Lavado de cerebro, esclavitud emocional y miedo: el negocio de las sectas en Canarias
Familiares de adeptos, criminólogos, psicólogos y un inspector de la Brigada de Información de la Policía Nacional relatan las prácticas delictivas, el aislamiento y la sumisión a los que un babalao sometía a sus seguidores tras fundar el grupo Templo Onise Iyanu

Lavado de cerebro, esclavitud emocional y miedo: el negocio de las sectas en Canarias / LP/DLP
Carlota Barcala / Pedro Fumero
Esta historia comienza como muchas otras, con la vulnerabilidad y la necesidad de creer. Y termina con la sumisión, el aislamiento, la pérdida de control total: familia, trabajo, cuentas bancarias... Una esclavitud emocional basada en la manipulación y agudizada por las drogas. A un lado, las víctimas -en este caso adeptos-, que a veces terminaron convertidas en verdugos, y al otro quienes se aprovechan de las necesidades para enriquecerse económica, emocional y sexualmente. El líder, que aquí se llama babalao (sacerdote de la religión yoruba), y sus compinches. Él, hombre, en la cúspide de la pirámide; alrededor, mujeres. Esta historia es la de José Alfredo C. -de 45 años, autodenominado sacerdote de Ifá y vecino de El Rosario (Tenerife)- y su «secta destructiva» Templo Onise Iyanu, calificada así por la Policía Nacional. Y la historia de destrucción que dejaron tras de sí, que suma 46 víctimas identificadas.
José Alfredo se ha movido toda la vida entre los ritos afrocubanos. Antes de babalao fue un adepto más, pero un día desapareció. Regresó a Tenerife tiempo más tarde. Era 2018 y él se presentó como el verdadero representante de la religión original africana. Onise Iyanu estaba cerca de surgir, algo que ocurrió en 2020. «Él sabe que en su círculo había gente que creía, porque ya se había movido en ese mundo», cuentan quienes lo han tratado. No fue difícil montar un negocio por el que pedía 200 euros al mes a cada participante, ritos a parte. En esa cuantía ellos no ven dinero «sino la necesidad de cumplir con el mandato». Es un donativo para que la vida te vaya bien.
Esta historia, que comienza como muchas otras, funciona -hasta que se cometen los delitos- como tantas más: paso a paso, persona a persona. Un adepto. Otro. Dinero, poder. El boca a boca, como en los negocios de antaño. Pero también como en los prohibidos, por ser constitutivos de actividades ilícitas.
En Templo Onise Iyanu no se aceptan disidentes: el que alza la voz, a la calle. El babalao controla la comida, las salidas, hasta que llega a la familia, las amistades. La dominación alcanza tal nivel que a algunas mujeres les prohibía ir al gimnasio si no las acompañaba. A una peluquera le dijo que no podía cortar el pelo a hombres; a otra le pidió el acceso a las imágenes en directo de las cámaras de seguridad de su negocio o acudía a las reuniones que ella mantenía.
El babalao abraza a los creyentes como una telaraña, se extiende por ellos como una infección. La debilidad de uno es la fuerza del otro. Hasta que cae, y el castillo de naipes construido en base a mentiras se desmorona. Y eso fue en 2025, casi un año después de que el familiar de una de las personas que estaba dentro se atreviese a denunciar. La Brigada de Información de la Policía Nacional puso el mecanismo en marcha tras tener indicios de que existía una presunta criminalidad organizada, reiterada y continuada. Lograron localizar a víctimas que, esta vez sí, alzaron la voz y vencieron. Fue su despertar.
La detención llegó en diciembre, con el arresto de cinco personas -cuatro en Tenerife, entre ellas el sacerdote yoruba, y una en Gran Canaria- acusadas de presuntos delitos de asociación ilícita, amenazas y coacciones, contra la integridad moral, estafa y apropiación patrimonial, contra la libertad e indemnidad sexual, maltrato animal, delitos contra la salud pública (consumo de drogas) y contra la libertad de conciencia.
Como número dos actuaba presuntamente Pedro M.Q., un guardia civil grancanario, que supuestamente se encargaba de lograr más seguidores. En la segunda línea estaban la actual pareja de José Alfredo, una amiga con la que se cree que mantuvo una relación, así como la madre y un hermano de su pareja. Estas personas efectuaban presuntamente tareas de captación, logística y control de la actividad.
Templo Onise Iyanu no tenía presencia en redes sociales, y la captación se hacía por familiares, amigos o conocidos de quienes ya estaban dentro. Los agentes al mando de la operación subrayan que no investigaban una religión, sino a un grupo que instrumentalizaba elementos religiosos para delinquir.
