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Opinión

El idioma como realidad estratégica

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El idioma como realidad estratégica / La Provincia

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Moisés Ruiz

Experto en Liderazgo y Comunicación de la Universidad Europea

Dos son las acepciones que definen la palabra idioma según nuestros académicos de la lengua. La más usual es la que la refiere como lengua de un pueblo o nación. La más familiar sitúa el término en modos particulares que identifican un grupo o institución. Este trato académico viene a significar que idioma es mucho más que una simple construcción lingüística para identificar nacionalidades. Es una herramienta para construir realidades que, a su vez, transmiten perfiles culturales identitarios. También es un vehículo de comunicación de entendimiento y de cercanía que proporciona unidad. La identidad comunicativa a través del uso del mismo idioma constituye una herramienta de construcción social, económica y política.

A lo largo de la historia, la lengua ha soldado identidades comunes y ha sido el vínculo por el cual una persona se siente cercana a una realidad nacional. La nación se construye desde el idioma. No es que los imperios hayan abocado su final por culpa de la destrucción idiomática, sino que las diferencias lingüísticas sí han contribuido a debilitar algunos grandes estados cuando se combinaron con problemas políticos, económicos o militares. Por ejemplo, el imperio austrohúngaro daba cobijo a varios idiomas -alemán, italiano, serbio, polaco-. La diversidad lingüística dificultaba la administración y alimentaba movimientos nacionalistas. En la Unión Soviética, el ruso era el idioma predominante, sin embargo, las repúblicas mantenían sus lenguas locales. Este hecho no fue determinante en su desaparición ya que en estas lides fue más concluyente la economía, pero sí tuvo influencia. De hecho cuando desapareció definitivamente la realidad soviética, las entidades locales desarrollaron con premura su respectiva lengua marginando al ruso. Fue una reacción instantánea que representa las ansías de recuperar su identidad y a partir de ella crecer estructuralmente.

En plena tercera década del siglo XXI, el idioma se ha globalizado y ha adquirido especial importancia en la difusión de conocimiento, de mercados y de identidades colectivas. Hoy es un factor excluyente para acceder a determinados puestos de trabajo, obtener oportunidades de crecimiento o ejercer influencia en el escenario internacional. Aún así, la seña cultural de identidad en algunas comunidades sigue estando en la defensa de su lengua como propósito de orgullo social. Si el idioma existe, la comunidad a la que pertenece se mantiene viva. Las grandes lenguas conviven con las minoritarias y esto es una muestra saludable de aceptabilidad democrática y respeto cultural.

Las naciones poderosas se alzan en la realidad plurilingüística siempre que el respeto y la aceptación sea la correa transmisora de la convivencia social. España es un buen ejemplo de ello, y así debemos seguir si queremos fortalecer la sustantividad nacional. La gran lengua castellana tiende la mano a las hermanas locales y ambas suman y construyen el enriquecimiento cultural que proporciona diferencia y orgullo. Nuestro idioma recibe inputs culturales de la propia nación que lo alberga y de otras naciones que lo adoptaron. Desde el punto de vista geopolítico supone un alivio competitivo para el comercio y la política. Al ser un idioma materno y no aprehendido, la realidad que representa en extensión geográfica hace más poderosa su determinación territorial y política.

Desde una perspectiva social, el idioma es el principal elemento que permite la interacción entre las personas. Transmite ideas, emociones, valores y normas que hacen posible la convivencia. Hablar una misma lengua facilita la integración dentro de una comunidad y fortalece el sentido de pertenencia. Sin embargo, el idioma también puede convertirse en un mecanismo de exclusión cuando ciertos grupos lingüísticos son discriminados o cuando el dominio de una lengua determinada condiciona el acceso a la educación, el empleo o la participación política. En muchas sociedades, quienes dominan idiomas de prestigio, como el inglés, disfrutan de mayores oportunidades laborales y académicas que quienes solo hablan lenguas locales o minoritarias. Sería entendible que la tecnología avanzara en la inclusión favoreciendo a las personas que se sienten excluidas cuando se encuentran en escenarios de idiomas ajenos a su conocimiento.

En el aspecto cultual, las lenguas son instrumentos de difusión. El éxito internacional de las artes y los hechos digitales dependen, en gran medida, del idioma en que se producen sus contenidos. La expansión del inglés ha permitido que la cultura anglosajona alcance una enorme presencia mundial. Del mismo modo, el crecimiento del español ha favorecido la circulación de obras literarias, producciones audiovisuales y expresiones artísticas que enriquecen el intercambio cultural entre países de América y Europa.

Desde el punto de vista económico, el idioma constituye un activo estratégico. Compartir una misma lengua reduce barreras en la negociación, facilita la confianza entre socios comerciales y agiliza la circulación de bienes, servicios e información. Las empresas multinacionales suelen priorizar mercados donde pueden comunicarse de manera eficiente con clientes y proveedores. Asimismo, el dominio de idiomas extranjeros incrementa la competitividad de los trabajadores, quienes pueden acceder a empleos mejor remunerados y participar en proyectos internacionales.

A su vez es un factor corrector en la economía del conocimiento debido a que buena parte de la producción científica, tecnológica y académica se publica en inglés, lo que convierte su aprendizaje en una ventaja competitiva para investigadores, profesionales y estudiantes y reduce bastante las oportunidades para quienes no son dueños de sus constructos lingüísticos.

En el ámbito geopolítico, el idioma funciona como un instrumento de influencia internacional. Los estados no solo proyectan su poder mediante recursos militares o económicos, sino también a través de su capacidad para difundir su lengua, su cultura y sus valores. En este sentido, la expansión global del inglés refleja, en buena medida, la influencia política, económica y cultural que ejerce Estados Unidos.

China está frenando su dominio internacional por tener un idioma de enorme dificultad de aprendizaje y poco dominador en la escena cultural internacional. No consigue opacar al inglés con lo que apremia a buscar otros modelos de fortaleza para seguir influyendo en el ordenamiento geopolítico. En este sentido, el español ocupa una posición privilegiada como una de las lenguas más habladas del mundo y con una creciente presencia en los negocios, la educación, la diplomacia y el entorno digital.

Las nuevas tecnologías de traducción automática amenazan la posición privilegiada de un idioma porque permiten reducir las barreras del lenguaje. A pesar de los avances, la presencia de un idioma va más allá de una simple traducción, avanzar hacia la comunicación eficaz es tener presente que el idioma va más allá de la palabra, y anida en la interpretación de los contextos; un idioma proporciona culturalmente una forma de pensar.

El futuro del idioma encuentra el poder de la influencia como factor decisivo en la construcción de las sociedades y el desarrollo de las relaciones internacionales. Un idioma, además de un vehículo de comunicación, es un valor estratégico para fortalecer realidades.

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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas

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