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La situación en la capital ucraniana

Kiev no se rinde

El ayuntamiento fija un estricto toque de queda a partir de las cinco de la tarde en una ciudad consumida por la tensión y los nervios

Kiev no se rinde.

Kiev amaneció el sábado con miembros del Ejército ucraniano y civiles armados patrullando por la calles, tras otra noche llena de pánico y rumores, disparos y estallidos que volvieron a paralizar la ciudad y que se extendieron a lo largo de la jornada. En el tercer día de guerra, el conflicto en la capital de Ucrania se transformó en una guerra urbana en la que los rusos intentaban apoderarse de enclaves estratégicos y el Ejército local resistía con fuerza y nerviosismo, en el intento de frustrar el asedio ruso.

Este aumento de la violencia pudo verse a media mañana en la plaza Mykhailivska, donde mientras un diputado de la Rada ucraniana, el nacionalista Sviatoslav Yurash, hablaba ante las cámaras empuñando un fusil Kalashnikov, una ráfaga de disparos interrumpió la escena. Se trataba de un grupo de militares ucranianos que perseguían a un hombre que, al verse rodeado y sin posibilidades de huida, se arrojó al suelo y dejó que los militares lo apresaran violentamente. Poco después, el grupo desapareció sin dejar rastro, y Yurash siguió dando sus declaraciones. "No pasarán", dijo entonces el jovencísimo diputado. "Los rusos se están acercando", añadió un miembro de las fuerzas de autodefensa. 

La calma, sin embargo, apenas se mantuvo unos minutos, pues enseguida se sucedió otro bombardeo y las sirenas antiaéreas volvieron a sonar, aunque -como ya había ocurrido en alguna ocasión- el sonido llegó con una singular demora. El hecho parecía aún más curioso por como había amanecido Kiev: una ciudad fantasma, con la práctica totalidad de las tiendas, restaurantes y supermercados cerrados. Milicianos y ancianas vagabundeaban alrededor de la plaza de la Independencia (Maidán). En el ambiente se percibe la huida de muchos de los 2,8 millones de habitantes de la ciudad en busca de lugares más seguros.

También ante la delegación de la región de Kiev, a pocos pasos de dos de las principales iglesias de la ciudad, había confusión. Militares y civiles estacionaban nerviosos y armados ante el edificio y sospechaban de todo extraño que pudiera pasar. "¡No provoquen! ¡No ayuden al enemigo!", llegó a gritar, amenazante, uno de ellos ante un grupo de periodistas que grababan en las cercanías. 

En los suburbios, de este municipio de 800 kilómetros cuadrados (un tercio más que la conurbación de Barcelona), los combates también fueron a ratos de cierta intensidad, si bien los recuentos fiables de víctimas son difíciles de hallar ante la falta de información veraz de los contendientes. Eso sí, un edificio residencial de la vía Lobanovsky (en honor al jugador y sempiterno entrenador del Dinamo de Kiev, Valeri) quedó visiblemente dañado en sus pisos superiores, que quedaron hecho trizas en un costado, por el impacto de un proyectil de gran calibre, posiblemente un misil o un cohete perdido.

Escenas también dramáticas fueron la de decenas de niños ocultándose apiñados en los refugios subterráneos, con los ojos perdidos, traumatizados por unas circunstancias que difícilmente podrán olvidar. Así como las imágenes de algunos recién nacidos, venidos al mundo en hospitales que ahora tienen que hacer frente a nuevas emergencias. 

En toda la ciudad, algunos ucranianos aprovecharon los momentos de distensión bélica para abastecerse de alimentos y otros productos que puedan ser útiles para los próximos días. Sin embargo, dentro y fuera de las poquísimas tiendas abiertas se crearon rápidamente colas, por la gran cantidad de clientes y la escasez de empleados que habían ido a trabajar. Y, aunque la mayoría mantuvo la calma, siempre hubo quien resultó sobrepasado por la situación y los nervios

Las prisas tenían un motivo: la decisión del Ayuntamiento de Kiev de imponer un toque de queda aún más rígido e informar que cualquier civil que lo viole será tratado como un "enemigo", o lo que es lo mismo: deambular por la calle entre las cinco de la tarde y las ocho de la mañana es poner en riesgo la vida.

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