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Guerra en Ucrania

El trágala de Putin

Amparado en su arsenal nuclear y en la alianza estratégica con China, el autócrata ruso acompaña el incendio del polvorín ucraniano con inquietantes amenazas a los miembros bálticos de la OTAN

Putin, caracterizado de Hitler en una protesta este sábado en Tel Aviv. / Efe

Cuando en julio de 1820 el autócrata Fernando VII se vio obligado a jurar la Constitución de 1812, que él mismo derogara seis años antes, los liberales redoblaron el fervor con el que venían cantando a los 'serviles' una cancioncilla llamada 'Trágala'. La coplilla, difundida a raíz del pronunciamiento del general Riego el 1 de enero, se dirigía ahora contra el propio monarca (“trágala, perro”) y tuvo una larga vida. De hecho, su título acabó convirtiéndose en sinónimo de aceptación de un hecho por la fuerza. Doscientos dos años después, el autócrata Vladímir Putin, en abierta violación del derecho internacional y al amparo de su arsenal nuclear, está imponiendo a EE UU y la UE su propio e inquietante trágala: una invasión de Ucrania a gran escala, destinada hasta donde se columbra a aniquilar su máquina militar e instalar al frente de su Ejecutivo a un rusófilo sin mácula.

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El ataque es la respuesta al rechazo de EEUU a aceptar que Ucrania no entrará nunca en la OTAN, exclusión que la convertiría en uno de esos 'estados tampón', como Bélgica, tan apreciados en la diplomacia clásica. Moscú insiste en que, en 1997, la Rusia de Yeltsin y la OTAN firmaron un acuerdo que, según los observadores, “arrinconaba la Guerra Fría” al inscribir futuras ampliaciones de la Alianza en un marco de “relaciones mutuas de cooperación y seguridad”. Desde entonces han ingresado en la Alianza catorce países excomunistas, el último Macedonia del Norte en 2020. Moscú considera que su seguridad está en peligro.

Lo curioso de la trágica coyuntura actual es que casi ningún analista independiente intuyó el calado del movimiento de Putin, pese a la nutrida información sobre los movimientos de tropas rusas que divulgaban el Pentágono y otras fuentes occidentales. En un planeta donde las redes sociales centrifugan toneladas de intoxicaciones, fueron muchos quienes dieron por bueno que el líder del Kremlin, mentiroso pero nada farolero, afinaba una jugada que la propaganda occidental magnificaba a su vez mediante un juego maniqueo de buenos y malos. Una vez más el maniqueísmo, que no solo acampa en las redes, ha resultado nocivo: ocultó buena información, mezclada con intoxicaciones, bajo un mar de palabras destinado a excitar las vísceras.

Había razones para pensar que Putin preparaba un movimiento de alcance limitado: el que consumó el pasado lunes cuando reconoció la independencia de las repúblicas rusófilas del Donbás ucraniano y, acto seguido, desplegó tropas en esos territorios a petición de sus gobiernos. La toma de posiciones rusas de larga duración en Moldavia (Transnistria), Azerbaiyán (Alto Karabaj) o Georgia (Abjasia y Osetia del Sur) parecía el modelo a seguir. Fueron procesos ruidosos, en particular el surosetio, que desencadenó una breve guerra en 2008, pero sin la capacidad de desestabilización planetaria del ucraniano.

Bien es verdad que el caso de Ucrania tiene brillos peculiares, además de todas las justificaciones históricas que se le quieran colgar. El primero es geográfico: un enorme país de 600.000 kilómetros cuadrados, el segundo mayor de Europa, emplazado a las mismas puertas de Rusia y heredero de dos tercios de la salida al mar Negro que tenía la URSS. Cabe precisar que, tras la implosión soviética, Rusia ha quedado con una mínima fachada marítima en Europa: a ese tercio restante del mar Negro solo se suman la bahía abierta al Báltico en cuyo fondo se eleva San Petersburgo, y el pequeño enclave de Kaliningrado, calzado entre Lituania y Polonia. Las demás riberas rusas miran al Ártico o al Pacífico.

El segundo rasgo particular de Ucrania tiene que ver con su condición de última frontera. Son seis los países nacidos de la muerte de la URSS que se extienden entre Rusia y la antigua Europa oriental, cinco si se descuenta Moldavia, encajada entre Rumanía y Ucrania. Se trata, de norte a sur, de las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia, Lituania), miembros de la OTAN desde 2004; Bielorrusia, cuya íntima relación con Moscú se ha visto reforzada después de que Putin le salvara el cuello al autócrata Lukashenko en las revueltas populares de 2020, y Ucrania, un país partido en dos: en su mitad occidental predominan los hablantes de ucraniano, mientras que en la oriental son mayoría los rusoparlantes. Como consecuencia, las luchas entre prorrusos y prooccidentales han marcado su vida desde la independencia de 1991. Y en el centro de esa lucha ha estado un posible ingreso en la OTAN y en la UE que despojaría a Ucrania de la neutralidad.

