Entrevista a Elena García Armada, CEO de Marsi Bionics

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Entrevista a Elena García Armada, CEO de Marsi Bionics

ENTREVISTA
Atala Martín
Elena García Armada, la mujer al frente de Marsi Bionics

“Cuando un niño se pone de pie, se enciende el mundo”

Hace unos años, un trágico accidente dejó a una niña tetrapléjica. Un accidente, por definición, es un suceso eventual que genera un resulta daño involuntario para una persona. Aquella persona era Daniela. Sus padres, inmunes al desaliento y buscando soluciones, dieron un paso insospechado cuando acudieron a la ingeniera, investigadora y emprendedora Elena García Armada, la mujer al frente de Marsi Bionics, spin-off del CSIC y la UPM que creó el primer exoesqueleto pediátrico con movilidad de 360º.

Elena García Armada, CEO de Marsi Bionics
Elena García Armada, CEO de Marsi Bionics.

Texto: Atala Martín

Hoy, Elena nos relata el camino —largo y lleno de barreras— que convierte la investigación pública en una herramienta clínica real; detalla los beneficios físicos, cognitivos y sociales que observan en los niños; y adelanta cómo EXPLORER quiere llevar el exoesqueleto al hogar para que forme parte de la rutina diaria. Una charla sobre ciencia, regulación, financiamiento, educación del ecosistema sanitario y la urgencia de equipos diversos para que la tecnología no deje a nadie atrás.



Marsi Bionics nace como spin-off del Centro de Automática y Robótica. ¿Qué supone convertir investigación puntera en un producto sanitario real?

Si, implica dos transferencias simultáneas. La primera, la puramente tecnológica: pasar de un prototipo de laboratorio a un producto industrializable, con procesos, calidad y seguridad de producto sanitario. La segunda, quizá más compleja, es social y clínica: introducir una herramienta nueva en un ecosistema —el sanitario— que ya funciona con protocolos establecidos. Eso exige formación, validación clínica, procedimientos y, sobre todo, aceptación por parte de médicos, terapeutas, gestores y reguladores. No basta con tener la tecnología: hay que enseñar a usarla, demostrar para qué pacientes es útil y en qué fase del tratamiento.

¿En qué se traduce esa “educación del ecosistema”?

En que, además de diseñar y fabricar, hay que acompañar. Hablamos de guías de uso clínico, criterios de indicación, métricas de seguimiento y resultados comunicables para que los equipos asistenciales sepan qué esperar y cómo integrarlo en sus rutinas. Es crear una necesidad explícita allí donde la necesidad existía de forma implícita: familias y médicos buscaban una herramienta para que niños sin control de tronco o cuello pudieran ponerse de pie y caminar, porque caminar es la mejor terapia para su salud física y, también, para su bienestar emocional.

Llévenos al origen. Antes del exoesqueleto pediátrico, ¿qué investigaban exactamente?

Trabajábamos en locomoción robótica basada en piernas con enfoque biomimético: comprender cómo el músculo humano regula su rigidez y su respuesta para adaptarse al terreno —no caminamos igual sobre cemento que sobre arena— y trasladar esa versatilidad a robots bípedos y cuadrúpedos. Esa base nos permitió imaginar actuadores “elásticos” capaces de imitar la respuesta del músculo y, por tanto, de adaptarse a variaciones muy complejas… justo las que vemos en pediatría neurológica.

¿Cuándo se cruza la pediatría en el camino?

Con Daniela, una niña con tetraplejia cuyo caso nos presentó su familia. Existían exoesqueletos para adultos —sobre todo lesión medular—, pero no para niños y menos aún para afectaciones cervicales con falta de control de tronco y brazos. Además, en la infancia hay muchas patologías neurológicas y neuromusculares que, sumadas, representan a millones de niños en silla de ruedas. Aunque cada una sea “poco frecuente”, el conjunto es clínicamente muy relevante. Ahí entendimos que desde lo público debíamos evitar una brecha tecnológica.

¿Qué diferencia a vuestro exoesqueleto del enfoque clásico?

Nuestra tecnología elástica que imita el músculo. No es un detalle de ingeniería: es lo que permite acompasarse a espasticidad, movimientos involuntarios o deformidades articulares (columna, caderas…) frecuentes en estos niños. Esa capacidad de adaptación es crítica para una marcha segura, eficiente y terapéutica.

¿Cuándo llegó el primer gran hito?

En 2013: probamos el primer prototipo con Daniela. El vídeo se hizo viral y, de repente, llegaron médicos y familias de todo el mundo preguntando por la tecnología. Eso confirmó la demanda latente y nos empujó a industrializar.

