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50 aniversario de la monarquía

Canarias se quedó fuera del mapa en la proclamación

Entre el luto por Franco, el nuevo rey, el monstruo del Lago Ness y el Mini sorteado por los yogures Celgán, el Archipiélago vivía aquellos días con la mirada en las noticias y en el futuro

Juan Carlos de Borbón el 22 de noviembre de 1975 cuando fue proclamado Rey de España.

Juan Carlos de Borbón el 22 de noviembre de 1975 cuando fue proclamado Rey de España. / Europa Press

Las Palmas de Gran Canaria

Mientras Canarias y el resto de España hacían malabares entre el funeral de Franco y la proclamación como rey de Juan Carlos de Borbón, la Academia de Ciencias Aplicadas anunciaba desde Escocia que el monstruo del Lago Ness existía y que su presencia podía demostrarse científicamente. Al otro lado del planeta, un juez australiano condenó a siete días de cárcel a un hombre por gritarle a su perro cuando salía de un hotel. En plena España de luto, donde los toros eran la fiesta nacional y las leyes contra el maltrato animal aún ni se olían –y estaban a décadas de distancia–, estas estrambóticas noticias circulaban por las Islas en ese fin de semana de locos, donde el sábado 22 de noviembre de 1975 Juan Carlos de Borbón fue proclamado rey –suman ya 50 años de una monarquía de giros, escándalos y supervivencias– y el entierro de Franco se celebró el domingo, tres días después de su muerte.

Canarias amanecía con nubes dispersas y entre 16 y 23 grados ese fin de semana, en el que los canarios vivían su propio paréntesis de historia y rutina. En la mañana del sábado, las calles estaban semivacías, los coches brillaban por su ausencia y en las casas las familias se apiñaban frente a los televisores. También en los bares con televisión los isleños siguieron el discurso de la proclamación. El mensaje de Juan Carlos I fue recibido con respeto, cierta expectación y hasta entusiasmo entre los canarios. La frase sobre la vocación europea de España fue una de las más comentadas, igual que «la llamada al regionalismo, sin ventajas ni privilegios». Sonaban nuevas, distintas, como una ventana abierta después de cuarenta años de dictadura.

El mapa sin Canarias

Pero lo que más revuelo causó no fue una palabra, sino una imagen que encorajinó a muchos canarios. Televisión Española, la única cadena entonces, emitió entre la proclamación y la visita de los ya reyes al Palacio de Oriente –donde Franco permanecía de cuerpo presente, pues se enterraba el domingo en el Valle de los Caídos–, un breve anuncio sobre las Leyes Fundamentales del Reino. En los mapas que aparecieron en pantalla, la corona figuraba sobre la Península, pero de Canarias, ni rastro. Ni siquiera en el recuadro lateral derecho con que solían añadirse a las Islas.

A las redacciones llegaron llamadas airadas por la omisión. Ese ‘olvido’ se compensó en cierto modo con la mención a la «hora menos en Canarias» en la amplia programación de todos los actos que cubrió TVE el fin de semana, pero ni siquiera eso bastó para calmar a los espectadores insulares.

Gregorio Toledo, que en 1977 resultó elegido como senador de UCD, escribió en la prensa del momento una frase que se hizo eco: «Los canarios somos tan españoles como los demás».

Mientras tanto, las paredes contaban su propia versión del país: inscripciones de Franco, presente y ¡A tus órdenes! convivían con grafitis más locales y subversivos, como ¡Fuera godos!

La inquietud crecía por la Marcha Verde y por el retorno precipitado de los trabajadores españoles del Sáhara. Se temía que aquel flujo repentino tensara un mercado laboral ya difícil en las Islas: se hablaba del «paro obrero contabilizado en ambas provincias» y de perspectivas económicas «bastante oscuras» para el Archipiélago. También surgieron debates muy familiares en la actualidad: que los puestos del turismo estaban siendo ocupados por extranjeros, que era imprescindible regular el territorio con técnicos especializados y que el crecimiento urbano pedía decisiones urgentes.

El Padrenuestro de la UD

Cuando Franco fue enterrado el domingo, Canarias despertó con la prohibición de caza y de los espectáculos –estos últimos hasta las tres de la tarde–, pero el fútbol no entendió de duelos oficiales. La Unión Deportiva Las Palmas se jugaba avanzar en la clasificación en Primera frente al Athletic de Bilbao, y el partido no podía aplazarse. Antes de que rodara el balón, en el Estadio Insular, repleto, se rezó un Padrenuestro por el alma del caudillo a través de los megáfonos, con un silencio sepulcral entre los aficionados y los jugadores –Carnevalli, Paco Castellano, Juani, Morete o Wolf–. Después, el fútbol siguió su curso: empataron dos a dos.

En la Basílica de Nuestra Señora del Pino, en Teror, hubo una multitudinaria asistencia a los funerales del Generalísimo, mientras en Tenerife una manifestación espontánea ante el Gobierno Civil testimoniaba el dolor popular por la muerte de Franco.

