Pensar más allá del calor
Pensar los refugios climáticos como infraestructura frente a varios riesgos, y no solo contra el calor extremo

Pensar más allá del calor
Dominic Royé
Cuando pensamos en un refugio climático, la imagen que viene a la cabeza es casi siempre la misma: una sala fresca donde resguardarse de una ola de calor. Es una imagen correcta, pero incompleta. En Canarias, donde conviven desde hace años las calimas, los temporales atlánticos, las sequías prolongadas y los episodios de lluvia torrencial que colapsan barrancos y carreteras, reducir estos espacios a la lucha contra el calor extremo es desaprovechar buena parte de su potencial.
España se ha convertido en una referencia internacional en la creación de redes de refugios climáticos, un modelo que arrancó en Barcelona y hoy inspira experiencias en Argentina, Brasil o el Reino Unido. El verano de 2025, el más cálido registrado en el país y el segundo más mortífero por calor, con más de 15.000 fallecimientos asociados a las altas temperaturas, dejó claro que estos espacios ya no son una ocurrencia puntual, sino una pieza más de la planificación urbana. Pero el propio recorrido español, analizado recientemente en un comentario publicado en Nature Climate Change por un equipo con participación de investigadores de la Universidad de La Laguna, el CSIC, el Basque Centre for Climate Change y las universidades de Barcelona y Oberta de Catalunya, señala también los límites de un enfoque centrado solo en el calor y solo en el verano.
Canarias tiene ya su propia hoja de ruta: el Gobierno de Canarias aprobó en 2025 unas directrices para convertir zonas verdes en refugios climáticos, con una superficie mínima y criterios de proximidad a la población vulnerable. Es un paso valioso y bien orientado, que sitúa al archipiélago entre los primeros territorios españoles en abordar la cuestión de forma específica. Junto al análisis internacional citado, ese primer marco también apunta hacia dónde podría crecer: se centra sobre todo en espacios exteriores, y ganaría en solidez si se completara con orientaciones para los espacios interiores y para la gobernanza que sostiene una red en el tiempo. Ahí, a mi juicio, está el siguiente reto para el archipiélago.
Los espacios exteriores -una plaza arbolada, un parque con césped, una fuente- aportan un alivio real frente al calor: reducen la sensación térmica, ofrecen sombra, favorecen la ventilación. Pero la evidencia disponible es clara en un punto que Canarias no puede permitirse ignorar: cuando la temperatura del aire supera determinados umbrales de estrés por calor, ni la vegetación ni el agua bastan para garantizar una protección segura. Un jardín sombreado puede seguir por encima de los límites de confort en un episodio de calor extremo. Confiar exclusivamente en el verde urbano como refugio, sin monitorización en tiempo real de las condiciones, es ofrecer una falsa sensación de seguridad justo a quienes más la necesitan.
Conviene, además, no confundir un refugio climático con cualquier medida de adaptación al cambio climático. Ambas cosas pueden coincidir en un mismo espacio, pero no son lo mismo: plantar un árbol, o incluso tres, en una plaza no convierte ese lugar en un refugio climático si no ofrece una protección real y verificable frente al calor extremo. Tampoco cabe esperar milagros de soluciones sencillas, ni dar por hecho que una misma solución -una arboleda, un toldo, una fuente- funciona igual de bien en todos los lugares. Lo que basta en un microclima puede resultar insuficiente, o directamente inviable, a pocos kilómetros de distancia, y las medidas no siempre pueden aplicarse de forma uniforme en todo el territorio.
Los espacios interiores, por su parte, exigen otra cosa: cumplir estándares de confort térmico contrastados, garantizar agua potable, asientos, ventilación adecuada y condiciones dignas, sin masificación. Pero en Canarias hay un matiz que rara vez entra en este debate: los riesgos climáticos del archipiélago no se limitan al termómetro. Una calima intensa convierte el aire exterior en un problema respiratorio; un temporal obliga a buscar refugio no del calor, sino del viento y la lluvia; una sequía prolongada tensiona el propio suministro de agua de los refugios. Diseñar una red pensando solo en verano y solo en grados centígrados es construir una infraestructura que se queda corta en cuanto cambia el tipo de amenaza.
Por eso creo que el debate en Canarias no debería limitarse a cuántos refugios climáticos hacen falta, sino a qué tipo de infraestructura se está dispuesto a construir. Un centro cívico, una biblioteca o un polideportivo bien acondicionado puede funcionar como refugio térmico en verano, como punto de encuentro seguro durante un temporal en noviembre y como espacio con aire más limpio durante una calima en marzo. Esa multifuncionalidad no es un lujo: es la única manera de rentabilizar una inversión pública limitada en un territorio fragmentado en ocho islas y con población dispersa.
A esa diversidad de riesgos se suma una notable diversidad climática, tanto entre islas como dentro de una misma isla: no requiere el mismo refugio un área urbana densa que una zona rural de medianías, ni el litoral se comporta como el interior. Lanzarote ilustra bien los límites de pensar el refugio climático solo en clave de vegetación: en una isla mayoritariamente árida, con escasa cobertura arbórea y fuerte insolación, en la práctica apenas existen espacios exteriores capaces de ofrecer una protección suficiente frente al calor extremo, de modo que la respuesta tiene que apoyarse casi por completo en espacios interiores bien acondicionados. A esta variedad se suma la población turística, que a menudo desconoce por completo la existencia de esta infraestructura y a la que habría que informar activamente -en los alojamientos, en los puntos de información turística, en varios idiomas- de dónde están los refugios y cómo usarlos.
La gobernanza es, precisamente, uno de los elementos que las directrices actuales todavía desarrollan poco. La experiencia acumulada en otras comunidades españolas muestra que los refugios funcionan cuando existe una responsabilidad municipal clara, coordinación con salud pública y protección civil, financiación estable más allá de un verano concreto, y participación real de vecinos y asociaciones en el diseño de los espacios. Sin esto, el riesgo es repetir lo ya visto en otros territorios: refugios concentrados en los barrios más favorecidos, horarios que no encajan con la vida real de quien más lo necesita, y espacios que se anuncian pero que nadie sabe usar cuando llega la emergencia.
Canarias tiene motivos de sobra para no conformarse con adaptar un modelo pensado para el interior peninsular. Su clima es distinto, sus riesgos son distintos y su manera de habitar el territorio también lo es. Cuenta además con la ventaja de partir de unas directrices ya aprobadas, lo que da margen para ampliar el enfoque antes de que la red crezca de forma desordenada. Se trata de completar el criterio climático con uno sanitario y otro de gobernanza, de sumar el interior al exterior, y de asumir que un refugio climático en las islas debería proteger del calor, sí, pero también de la mala calidad del aire y de los fenómenos atmosféricos violentos cuando llega un temporal.
Pensar los refugios climáticos como infraestructura frente a varios riesgos, y no solo contra el calor extremo, no resta fuerza a esa lucha: la refuerza, porque obliga a construir espacios más robustos, mejor gestionados y con más razones para existir todo el año. Es una oportunidad en la que Canarias, con su experiencia acumulada frente a calimas, temporales y sequías, está en una posición privilegiada para liderar. Dejarla pasar, limitándose a copiar un modelo pensado para otro clima, sería desperdiciar la lección más valiosa de la experiencia española: estos espacios solo funcionan cuando se diseñan a partir de la realidad concreta de cada territorio.
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