«Sometían a un control absoluto a sus adeptos, personas con distintas vulnerabilidades, a quienes manipulaban mediante la utilización del engaño y la inculcación de miedos, en ocasiones, de tipo espiritual», sostiene la Policía. Rituales esotéricos a cambio de dinero, sacrificio de animales, consumo de estramonio, popper y cocaína... «El control psicológico ejercido por el líder era de tal intensidad que varios adeptos tuvieron que recibir tratamiento psiquiátrico tras su salida», afirman los agentes. José Alfredo ingresó en prisión provisional, aunque salió el mes pasado a la espera de juicio, tras medio año en la cárcel. El resultado del volcado de los dispositivos electrónicos y de su teléfono móvil todavía está pendiente.
Pero hasta llegar a este punto, al por ahora final, pasarían casi cinco años y medio centenar de víctimas. «Para empezar fueron tirando de adeptos a los que conocían de cuando ellos mismos fueron adeptos», explica el primer denunciante, familiar de una de las mujeres que vivía en la finca de La Esperanza, donde la secta había construido su fortaleza. Y luego el boca a boca: «Si cada uno es capaz de llevar a su círculo más cercano consiguen a cuatro o cinco en cada movimiento. Lo que no quieren es gente del entorno que ponga oposición, por eso los aíslan, porque le pondrían en riesgo todo el negocio», añade. En este caso, lo intentaron hasta con los hijos, menores de edad.
En La Esperanza estaba esa prisión que construyó, en la que cada vez había más residentes. O gente interna. Gente que se había acercado con un problema, con la necesidad de creer en una divinidad y en que había una solución. «Necesita que estés enfermo o que tengas un familiar enfermo», explica el familiar. Eso es lo convierte a las personas en vulnerables. «Y si no lo cura, lo enmascara con que ha vivido más que si no hubieran hecho los rituales». Incluso llegaba a decir que el fallecido hablaba a través de él. La creencia y la debilidad son los pilares.
La Policía lo confirma. Buscaban a personas en situación de vulnerabilidad emocional por la muerte de un ser querido, rupturas de parejas, problemas económicos o enfermedades. Estas sufrían un aislamiento progresivo de su entorno familiar, laboral y social, y padecían un control de sus movimientos, comunicaciones, actividad económica o relaciones afectivas y sexuales.
La radicalización
«El primer paso es aislarte. Cada vez tienes menos gente, todo lo que estaba a tu alrededor lo empiezas a ver como malo porque te lo meten en la cabeza. Pierdes familiares, el trabajo. Ellos controlan el 100% de tu entorno», relata el familiar. Los cambios de conducta en este caso habían empezado mucho antes -desde que le presentó al babalao como un amigo- y culminaron en la radicalización. «Dejó de ver a sus hijos, acumuló deudas en su negocio, lo traspasó, vendió el coche...». Todo por pagar las cuotas de la secta. Es la degradación. «Hasta que te pierdes como persona. No tienes capacidad de pensar», afirma.
El aislamiento es total para que nadie les haga ver que les han lavado el cerebro. No preguntan (y mucho menos repreguntan), obedecen. Y pagan. «Te anulan, hacen que no pienses. Y eso fue lo que le pasó», explica el familiar de esta mujer que formó -o forma todavía- parte del núcleo duro de Templo Onise Iyanu. Tanto que después de que la Policía Nacional ejecutase las detenciones se dedicó, presuntamente, a intentar que los denunciantes más vulnerables cambiasen la versión: «Allí juegan a los buenos y malos, inculcan que el babalao es el bueno, y la voz disidente, la mala».
Los cabecillas infundían a los demás el miedo por supuestos castigos divinos, maldiciones o amenazas sobre hijos y otros familiares. En su informe, la Brigada de Información refleja que los afectados padecían «lavado de cerebro, anulación de la personalidad o esclavitud emocional».
La estructura hacía rituales de iniciación, como las llamadas lecturas de vida o las consagraciones. También sacrificaban animales, como gallos, palomas, carneros o mascotas. Incluso llegaron a usar ratas muertas, compradas en un supermercado ilegal del barrio de La Cuesta , en La Laguna. Un inspector de la Brigada aclara que en los rituales cuanto mayor era la petición realizada, más grande tenía que ser el tamaño del animal sacrificado.
En ocasiones, en esas ceremonias llegaron a consumir drogas, como cocaína, peyote, estramonio o popper, según los investigadores. Y no se quedaban aquí, porque la satisfacción del babalao debía ser íntegra. Por ello, mantenían relaciones sexuales impuestas o inducidas bajo una hipotética justificación religiosa, según los agentes.
