbe a los hombres en edad laboral de salir del país.

Sin embargo, muchas mujeres también se han quedado en el país, incluso en las zonas del este más afectado por el conflicto bélico. Lo han hecho precisamente para evitar dejar atrás a sus esposos, padres, hijos o nietos, o porque, después de una vida de esfuerzos, rehúsan abandonar sus casas. Como Tatiana, una mujer de 60 años de Zaporiyia que da vuelta al paradigma. "Esta guerra es terrible, pero yo el infierno ya lo he vivido con la muerte de mi hija que enfermó de cáncer y murió en tres meses", explica.

Tatiana, una mujer de 60 años de Zaporiyia, con su nieto Yaroslav.

Tatiana, una mujer de 60 años de Zaporiyia, con su nieto Yaroslav. Irene Savio

Paradójicamente no es la única que piensa así. Eso mismo también dice Svitlana, que tampoco se quiere ir de su ciudad y que se ha entregado a su fe ortodoxa, la religión de la mayoría en Ucrania. "Tengo fe en que Dios nos protegerá que ningún misil caerá en nuestra tierra, que la virgen de Pokrov nos ha cubierto con su manto y estaremos a salvo", sostiene esta profesora en un colegio de Zaporiyia, ciudad ubicada a pocos kilómetros de las tropas de Moscú.

Un precio demasiado alto

La decisión, en las zonas ocupadas por las fuerzas rusas, ha supuesto un precio muy alto para algunas. Decenas de mujeres, algunas muy jóvenes, se han transformado en botín de guerra. Así se puso de manifiesto hace unas semanas semanas con la retirada de las tropas rusas de los alrededores de Kiev. Allí se han encontrado decenas de cuerpos de mujeres asesinadas -algunas de maneras inenarrables-, con signos de evidentes signos de violencia sexual. Una situación que aún está bajo investigación de los fiscales ucranianos e internacionales.

De hecho, de acuerdo con cifras de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, más de 700 civiles mujeres (de un total de 2.500 víctimas) perdieron su vida por bombardeos o fuego de artillería desde el inicio de la guerra en febrero. Sin embargo la cifra es una estimación a la baja pues en las zonas ocupadas por las fuerzas rusas -por ejemplo, en Mariupol, Izium, o Lugansk- los investigaciones no tienen un acceso pleno a la información.

La guerra se cobró la vida, por ejemplo, de la sargento Olena Kushmir, una doctora símbolo de la resistencia ucraniana que que socorría a soldados, tras alistarse como voluntaria, junto con otras mujeres, en el intento de defender Mariúpol, la martirizada ciudad portuaria del sur de Ucrania desde hace una semana bajo control ruso. La muerte de la doctora Kushmir conmocionó a Ucrania, también por sus crudas palabras al mundo en el comienzo de la guerra. "No tengan lástima por mí, soy médica, luchadora y ucraniana, cumplo con mi deber", había dicho.

Como ella, otras ucranianas han optado por abandonar sus vidas anteriores y estar en la primera línea. No solo como milicianas, policías o soldados -que también hay, aunque sean minoría frente a los números más significativos de los hombres—, sino también como voluntarias de grupos con tareas de logística y reparto de alimentos y medicamentos. Una tarea a menudo nada fácil en tiempos en los que la ayuda humanitaria también tiene que lidiar con la burocracia de la guerra y con funcionarios no siempre libres de la sospecha de corrupción. "Tengo 24 horas y quiero ayudar a todo el que pueda", respondía a esta periodista hace días Lia, integrante de las fuerzas de defensa territoriales, un grupo de civiles armados que cooperan con el Gobierno ucraniano en tareas de retaguardia.

El parte del día

De igual manera, en la guerra de Ucrania, también ha habido algunas mujeres que han despuntado por su afiliación o sus cargos políticos, como Iryna Vereshchuk, viceprimera ministra de Ucrania y ministra de los territorios ocupados por Rusia. Licenciada en Derecho y voz muy crítica con Putin ya desde antes de la guerra, Vereshchuk aparece regularmente en la televisión ucraniana para dar el parte bélico del día y es considerada una de las principales estrategas del Gobierno ucraniano.

La fiscal general de Ucrania, Iryna Venediktova, es otro caso. Su nombre se ha popularizado a medida de que el país ha empezado a clamar que Rusia está cometiendo crímenes de guerra en Ucrania, una tarea que implica una larga investigación judicial cuyo desenlace no está claro aún. Así y todo, como suele ocurrir, las mujeres también han sido grandes ausentes en el conflicto. Un ejemplo son los grupos de negociación para el proceso de paz entre Ucrania y Rusia, en el que la presencia femenina brilla por su escasez.

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