Mientras duermes, mientras caminas, mientras trabajas, ves la televisión o lees estas líneas hay unos cinco litros de sangre recorriendo tu organismo sin detenerse ni un instante. Impulsados por el corazón, necesitan apenas un minuto para completar un viaje en el que transportan oxígeno hasta la última célula de tu cuerpo, distribuyen nutrientes y hormonas, retiran sustancias de desecho, movilizan las defensas allí donde hacen falta y ayudan a mantener estable tu temperatura corporal. Todo ello ocurre de forma continua, día y noche, sin que apenas seas consciente.
Esa sangre, en la que normalmente solo reparamos cuando la donamos, nos hacemos analítica o tenemos una herida o hemorragia, es mucho más que un líquido rojo que fluye por venas y arterias. Se trata de un tejido vivo extraordinariamente complejo del que depende el funcionamiento de prácticamente todos los órganos del cuerpo.
"La sangre es el único tejido líquido que tenemos y funciona como el sistema de reparto de todo el cuerpo", resume el doctor Antonio González Fernández, especialista del Servicio de Hematología y Hemoterapia del Hospital Quirónsalud Málaga. Si pudiera separarse en una centrifugadora, explica, aparecerían dos grandes componentes: por un lado, el plasma, un líquido amarillento formado principalmente por agua, proteínas y otras sustancias (hormonas, sales minerales y nutrientes); por otro, las células que viajan suspendidas en él: glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas.
La doctora Maricel Subirà, jefe del Servicio de Hematología y Hemoterapia de varios hospitales del Grupo Quirónsalud en Cataluña (Hospital Universitari Sagrat Cor, Hospital Quirónsalud del Vallés, Hospital Universitari El Pilar y Hospital Universitari General de Catalunya), recuerda que el plasma “representa aproximadamente el 55 % del volumen sanguíneo” y que cada uno de esos tres tipos de células desempeña una función específica: “los glóbulos rojos transportan el oxígeno, los leucocitos nos defienden frente a las infecciones y las plaquetas participan en la coagulación para detener las hemorragias”.
Transporte, defensa, coagulación y regulación
Si siguiéramos el recorrido de una sola gota de sangre por el organismo, descubriríamos cuántas tareas es capaz de realizar durante su viaje. La primera es el transporte. Esa gota sale de los pulmones cargada de oxígeno, atraviesa arterias y capilares para entregarlo a cada tejido, recoge dióxido de carbono y otros productos de desecho para conducirlos hasta los órganos encargados de eliminarlos y, al mismo tiempo, transporta hormonas, vitaminas, nutrientes e incluso medicamentos hasta el lugar donde deben actuar.
Pero ese viaje no termina ahí. Mientras circula, la sangre también “patrulla el organismo” en busca de amenazas. Los glóbulos blancos, a modo de ejército, identifican virus, bacterias y otros microorganismos potencialmente peligrosos y coordinan la respuesta defensiva del sistema inmunitario. “Unos tipos de glóbulos blancos van directos a rodear al invasor y comérselo literalmente. Otros fabrican anticuerpos, como misiles diseñados a medida para neutralizar esa infección concreta”, explica el Dr. González Fernández. La Dra. Subirà añade que estos glóbulos blancos son capaces de recordar determinados microorganismos para responder con mayor rapidez si vuelven a entrar en contacto con ellos.
Cuando se produce una herida, entra en juego otro de sus componentes. Las plaquetas actúan como un auténtico equipo de emergencia: el especialista de Quirónsalud Málaga las compara con “parches rápidos” capaces de frenar una hemorragia y evitar una pérdida excesiva de sangre.
Y aún queda otra función menos conocida. La sangre participa en la regulación de la temperatura corporal, distribuyendo el calor por el organismo y modificando el flujo sanguíneo hacia la piel según las necesidades. Cuando hace calor, los vasos sanguíneos cutáneos se dilatan para favorecer la pérdida de temperatura; cuando hace frío, se contraen para conservarla. De este modo, ese viaje incesante contribuye también a mantener estable nuestro particular “termostato interno”, una de las funciones de la sangre que destaca el Dr. Héctor González Méndez, especialista del Servicio de Hematología y Hemoterapia en los hospitales Quirónsalud Tenerife y Quirónsalud Costa Adeje.