Con el tiempo, José Alfredo se confió. Tras años, perdió el control y traspasó las fronteras de lo permitido, porque los ritos no son delito, pero suministrar estupefacientes -presuntamente- estafar y maltratar a animales sí.
La Policía Nacional ha identificado, de forma concreta, a 46 seguidores del líder, que creó «un liderazgo carismático, obediencia absoluta y un control psicológico progresivo de los mismos». En su atestado, la Brigada de Información considera de especial gravedad la presencia de menores, con exposición a rituales, consumo de drogas, sacrificios de animales, amenazas directas y negligencias sanitarias. A los agentes también les llamó la atención que el cabecilla decidiera que los niños no debían ser vacunados o que debían pasar una noche con él.
Sin ver a su recién nacido
También detectaron la ruptura de varias familias. Como una joven pareja: a él lo echaron de la secta por dudar y ella permaneció como adepta. La consecuencia es que, desde ese momento, él supuestamente no ha podido ver a su primer hijo, con el que perdió el contacto cuando era tan sólo un bebé. Dos hermanas comunicaron el mismo día a sus respectivas parejas que se separaban , después de que presuntamente fueran aconsejadas por el cabecilla para que lo hicieran. Así lo explica el criminólogo tinerfeño Félix Ríos, que expone que supuestamente José Alfredo ejercía su influencia para obtener dinero, propiedades o sexo con algunas mujeres de la secta.
Templo Onise Iyanu no es la primera secta en Canarias. El Archipiélago es la cuarta comunidad autónoma en la que más grupos destructivos de estas características se han detectado en los últimos años. Desde hace décadas, las Islas se consideran un lugar idóneo y estratégico para su implantación, bien por la lejanía de la Península y Europa, por la creencia de que es un territorio menos vigilado, o donde se presta menos atención a esas actividades. En los años setenta, al Puerto de la Cruz llegó David Brandt Berg, Moisés David, tras huir de Estados Unidos y Reino Unido. En Tenerife implantó la secta Niños de Dios o La Familia Internacional, perseguido ya en los países que había pisado. Él se creía la reencarnación de Cristo. Desde Estados Unidos llegaron a alertar a la Policía sobre todo por sus prácticas de pederastia: los abusos a menores eran para Berg una muestra de amor a Dios. Rodeado de mujeres, como en el caso actual, estas ofrecían sexo gratis a los hombres para captarlos.
Otra fue la de El Cabrito, a mando de Otto Muehl, un artista austriaco que desembarcó en La Gomera en los años ochenta y se instaló en la playa de El Cabrito. Muehl intentó ganarse al pueblo con dinero pero pronto llegaron las presuntas violaciones y abusos sexuales. Detenido en España y extraditado a Austria, fue condenado a siete años de cárcel por pederastia.
El psicólogo Manuel Pérez Torres lleva 15 años investigando este fenómeno. Su primer caso fue el de una mujer que había tenido relaciones sexuales con un empresario, que también era «maestro budista». La paciente le relató que, si quitaba el elemento del budismo, creía que fue violada de forma reiterada. Para Pérez, las agresiones sexuales se escondían dentro de la «esperanza de salvación, eliminación del ego o que le iban a proporcionar bienestar».
Este modelo de sometimiento es de los más comunes y llamativos, indica el experto. En casi todas estas estructuras el sexo suele estar presente. En unos casos, se anima a la persona a exponerse sexualmente ante el grupo o el líder y, en otros, se intentan limitar los pensamientos o las relaciones que a la víctima le apetezca disfrutar, pues le imponen cuándo, cómo y con quién puede tenerlas. En algunos grupos funciona el rol negativo de hombre-mujer, donde el primero siempre tiene la razón y domina, mientras la segunda debe obedecer y ser sumisa.
Pérez Torres dedica parte de su tiempo al programa Cultus, orientado a formar a otros psicólogos para que ayuden a víctimas. A estas o sus familiares les recomienda que acudan a las tres asociaciones de afectados que existen en España, para que comiencen un asesoramiento individual. Admite que algunas terminan en exclusión social, pues han entregado todo su dinero y patrimonio al líder, a la vez que han podido dejar o perder su trabajo o empresa.
También aconseja que se denuncie ante la Policía Nacional, que cuenta con un grupo especializado para investigar los delitos de las sectas destructivas y el correo sectasdestructivas@policia.es. Entre los cabecillas también hay psicópatas, «que sólo buscan jugar, disfrutan al ver sufrir a la gente, con la ruptura de parejas, o la desvinculación de sus familias». Niño de Dios, El Cabrito, Templo Onise Iyanu. Da igual el nombre, tienen tres denominadores comunes: miedo, esclavitud, aislamiento. Esta historia empieza con la necesidad de creer. Y termina con el desmantelamiento y el despertar.
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