Canarias como paraíso de inspiración natural para la ciencia

La vegetación exótica y las especies animales únicas de Canarias han pasado de ser un reclamo para grandes científicos extranjeros a convertirse en una inspiración para las nuevas generaciones de biólogos isleños

Ilustración inspirada en los dibujos de Ernst Haeckel.

Ilustración inspirada en los dibujos de Ernst Haeckel. / Adae Santana

Verónica Pavés

Verónica Pavés

El afamado aventurero prusiano y amante de la ciencia en sus ratos libres, Alexander von Humboldt, dijo una vez que la naturaleza había que experimentarla a través de los sentimientos. Ese amor prístino e inmaterial que produce estar rodeado de un ambiente onírico a la par que misterioso, es quizás lo que ha convertido a Canarias en un reclamo digno de estudio. Con su terreno volcánico, su flora exótica y su fauna única en el planeta – así como su conveniente posición en el mapa–, el Archipiélago ha logrado durante siglos captar la atención de naturalistas y botánicos que con tiempo, observación e investigación han hecho de las Islas un hervidero de conocimiento que a día de hoy sigue inspirando a decenas de amantes de las ciencias de la vida.

El aislamiento de Canarias ha procurado a su mundo animal y vegetal una evolución particular que, como ocurre en otros archipiélagos, dista de la que siguieron las especies en el continente, pese a que en muchos casos tengan un origen similar. Pero estas singularidades autóctonas permanecieron años en el más absoluto desconocimiento hasta que a mediados del siglo XVII empezó un incesante goteo de los viajeros más ilustrados de Europa, que recalaban en el Archipiélago en su camino hacia las Américas

Canarias estaba en el lugar oportuno y en el momento adecuado para convertirse en un puerto de paso. Unas islas a medio camino entre el viejo continente y el nuevo mundo, propiedad de la corona española -que en aquel momento también controlaba la mayor de Centro América- y con servicios suficientes como para poder preparar a un buque para la larga travesía que debía afrontar. A ojos de cualquier europeo de la Ilustración, las atractivas formaciones geológicas volcánicas, coronadas por el «faro» del Teide, eran reclamo suficiente para mostrar un primitivo asombro por Canarias. Pero aquellos que se adentraban en las Islas y reparaban en su naturaleza se daban cuenta de que había algo más por lo que fascinarse.

Tal era la fama de Humboldt en el mundo científico que la simple mención a Canarias fue suficiente para que el nombre del Archipiélago empezara conocerse

«Nos tenemos que remontar a 1724 para encontrar el primer viaje que fijó en Canarias un trabajo de exploración científica», explica el filósofo y miembro de la Fundación Canaria Orotava Historia de la Ciencia , Alberto Relancio. Fue el astrónomo, matemático, botánico y religioso frances Louis Feuillée el primero en embarcarse en una misión de corte científico hacia las Islas. Tenía un objetivo claro: fijar la posición de El Hierro para descubrir, a su vez, el ansiado Meridiano Cero del planeta. 

«Feuillée no se conformó con esas observaciones y mediciones geográficas», asegura Relancio, que explica que esa «vertiente naturalista» que le caracterizaba le llevó a realizar también exploraciones botánicas en todas las islas que visitó. Aunque no fue un viaje demasiado largo, el francés logró describir una treintena de especies vegetales hasta el momento desconocidas para la ciencia entre las que se encontraban plantas tan icónicas como la Violeta del Teide (Viola cheiranthifolia) o la Orchilla (Rocella canariensis). 

El boom de la exploración

Después de aquel primer experimento, el silencio se prolongó durante 50 años más. A finales de 1700 y principios de 1800 las arribadas de científicos extranjeros a Canarias empiezan a ser más recurrentes. «Canarias era considerado como un sitio exótico de paso y el Teide ayudaba mucho, ya que durante años fue considerada la montaña más alta del mundo», resalta Relancio. En ese trasiego de mentes recaló en Canarias una de las mayores estrellas de la ciencia de la Ilustración: el naturalista Alexander von Humboldt.

Su afán por la exploración le llevó a sufragar -con la importante suma de dinero que había heredado tras la muerte de su madre- un carísimo viaje hasta las colonias españolas en América que también tuvo que recalar en Canarias. Aunque la mayor parte de su bibliografía hace alusión a su breve estancia en Tenerife, realmente el primer lugar que el inquieto, curioso y aventurero joven pisó más allá del viejo continente, fue La Graciosa. «Se equivocó, sus cartas náuticas no eran muy buenas», explica el director de Fundoro, Miguel Ángel González

Poco más tarde llegó, ahora sí, a Tenerife donde, junto a su compañero el botánico Aimé Bonpland, aprovechó para hacer un poco de turismo. «Todo el mundo hacía la ruta del norte, subía al Teide y bajaba, era muy transitada y, de hecho, quienes ya habían pasado por ahí mencionaban que no había mucho que ver», recuerda González. Humboldt, sin embargo, se empeñó en rebatir aquella creencia.

Imágenes de la obra de Berthelot y Webb.

Imágenes de la obra de Berthelot y Webb. / Fundoro

En los apenas seis días que permaneció en la isla, Humboldt no llegó a hacer estudios de gran calado sobre la idiosincrasia de Canarias -aunque sí le inspiró a la hora de establecer su famosa teoría de los pisos de vegetación en el Chimborazo-, pero por aquel entonces era tal la fama de este amante de la naturaleza en el mundo científico que la simple mención a este paraje en medio del Atlántico fue suficiente para que el nombre del Archipiélago empezara hacerse conocido en diversos círculos de la ciencia. 