Industrializar un prototipo suena a montaña. ¿Cómo fue?

Es una montaña: patentes, normativa sanitaria, ensayos, trazabilidad, calidad, equipo multidisciplinar altamente cualificado… y financiación. En 2013, el ecosistema emprendedor en España apenas existía, y menos el de impacto social. Levantar inversión llevó tiempo, y el tiempo en salud significa que algunos pacientes crecen o cambian de indicación antes de que la solución esté lista.

Hablemos de resultados. En clínica, ¿qué beneficios observan?

Concebimos la herramienta para mantenimiento funcional, pero la realidad nos sorprendió: en un mes muchos niños duplican fuerza, recuperan rango articular y desciende de forma muy notable la espasticidad. Además, está el cambio cualitativo: ponerse de pie desencadena un despertar cognitivo y social. El niño se siente capaz, juega, participa, interactúa; mejora su comunicación, su energía en casa, su rendimiento escolar y su autoestima. En suma: neurorehabilitación aprovechando la plasticidad cerebral de la infancia. Eso mejora la calidad de vida de toda la familia.

¿Qué pasó con Daniela, la niña que lo inició todo?

Es nuestra espinita. Llegó a talla adulta antes de que certificáramos el dispositivo pediátrico. Aunque existen exoesqueletos para adultos con lesión medular, no están indicados para deformidades como las suyas. Daniela sigue en silla de ruedas, muy cerca de nuestro equipo —una sala lleva su nombre— y nuestro deseo es alcanzarla con futuras evoluciones.

Si miramos hacia delante, ¿cómo visualiza el uso cotidiano en casa?

Con EXPLORER. Queremos que, igual que un niño se viste cada mañana, pueda “vestirse” el exoesqueleto para lavarse las manos, coger su merienda, salir de casa, ir al cole, escribir en la pizarra y jugar en el patio de pie, con sus compañeros. Es tecnología lista para hogar y vida diaria, con un lanzamiento cercano. Lo que venga después dependerá de su implantación y democratización.

Democratizar significa precio. ¿Cómo evitar que dependa del nivel adquisitivo?

Hoy es una tecnología cara por múltiples factores. Trabajamos para que el bolsillo no decida: instrumentos financieros, apoyo institucional y escala de uso para bajar costes. Cuanto más se use, más asequible será. Ese es nuestro compromiso.

En género y talento, usted es clara: hacen falta más mujeres “donde se diseña”. ¿Qué mensaje les da a las jóvenes?

Que son imprescindibles en las ingenierías que diseñan tecnología: mecánica, electrónica, automática/control y software. A veces no se entiende para qué sirven y eso desanima. Pero de ahí salen dispositivos como los exoesqueletos. Si no estamos, el progreso será sesgado: ya hoy, la mayoría de empresas del sector se orientan a industria, defensa o adultos, y muy pocas a pediatría. Los equipos deben ser mixtos y diversos (género, edad, cultura) para que la tecnología llegue a todos.

¿Un momento que resuma el sentido de todo este viaje?

El abrazo de las madres. La sonrisa del niño nos ilumina; el abrazo de su madre te atraviesa y te recuerda por qué hacemos esto.

¿Y la inteligencia artificial? ¿Qué papel jugará?

Clave, si se usa con propósito. Permitirá personalizar terapias con datos reales de muchos pacientes, más allá de la muestra limitada de un ensayo. Eso ayudará a decidir qué intervención necesita cada niño en cada momento. Mi deseo es que la tecnología reduzca desigualdades, no que las amplifique.

Una última imagen de futuro.

Mi sueño es sencillo y enorme: que cada niño que lo necesite pueda ponerse de pie en su casa, caminar, jugar y vivir de pie su infancia. Ese día, habrá merecido la pena.

En el mundo, 17 millones de niños no pueden andar debido a distintas afectaciones neurológicas. Esta limitación, más allá de impedir actividades cotidianas, compromete gravemente su calidad y esperanza de vida. Para transformar esta realidad, Elena García Armada y su equipo en Marsi Bionics, en alianza público-privada con el Centro de Automática y Robótica del CSIC, han creado el primer exoesqueleto pediátrico del mundo: Atlas 2030. Este dispositivo pionero coloca al niño en posición erguida y le permite caminar gracias a 8 articulaciones biomiméticas que imitan el funcionamiento natural de los músculos. Su elasticidad permite adaptarse a cada condición muscular, abriendo un nuevo paradigma en la rehabilitación de patologías neuromusculares infantiles. Más que una innovación tecnológica, Atlas 2030 es una puerta a la conexión, la autonomía y la esperanza.