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¿Canarias sigue siendo el paraíso de las sectas?

No podemos mirar para otro lado. Ni debemos caer en el pesimismo y la inacción frente a algo que parece inevitable -y en cierto modo lo es-. El fenómeno sectario es un desafío que nos urge a hacer examen de conciencia como sociedad, y especialmente llama a la puerta de los responsables públicos, las familias, el mundo educativo, la justicia, las religiones…

¿Canarias sigue siendo el paraíso de las sectas?

¿Canarias sigue siendo el paraíso de las sectas? / LP/DLP

Luis Santamaría del Río

Ni reclamo morboso de los medios de comunicación ávidos de audiencia ni regresión vintage a un tema más propio de los años 80 y 90. El fenómeno sectario sigue estando de actualidad. Operaciones policiales cada vez más frecuentes, la demanda de formación especializada en diversos ámbitos profesionales, una cascada interminable y creciente de familias y personas pidiendo ayuda y -por qué no decirlo también- las abundantes series documentales sobre el tema no son sino muestras de una realidad presente y preocupante. La sociedad no puede mirar hacia otro lado cuando hablamos de las sectas, que han conseguido captar y engañar en España a unas 400.000 personas.

Cuando se habla del fenómeno sectario en Canarias es habitual repetir un titular que se puso de moda en épocas pasadas: Canarias, paraíso de las sectas. Una expresión totalmente veraz, ya que respondía a lo que cualquier observador atento podía percibir: el Archipiélago era -y sigue siendo- un lugar más proclive que otros al surgimiento y establecimiento de grupos que llevan en su ADN, más allá de la apariencia mimética que logren unos u otros, el sometimiento de las personas a través del abuso psicológico y espiritual. Adueñarse de ellas, vamos.

Pero podemos preguntarnos: ¿Canarias sigue siendo el paraíso de las sectas? Sí… y no. Nuestra sociedad no es la misma que asistió espantada a comienzos de 1998 al más que posible intento de suicidio colectivo protagonizado por el Centro de Entrenamiento para la Liberación de la Energía, un pequeño movimiento de la órbita New Age liderado por la alemana Heide Fittkau-Garthe, y destinado a realizarse en el Teide. Muchas cosas han cambiado y, entre ellas, una globalización aceleradísima empujada por Internet y las redes sociales. Tenemos que reconocerlo: a pesar de nuestros intentos por localizar y monitorizar, las sectas han dejado de ser un problema geográfico.

Un ejemplo muy claro lo constituye el caso de Patricia Aguilar, una adolescente de Elche que fue captada, seducida, adoctrinada y manipulada durante algo más de dos años por el gurú de un minúsculo grupo localizado en Lima. Nada menos que 10.000 kilómetros de distancia entre quien se decía gemelo de Cristo y redentor gnóstico y una joven en búsqueda que atravesaba una profunda crisis personal y familiar. El Levante español también es un lugar especialmente repleto de sectas. Pero ninguna de ellas fue la que se llevó a Patricia, rescatada más de año y medio después por su familia. Desde que el mundo digital ha revolucionado el fenómeno sectario, ni siquiera es suficiente que andemos con mil ojos, porque otros muchos más están buscando personas a las que captar.

Hace poco, cuando fui llamado para impartir formación sobre este tema en la provincia de Cáceres, bromeaba -o no tanto- con mis oyentes, afirmando que su demarcación geográfica se había convertido en un paraíso para las sectas. Incrédulos ante estas palabras, pensaban que se trataba simplemente de un recurso para captar su atención al comienzo de mi perorata. Pero enseguida les recordé cómo poco antes, en el lapso de pocos meses, el norte de su provincia fue escenario de dos operativos policiales contra sendas pequeñas sectas que habían pasado desapercibidas mientras destruían vidas concretas. Justo en ese rincón perdido de la España vaciada, sin las características que acumulan Canarias, Levante, Madrid o Barcelona para ser quienes encabecen el palmarés de más sectas por metro cuadrado. Y es que los metros ya no cuentan: sólo hace falta que haya grupos de este tipo dispuestos a captar… y personas con vulnerabilidades, potenciales adeptos. Y ojo: todos lo somos. Todos.

Porque las sectas son expertas en presentarnos un escaparate maravilloso (o, según los casos, la única escapatoria para un mundo negro y decadente). Un ejemplo lo encontramos si volvemos por un momento al espacio rural extremeño: una de esas dos sectas se llamaba «Ahora estás en casa». ¿Quién no puede sentirse atraído en un momento de su vida por un mensaje así? Y no sólo por las palabras, sino por los hechos que, ante quien asiste curioso al acto de una secta, parecen traslucir acogida y cariño, identidad y pertenencia, respuestas y sentido. Nuestro mundo, generador de sufrimiento, desesperanza y soledad, es fábrica imparable de sectas… y de sus seguidores.

No podemos mirar para otro lado. Ni debemos caer en el pesimismo y la inacción frente a algo que parece inevitable -y en cierto modo lo es-. El fenómeno sectario es un desafío que nos urge a hacer examen de conciencia como sociedad, y especialmente llama a la puerta de los responsables públicos, las familias, el mundo educativo, la justicia, las religiones… En primer lugar, hay que cambiar las condiciones que hacen de nuestra sociedad -ya sea en Canarias, ya sea en el resto de España y del mundo- un paraíso para las sectas. Debemos mejorar, cada uno desde donde esté, una realidad que es un infierno para muchas personas, que acaban cayendo en las garras de quienes les ofrecen una salida o solución.

Y necesitamos cuidarnos. Estar atentos unos a otros, a pequeños y a mayores. A los de aquí de siempre y a los que han venido. Querernos. Yo siempre insisto en que las sectas no apuntan a nuestra cabeza, sino a nuestro corazón. Porque buscan engancharnos por lo afectivo y lo espiritual. Los líderes de las sectas saben bien que todos necesitamos ambas cosas, que cada uno de nosotros está sediento de amor y de trascendencia. En estos grupos no caen tontos e incautos, sino personas que anhelan algo más. Eso es lo profundamente humano. Nuestra fortaleza y nuestra debilidad. Todo lo que hagamos sirviendo a los demás ayudará a evitar que otros triunfen en su empeño de servirse de los demás. No es tarea fácil, pero es imprescindible.

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