El fin de la frontera entre ciencias y letras
El uso de la IA no es ni como el uso de una calculadora ni, tampoco, como el uso de un mero generador de ruido. Debe parecerse al diálogo con un interlocutor muy competente pero no infalible. Exige atención, criterio y responsabilidad.

El fin de la frontera entre ciencias y letras
Manuel Liz
Durante mucho tiempo, hemos organizado el conocimiento humano en compartimentos relativamente estancos. Y la distinción entre ciencias y letras es un caso extremo. Por un lado, las ciencias: exactas, cuantificables, predictivas. Por otro, las humanidades: interpretativas, abiertas, ligadas al sentido. Esta división es hoy día como un mapa antiguo. Aún podemos seguir reconociendo dónde están muchas cosas, pero la orientación de fondo es profundamente inadecuada.
La inteligencia artificial (IA) está contribuyendo decisivamente a borrar esa frontera. No porque convierta a la filosofía en física, ni a la historia en ingeniería. Sino porque introduce herramientas, métodos y formas de trabajo que atraviesan todos los campos del saber. La IA ofrece una infraestructura cognitiva transversal. Y como una varita mágica, transforma disciplinas muy distintas obligándolas a reconfigurarse.
Este fenómeno no surge de la nada. Tiene precedentes. Uno de los más significativos es el trabajo pionero del jesuita italiano Roberto Busa, quien a mediados del siglo XX utilizó los ordenadores de IBM para analizar la obra completa de Tomás de Aquino. Su Index Thomisticus no fue simplemente una curiosidad técnica. Inauguró lo que hoy conocemos como «humanidades digitales».
Hay otros precedentes. En cualquier caso, lo que entonces era excepcional hoy se ha vuelto cotidiano. Los grandes ordenadores con tarjetas perforadas de IBM dieron paso a los ordenadores personales. Poco después, se desarrollo Internet. Y aún mucho más recientemente, hemos visto el nacimiento de la IA. Y su uso en todo tipo de tareas se está volviendo prácticamente inevitable.
No se trata de una moda pasajera ni de una herramienta opcional. Del mismo modo que resulta ya impensable investigar sin utilizar ordenadores o buscadores de Internet, empieza a ser difícil desarrollar el conocimiento sin el apoyo de agentes artificiales. Y esto no solo vale para la biología, la física o las matemáticas, sino también para la historia, la economía, la filología o la filosofía. Una historiadora puede analizar grandes corpus documentales en minutos encontrando patrones novedosos. Una economista puede explorar escenarios complejos con modelos asistidos. Una filósofa puede analizar argumentos, reconstruir tradiciones conceptuales o generar contraejemplos con una rapidez sorprendente. Negarse a utilizar la IA no es un gesto de pureza intelectual. Es, más bien, una forma de autoexclusión progresiva.
Sin embargo, que algo sea inevitable no significa que sea fácil. La cuestión decisiva no es si usar IA, sino cómo usarla. Y aquí, conviene evitar dos tentaciones íntimamente relacionadas. Una es intentar engañar: presentar como propio lo que sólo es un resultado obtenido de una IA. La otra, no menos peligrosa, es dejarse engañar: aceptar sin más lo que la IA produce, como si estuviera garantizada su calidad.
Ambas actitudes son rechazables. Por un lado, igual que no podemos copiar en los exámenes, o hacer pasar como nuestro lo que hemos leído en un libro, no podemos engañar utilizando la IA. Por otro lado, el uso de la IA no es ni como el uso de una calculadora ni, tampoco, como el uso de un mero generador de ruido. Debe parecerse al diálogo con un interlocutor muy competente pero no infalible. Exige atención, criterio y responsabilidad.
La IA es una herramienta extraordinariamente potente para explorar, reorganizar y ampliar contenidos. Pero su valor depende críticamente de la competencia del usuario: de su capacidad para formular buenas preguntas, detectar errores, evaluar respuestas y situarlas en un contexto más amplio. La inteligencia artificial no elimina la necesidad de pensar. La potencia hasta límites cercanos a la ficción.