Por solo poner el ejemplo más sonoro, a finales de 2013, en el último segundo y por presiones de Putin, se anuló la firma del acuerdo de asociación con la UE. El paso atrás desencadenó la revuelta del Maidán, el derrocamiento del presidente rusófilo Yanukóvich en 2014 y la doble respuesta de Putin: la ocupación de la península de Crimea –donde Rusia tiene las bases de su flota mediterránea, que hasta entonces alquilaba a Kiev–, y la insurrección rusófila del Donbás. El alzamiento, armado y dirigido por Moscú, se plasmó en las dos pequeñas repúblicas secesionistas reconocidas por Putin el pasado lunes, nacidas sobre una guerra con 14.000 muertos que entró en estado de latencia tras los acuerdos de Minsk II (2015). Siempre en parte incumplidos pero siempre suficientes para limitar las rupturas de un frágil alto el fuego.

En política, como en la magia de proximidad, es importante desviar la atención del principal objeto trucado. De ahí que la clave del actual embrollo no sea el Donbás sino Crimea, cuya ocupación en 2014 generó una degradación de las relaciones entre Rusia y EEUU sin precedentes desde la caída del Muro. Comenzaron las sanciones, respondidas con los primeros grandes ciberataques, y desde 2015 se intensificó la presencia de Rusia en Siria, contraria a los intereses de EE UU. Luego, por solo citar algún episodio, llegó la chusca historia del apoyo de Putin a Trump contra Clinton y de Trump a Putin contra el 'establishment' estadounidense. Todo ello sobre un viejo fondo de desestabilización mutua, que hunde sus raíces en la Guerra Fría y cuyos mejores exponentes son el crucial papel de Moscú en la vertebración de la ultraderecha a ambos lados del Atlántico y la presencia de agitadores profesionales vinculados a Washington en todos los países excomunistas que han conocido revoluciones “de colores”.

La sombra de Trump no solo es grotesca, también es alargada. Así que, apenas hubo dejado la Casa Blanca, en enero de 2021, Putin comenzó a desplegar tropas en Crimea y en las fronteras con Ucrania. En agosto, mientras el público criticaba la retirada estadounidense de Afganistán, caótica como todas, la OTAN y 46 países constituyeron la Plataforma de Crimea para forzar su devolución. Fue en una cumbre en la que el “número dos” de la Alianza prometió la futura integración de Ucrania, y también de Georgia, enemiga acérrima de Moscú enclavada entre Rusia y Turquía. La frontera de la OTAN besaría así a la rusa no solo por el oeste sino también por el sur. Lo que vino después está en los telediarios.

En los mensajes de Putin de estos días hay dos elementos tan inquietantes como la propia invasión. El primero son las amenazas dirigidas a los socios bálticos de la OTAN, cuya población rusófona sufre privaciones de derechos civiles. Por si acaso, la Alianza ya está desplegando su Fuerza de respuesta en Europa Oriental. El segundo es el empleo de la expresión 'imperio del mal', que inevitablemente recuerda al 'eje del mal' con el que Bush justificó tras el 11-S la arbitraria invasión de Irak en 2003. El 'señor del Kremlin' ha exhibido siempre su voluntad de recuperar, por pactos o a tiros, el territorio que fuera soviético. Pero los países bálticos son intocables, a menos que la OTAN quiera armar las tablas de su propio ataúd, por lo que un ataque no podría resolverse con sanciones. Cumple, pues, esperar que 20 años de autocracia no hayan sumido a Putin en una alienada espiral que le haga sentirse intocable. Hubo quien, tras remilitarizar la Renania fronteriza con Francia y anexionarse Austria, Bohemia y Moravia, no sospechaba que la invasión de Polonia iba a desatar la guerra que lo llevaría al suicidio en un búnker berlinés.

Putin no solo se siente fuerte por su arsenal nuclear sino también porque sabe que, aunque las 'masivas' sanciones de EEUU y la UE dañarán mucho a la economía rusa, también dificultarán la recuperación pospandemia en Occidente, justo cuando Europa se verá gravada con un nuevo flujo de refugiados. Los castigos no alcanzan, por otra parte, a los imprescindibles productos energéticos, principal fuente de ingresos del país y de la pirámide de oligarcas que culmina en el Kremlin. Moscú cuenta, además, con Pekín para paliar los inevitables daños derivados de la exclusión parcial de Rusia del sistema financiero, así como para apretarle al enemigo el grifo del gas, el que genera la carestía eléctrica. Diez años de intensos contactos con Xi Jinping acaban de culminar en el documento que oficializa una ya vieja alianza estratégica, aunque la cúpula de Pekín, que no condena pero llama a la diplomacia, parece dividida ante la conveniencia del conflicto. Porque, obviamente, el marco global de esta guerra no es otro que la compleja lucha por la hegemonía mundial que, ante la momificada faz de Europa, libran EEUU y una ascendente China en cuyo horizonte de deseos figura engullir Taiwán sin chocar frontalmente con Washington.

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