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Ciencia

La astrofísica española empezó con la Luna tapando al Sol: la historia detrás del último gran eclipse total que vivió Canarias en 1959

Canarias vivió en 1959 su último gran eclipse total de Sol, lo que obligó al Gobierno de España a dar el visto bueno a una prospección astronómica en el Teide. El germen de la astrofísica en España.

Recorte de prensa del eclipse de 1959 en El Día

Recorte de prensa del eclipse de 1959 en El Día / El Día

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Verónica Pavés

Verónica Pavés

Santa Cruz de Tenerife

A las 11 horas, 42 minutos y 10 segundos del 2 de octubre de 1959, el radiante Sol que empezaba a calentar las playas de arena negra de Canarias, desapareció tras la Luna. Fue en ese preciso instante cuando miles de canarios y decenas de reputados científicos españoles y extranjeros compartieron un momento que quedó grabado en la memoria colectiva de Canarias y que durante 60 años no se ha vuelto a repetir. Canarias tuvo la posibilidad de contemplar un eclipse solar en todo su esplendor pero el tan esperado fenómeno astronómico fue mucho más, pues se convirtió el inusitado germen que dio forma a la astrofísica española.

En los años 50, aún bajo la sombra del Franquismo, Canarias empezaba a florecer turísticamente, pero se encontraba –como el resto del territorio español– en las antípodas de la ciencia. "Los catedráticos hacían muy poco o nada de investigación, pero eran semidioses", recordaba Francisco Sánchez, alma mater del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), en su novela autobiográfica 'Soñando estrellas'. Mientras en España la ciencia estaba "hundida", en el resto del mundo, la II Guerra Mundial había impulsado un salto cualitativo en la tecnología científica.

En busca del cielo perfecto

Y fue entonces cuando se abrió un nuevo dilema. Los observatorios tradicionales –a menudo dentro de ciudades– no reunían las condiciones para garantizar que los instrumentos funcionaran con la mayor precisión posible. "Los nuevos telescopios requerían estar emplazados en lugares muy especiales, con atmósferas despejadas, transparentes y poco turbulentas", narra Sánchez.

Los estrellados cielos del Teide, que iba a ser uno de los lugares desde los que se podría observar el siguiente eclipse, ya había emocionado a diversos científicos a lo largo de la historia y aquel evento astronómico era una oportunidad para volver a demostrar su potencial científico.

Para contemplar aquel evento, a las Islas llegaron en poco tiempo decenas de reputados científicos ingleses, norteamericanos, holandeses, españoles y alemanes con sus propios instrumentos. Era algo habitual en la época. Como no era tan fácil estudiar la corona solar, los astrónomos debían viajar a los rincones más remotos del planeta para estudiar la corona solar durante los escasos minutos que durara un eclipse. Llegaron, en concreto, a tres islas: Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura. Y se colocaron en los mejores lugares para observar el fenómeno: La Orotava, Santa Úrsula, La Victoria, La Matanza, Tegueste, La Laguna, Santa Cruz de Tenerife, el Rosario y Arafo en Tenerife, Las Palmas Santa Brígida, Ingenio, Telde y San Bartolomé de Tirajana en Gran Canaria y la zona de Jandía en Fuerteventura.

Un recuerdo a las misiones históricas

Aquel despliege de medios humanos y materiales recordaba a las históricas misiones científicas que en los siglos XVIII y XIX habían recalado en las Islas para estudiar sus singulares ecosistemas, geología y también sus cielos. De hecho, apenas un siglo antes, el británico Charles Piazzi Smyth, auspiciado por las teorías de Newton, viajó hasta las cumbres de Tenerife para llevar a cabo la propia expedición científica astronómica en alta montaña. Piazzi fue uno de los primeros en realizar observaciones astronómicas desde gran altitud, demostrando sus ventajas y sentando las bases de los observatorios modernos que se instalarían en el siglo XX.

Medios como El Día recogieron la expectación que generaba el fenómeno y también describieron cómo cierta curiosidad cómo eran los tiempos libres de ese trabajo. "Las tareas continúan, aunque los científicos se hayan tomado unos días de descanso en que da gusto ver como se divierten. La piel de los norteamericanos, en particular, va adquiriendo la canela tonalidad del tostado al Sol. Al pie de la montaña del campamento, se abre una hermosa playa de arenas blancas y finas, que hacen las delicias de estos jóvenes con más apariencia de deportistas que de ingenieros eléctricos, físicos solares o astrónomos", relata un artículo publicado días después en El Día.

Pero el punto culmen de aquella intensa cobertura ocurrió cuando en el aeropuerto de Los Rodeos, ahora Tenerife Norte, aterrizó un avión de combate F 101 B norteamericano. La idea es que este avión volara dentro de la línea de totalidad siguiendo la sombra lunar para así alargar la visión del sol eclipsado unos minutos más.

El inicio de la astrofísica

Pero si algo fue importante de aquel evento es que revivió una vieja idea del astrónomo Jean Mascart, quien ya en 1910 había propuesto un observatorio astronómico en los altos de Guajara, en Tenerife. Gracias al eclipse, figuras clave de la ciencia española como José María Torroja, catedrático de Astronomía y Geodesia de la Universidad Complutense de Madrid, y el padre Antonio Romaña, director del Observatorio jesuita del Ebro, lograron –tras varios años de insistencia– que el Gobierno franquista, a través del Ministerio de Educación Nacional, creara (sobre el papel) el Observatorio del Teide, dependiente de la Universidad de La Laguna.

Tan solo un año después, se le encomendaría una tarea clave un jovencísimo recién licenciado Francisco Sánchez: la prospección astronómica del Teide. "Me propusieron pasar dos años junto al Teide, a 2.400 metros de altitud, haciendo medidas para determinar si las cumbres de Tenerife reunían las condiciones para instalar un observatorio astronómico", narra en sus memorias. La encomienda, recuerda, era "confusa", pues "ni se sabía en qué consistía exactamente lo qeu debía hacer, ni qué futuro tendría un observatorio que solo existía en el Boletín Oficial del Estado". Pero Sánchez no solo logró desentrañar este misterio, sino que consiguió demostrar que, efectivamente, el cielo de Canarias era un tesoro científico de primer nivel.

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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas

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