Esto ya ha ocurrido antes. La escritura permitió externalizar la memoria. La imprenta multiplicó la difusión del conocimiento. Los instrumentos científicos ampliaron nuestros sentidos: el telescopio nos dio acceso a lo muy lejano, el microscopio a lo muy pequeño, los aceleradores de partículas a lo extremadamente fundamental. La inteligencia artificial amplía nuestras capacidades de procesamiento de información, de exploración conceptual y de toma de decisiones.
En las ciencias, esto es evidente. Pero en las humanidades y las ciencias sociales, el impacto es igualmente profundo, aunque más sutil. Pensemos en un caso sencillo. Un estudiante de filosofía puede explorar en minutos múltiples posiciones sobre un problema, por ejemplo sobre el libre albedrío. Y puede compararlas. Puede analizar argumentos y contra-argumentos. No piensa que pueda obtener la respuesta definitiva a ese problema. Pero llega a tener ante sí un espacio sumamente rico y detallado de las alternativas en juego.
Algo similar ocurre en literatura, donde es posible analizar estilos y patrones narrativos a gran escala. También en historia, donde se reconstruyen redes sociales complejas. O en sociología, donde se simulan escenarios con grandes volúmenes de datos. Incluso en el arte, la IA está actuando como un catalizador. No reemplaza al artista, pero redefine los espacios de posibilidades en los que el artista trabaja.
Lo importante en estos campos no es si la IA llega o no a «conocer», o si puede “crear” o no, en sentido estricto. Lo importante es que modifica las condiciones en las que nosotros mismos podemos conocer y podemos ser creativos.
Todo esto nos obliga a repensar la noción de autoría, la idea de comprensión, el papel de la intuición, las nociones de descubrimiento y de explicación, etc. Y también plantea preguntas extremadamente radicales sobre nuestra identidad. Cuando nuestras capacidades están profundamente mediadas por sistemas artificiales, ¿dejan de ser “nuestras”? ¿O se extienden y amplían más allá de los límites de nuestros cuerpos?
Volvamos al punto de partida: la vieja distinción entre ciencias y letras. La inteligencia artificial no la elimina completamente, pero la desdibuja hasta hacerla poco menos que irrelevante. Lo que emerge en su lugar es un paisaje donde los métodos se comparten, las herramientas circulan y los problemas se entrelazan. Un filólogo puede trabajar con técnicas de análisis de datos, un físico puede enfrentarse a cuestiones interpretativas profundas, un filósofo puede apoyarse en modelos formales complejos. Las fronteras no desaparecen, simplemente se vuelven porosas. Y esto, lejos de ser una amenaza, es una oportunidad.
La historia de la humanidad puede leerse como una sucesión de ampliaciones de nuestras capacidades cognitivas y perceptivas. La escritura cambió radicalmente nuestra historia. Lo mismo ocurrió con la imprenta. Los telescopios, los microscopios y los aceleradores de partículas han transformado completamente nuestra manera de ver la realidad. La inteligencia artificial está provocando cambios no menos profundos.
No se trata solo de automatizar tareas o de aumentar la eficiencia. Se trata de modificar la manera en que pensamos, investigamos y creamos. Y estos cambios no afectan únicamente a las ciencias llamadas “duras”. Alcanzan de lleno a las ciencias sociales, a las humanidades, a la filosofía y al arte. También aquí, ya nada será como antes.
Y como decía un profesor mío, Miguel Ángel Quintanilla, en periodos de transformación profunda, la cuestión no es si debemos o no participar en ese cambio, sino cómo hacerlo de manera lúcida y responsable. Debemos aprender a nadar a favor de la razón.
Al final, la IA plantea una pregunta muy humana: ¿qué hacer con las nuevas capacidades que ya tenemos? Y ésta, por ahora, sigue siendo una pregunta que ninguna máquina puede responder por nosotros.
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