Cuando algo falla
Pero la sangre solo puede cumplir sus misiones si cada uno de sus elementos hace correctamente su trabajo.
Si disminuyen los glóbulos rojos o la hemoglobina que contienen, los tejidos reciben menos oxígeno y aparece la anemia. Se trata de “uno de los trastornos de la sangre más comunes, sobre todo en niños pequeños, mujeres con menstruación, embarazadas y ancianos”, explica el doctor José María Grasa Ullrich, jefe del Servicio de Hematología del Hospital Quirónsalud Zaragoza. Y aunque lo más frecuente es que se asocie a unos niveles bajos de hierro, “no todas las anemias tienen este origen y antes de tratarla debe identificarse su causa”, recuerda.
Si lo que disminuyen son los glóbulos blancos, “bajan las defensas y aumenta el riesgo de infecciones”, menciona el Dr. González Méndez. Otras alteraciones de las células sanguíneas pueden dar lugar a enfermedades más complejas, como las leucemias, los linfomas o el mieloma.
Y si el problema está en las plaquetas, “pueden aparecer sangrados o hematomas con facilidad”, explica la Dra. Subirà. En el extremo contrario, una coagulación excesiva puede favorecer la formación de trombos capaces de obstruir los vasos sanguíneos.
Porque en la sangre tan importante es que cada componente cumpla su cometido como que lo haga en la proporción adecuada. Y cuando ese equilibrio se rompe, el organismo suele enviar señales.
Las señales que envía la sangre
La sangre también sabe avisar cuando algo no va bien. A veces lo hace a través de síntomas relativamente comunes y que solemos atribuir al agotamiento o al ritmo de vida, pero que conviene consultar cuando aparecen de forma persistente o sin una causa clara.
El Dr. González Méndez señala entre las principales señales de alerta “el cansancio excesivo, la palidez, los mareos, la aparición frecuente de hematomas, los sangrados anormales, las infecciones repetidas o la dificultad para respirar”.
A ellas se suman otros síntomas menos habituales. El Dr. Grasa Ullrich menciona la fiebre sin explicación, la pérdida involuntaria de peso, la sudoración nocturna o el aumento persistente de los ganglios. “Son síntomas inespecíficos y no siempre significan una enfermedad de la sangre, pero justifican una valoración médica si persisten”, matiza.
Una fotografía del organismo
Para comprobar si todo está en orden, muchas veces basta con algo tan sencillo y habitual como una analítica de sangre. Una pequeña muestra puede proporcionar una enorme cantidad de información sobre lo que ocurre en nuestro organismo, incluso antes de que aparezcan síntomas evidentes.
“Una analítica es una mina de datos”, asegura el Dr. González Fernández. “El hemograma te cuenta cómo está la fábrica: te da el número exacto de células y te dice si te falta hierro. La bioquímica te chiva cómo están trabajando los filtros del cuerpo, es decir, el riñón y el hígado. También sirve para ver los niveles de azúcar, el colesterol, los triglicéridos y cómo va el tiroides. Te da una foto fija bastante buena de cómo estás por dentro”, detalla.
Sobre estos resultados, el Dr. Grasa Ullrich recuerda que “deben interpretarse siempre junto a los síntomas y antecedentes de cada persona”. Y tampoco existe una periodicidad válida para todo el mundo a la hora de realizarse una analítica. Como orientación general, la Dra. Subirà señala que, “en personas sanas, puede ser suficiente realizarla cada dos o tres años hasta los 40 y cada uno o dos años a partir de esa edad”. No obstante, la frecuencia debe individualizarse “en función de los antecedentes personales y familiares, la medicación, la presencia de enfermedades crónicas o determinados factores de riesgo, entre otras circunstancias”. “No es necesario solicitar analíticas frecuentes sin una razón clínica”, advierte el Dr. Grasa Ullrich.