El destape y Bruce Lee

Y pese al duelo y a la proclamación, el ocio continuó su rumbo. Los cines ofrecían una cartelera asombrosa para la época, que parecía anunciar el fin de la censura existente o de una etapa de represión sexual donde el destape empezaba a florecer. En las marquesinas convivían el drama, la carne y el kárate: Tráfico de mujeres, para mayores de 18 años, denunciaba la explotación de las redes de prostitución. Madres solteras, con Juan Luis Galiardo, Mary Francis y Charo López, mostraba un país donde la maternidad fuera del matrimonio seguía siendo un escándalo. Los pasajeros, con Aurora Bautista, se publicitaba como «la película más destapada jamás vista en pantallas españolas». Perfume de mujer, con Vittorio Gassman, prometía ironía, picardía y erotismo.

Y para los amantes de la acción, El furor del dragón, con Bruce Lee, llenó las salas hasta el punto de que abrieron academias de kárate por toda Gran Canaria y causó verdadero ‘furor’ entre los chiquillos y los adolescentes. En los programas de los cines de los barrios se proyectaban westerns con títulos que parecían metáforas involuntarias del momento: Debieron ahorcarlos antes de morir o Todo el horizonte para morir.

¿Y cómo eran los anuncios de la época? En la prensa, los ‘por palabras’ rebosaban de demandas de empleo, y con un tono bastante revelador: «Se necesitan botones de 14 a 16 años», algo impensable ahora; «Secretaria que domine perfectamente el inglés y la mecanografía»; o «Señora o señorita responsable para cuidar niños y atender matrimonio».

Aunque en Europa ya se respiraba libertad, en España la mujer como «protagonista» tenía un espacio propio en la prensa de hace cincuenta años, un reflejo de la mentalidad aún mayoritariamente machista de una dictadura agonizante: se proponían recetas de sardinas rellenas o guisadas, consejos de decoración para aprovechar los espacios, un maquillaje basado en ‘hidrescencia’ y la moda prevista para 1976 se mostraba con ilustraciones de ‘señoritas’ luciendo sujetadores de copa y faldas bajo la rodilla.

En las secciones de motor, había quien aseguraba que la contaminación era un tema secundario, más un tópico que una preocupación real. Suena hasta actual.

La vivienda fluía hace cincuenta años: Cobasa Inmobiliaria ofrecía a los tinerfeños la oportunidad de comprar un piso en el futuro Conjunto Residencial Ofra, por una entrada de 120.000 pesetas (721 euros) y cuotas mensuales de 5.000 (30 euros), con visita guiada al piso piloto. La agricultura también tenía su hueco. Improver S.A. anunciaba la llegada de «patatas nuevas de Dinamarca» –sí, patatas, no papas, así lo decía el anuncio– a 14 pesetas el kilo (0,08 euros). Pero hubo un espot en esos días que fue el top ten: Yogures Celgán prometía un coche Mini para toda la familia en un sorteo al que se accedía a cambio de 15 tapas de yogur o flan, con una motocicleta como segundo premio.

Mientras tanto, en la capital grancanaria, las apuestas no las paraba nadie. Los galgos de Ciudad Alta corrían en sus pistas tras el conejo mecánico. Y en esos días, el Gran Parque de Atracciones Tívoli vendía los últimos locales comerciales de un macroproyecto que nunca llegó a construirse.

Los horóscopos, eso sí, constituían un predicamento para el común de los canarios. Auguraban el futuro día a día con una precisión delirante: «Tauro: manipule los asuntos personales por la mañana y resuélvalos con esa persona difícil por la tarde». «Escorpión: mejore las condiciones en su hogar y diviértase por la noche». Y uno de ellos concluía con un aviso casi profético: «Si su hijo nace hoy, tendrá dificultad para saber qué amigos debe tener. Enséñele pronto la importancia de la moralidad y del carácter verdadero».

En el puerto de La Luz, el supertransbordador J.J. Sister llegó desde Cádiz y Tenerife con bandera a media asta ese fin de semana, 316 pasajeros y media tonelada de coches. Esos días transportaba a muchos españoles del Sáhara. Y el aeropuerto de La Gomera dejaba de ser una entelequia, después de que el Ministerio del Aire anunciase el inicio de la expropiación de los terrenos para su construcción.

La censura periodística

Las páginas de LA PROVINCIA, Diario de Las Palmas y El Día retrataban con fidelidad la vida cotidiana y el pulso social de aquellos tiempos. Precisamente la edición de El Día abría con titulares comunes en todos los periódicos: ‘Juan Carlos I, Rey de España’, ‘Hoy, un adiós definitivo a Franco’ y ‘Arias Navarro, jefe nacional del Movimiento’, pero con una peculiaridad sobre la cabecera hoy inimaginable: las firmas manuscritas de los censores, autorizando el contenido antes de que el periódico saliera.

Y en ese domingo, tal día como hoy hace 50 años, se estrenó La fuerza del destino, la ópera suspendida el mismo día de la muerte de Franco, el jueves anterior, en el Teatro Guimerá de Tenerife. El título parecía escrito para la ocasión: una historia de giros inevitables, decisiones precipitadas y cambios que se imponían casi sin pedir permiso. Su regreso, en pleno vértigo nacional, añadió, sin pretenderlo, una metáfora perfecta de aquellos tres días irrepetibles.

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