Cómo cuidar nuestra sangre
Muchos de los parámetros que observamos en una analítica guardan relación, directa o indirectamente, con nuestros hábitos cotidianos. “Una dieta variada y equilibrada, por ejemplo, aporta hierro, vitamina B12, ácido fólico y proteínas, nutrientes necesarios para fabricar correctamente las células sanguíneas. Una alimentación rica en grasas saturadas y ultraprocesados puede aumentar el colesterol LDL y los triglicéridos, mientras que el pescado azul, los frutos secos y el aceite de oliva favorecen un perfil lipídico más saludable. Por su parte, “azúcares y carbohidratos refinados: pueden elevar la glucosa sanguínea y favorecer el desarrollo de diabetes”, señala la Dra. Subirà.
La hidratación también influye. Beber suficiente agua ayuda a mantener un volumen sanguíneo adecuado, mientras que la deshidratación puede concentrar temporalmente la sangre y alterar algunos parámetros de una analítica.
Otro hábito que juega a nuestro favor es practicar deporte. “Cuando te mueves, activas la circulación, el corazón bombea mejor y obligas al cuerpo a oxigenar mucho más rápido todos los rincones”, resume el Dr. González Fernández. La Dra. Subirà añade que el ejercicio “aumenta la sensibilidad a la insulina y ayuda a controlar la glucosa, mejora el perfil lipídico, favorece la salud de los vasos sanguíneos y contribuye al control del peso y de la inflamación asociada a la obesidad”. Eso sí, más no siempre significa mejor. Como advierte el Dr. Grasa Ullrich, “un entrenamiento muy intenso sin una recuperación y nutrición adecuadas puede favorecer determinados déficits, especialmente de hierro”.
En el lado contrario se encuentran hábitos como el tabaco, el consumo excesivo de alcohol o el sedentarismo, que pueden aumentar el riesgo de anemia, trombosis y enfermedades cardiovasculares. El Dr. González Méndez añade a esta lista la falta de sueño, junto con una dieta poco saludable, factores que también pueden repercutir negativamente en nuestra salud.
Dona sangre, salva vidas
Cuidar nuestra sangre es también cuidar nuestra salud. Pero esa misma sangre que viaja por nuestro organismo y nos mantiene con vida puede, además, resultar vital para otras personas. ¿Cómo? A través de la donación.
De los aproximadamente cinco litros de sangre que circulan por el cuerpo de un adulto, en una donación convencional se extraen alrededor de 450 mililitros. Una cantidad relativamente pequeña para el donante, pero imprescindible para atender transfusiones y numerosos procedimientos médicos y quirúrgicos. Y es que, pese a todos los avances de la medicina, la sangre no puede fabricarse artificialmente. Para disponer de ella cuando hace falta seguimos dependiendo de la solidaridad de los donantes.
¿Quién puede donar? En términos generales, “personas sanas entre 18 y 65 años —en algunos casos hasta los 70—, que pesen más de 50 kilos y cumplan los requisitos médicos establecidos”, explica el Dr. González Méndez. Y el grupo sanguíneo no es un impedimento: todos son necesarios, aunque el O negativo es considerado el donante universal, una especie de “comodín” al que se puede recurrir en situaciones de emergencia cuando no hay tiempo de comprobar el grupo del receptor. En cuanto a la frecuencia, “los hombres pueden hacerlo hasta cuatro veces al año y las mujeres hasta tres, dejando siempre un mínimo de dos meses entre una donación y la siguiente”.
Y frente a la creencia de que donar sangre hace engordar o debilita el organismo, los especialistas recuerdan que este se encarga de reponer lo perdido. “El líquido que pierdes lo recuperas bebiendo agua esa misma tarde y las células se reponen solas en pocos días”, aclara el especialista de Quirónsalud Málaga. También desmonta otro mito frecuente: tener un tatuaje no impide donar sangre; “solo tienes que esperar cuatro meses desde que te lo hiciste”.