Coetáneos a Humboldt fueron el botánico Auguste Broussonet, que compaginó su labor como cónsul de Francia en Santa Cruz de Tenerife (1800-1807) con la recogida y dibujo de flora local, que recopiló en el herbario Florilegium canariense que nunca llegó a editar; y el taxónomo Francis Masson que en 1778 estuvo alojado en Puerto de la Cruz y con sus estudios sentó las bases de la taxonomía de muchas de las especies de la región macaronésica que siguen vigentes hoy en día. 

A comienzos del siglo XIX, las peculiaridades de Canarias empezaron a llamar la atención de más especialistas, que ya habían tenido la posibilidad de leer las pocas líneas que dedicaba a Humboldt a la isla en su obra publicada en 1807: Le voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent (Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente). «Fue uno de los motivos que llevaron al geólogo alemán Leopold von Buch a recorrer Canarias en 1915», revela Relancio. La obra de Buch Descripción física de las Islas Canarias recoge aspectos botánicos sistemáticos de un viaje que duró seis meses, recorrió Tenerife, La Palma, Gran Canaria y Lanzarote. 

Las narraciones de Humboldt llegaron incluso a ojos de Charles Darwin quien, sin embargo, se quedó a las puertas de Canarias. «El 6 de enero llegamos a Tenerife, pero se nos prohibió desembarcar; por temor de que lleváramos la cólera», reza una de las primeras líneas del primer capítulo de Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo’, una de las primeras obras de Darwin. El científico inglés se vio obligado a quedarse a bordo del Beagle, el mismo buque que le llevaría hasta las Galápagos y donde tomaría las primeras notas que finalmente le llevarían a escribir su obra magna: El origen de las especies. 

No pudo pisar la isla, pero sí que pudo contemplar cómo el Sol «salía tras el escarpado perfil de la isla de Gran Canaria» para «iluminar súbitamente el pico de Tenerife». Aunque han sido muchos los que han soñado sobre lo que podría haber significado el desembarco de Darwin para Canarias, González lo tiene claro: «no habría cambiado nada». «Lo que podría haber visto en las Islas no hubiera sido muy distinto de lo que vio en Cabo Verde», afirma el director de Fundoro. 

Imágenes de la flora de Canarias de Berthelot y Webb

Imágenes de la flora de Canarias de Berthelot y Webb / Fundoro

Las hazañas de Humboldt y las teorías de Darwin fueron las que en 1866 inspiraron al zoólogo Ernst Haeckel a acudir a Canarias durante un año. El naturalista, seguidor acérrimo de las teorías de Darwin, sostenía que todos los organismos (animales, plantas y organismos unicelulares) procedían de una sola forma ancestral. Sus estudios acerca de la biología marina, realizados en colaboración con Müller, le condujeron a comparar la simetría de los cristales con la de los animales más simples, y a postular un origen inorgánico para los mismos. Esta obsesión por la simetría le llevó a producir en torno a mil grabados con bocetos y acuarelas -con formas y colores con un efecto psicodélico-, en una técnica que también utilizó para plasmar la fauna marina de Lanzarote. 

Pero si hay una obra científica que supusiera un antes y un después para la historia de la biología en Canarias es Historia Natural de las Islas Canarias, publicada en el año 1950 con una ambiciosa expedición por el Archipiélago que se llevó a cabo entre 1827 y 1830. Esta obra, que también cuenta con aspectos de etnología o historia de las Islas, fue fruto casi de un capricho del francés Sabin Berthelot. «Berthelot estuvo aquí media vida», rememora el filósofo de Fundoro. El naturalista se quedó prendado de Canarias y quiso que el mundo fuera consciente del tesoro natural que escondía. Para conseguirlo, embaucó al botánico aristócrata inglés Philip Barker Webb, que había planeado una breve visita a Canarias. 

Lo convenció para recorrer las Islas durante tres años. En ese tiempo no solo estudiaron los distintos aspectos que hacían a Canarias un entorno único, sino que también plasmaron aquellas maravillas naturales en una gran cantidad de láminas sobre animales, vegetales y paisajes del Archipiélago. «Fue uno de los aspectos que llamó más la atención del público, ya que no solo eran precisos, sino que también eran llamativos», explica Relancio. En la Fundación Canaria Orotava Historia de la Ciencia, de hecho, guardan a día de hoy como el tesoro que es parte de esos documentos gráficos al alcance de quien sienta curiosidad por la historia de las Islas. 

«A partir de la publicación del libro, dividido en varios volúmenes, comenzó una etapa en la que los viajes de exploración científica progresaron hacia una mayor especialización», explica González. Como asegura, «la repercusión fue enorme en toda Europa», pero en Canarias fue mucho menor porque la obra era muy cara y «poca gente pudo adquirirla». De hecho, la Universidad de La Laguna no pudo llegar a comprarla en el momento. 

El amanecer de la biología en Canarias

Pese a todo el conocimiento que se movía a través de Canarias, pocos fueron los canarios que se interesaron por el mundo natural y cuyas contribuciones marcaran un antes y un después. El realejero José Viera y Clavijo (1731-1813) es considerado como el primer isleño que se interesa por la bonanza natural de las Islas, pero no tenía alma de explorador. «Viera y Clavijo publicó varias obras descriptivas, pero muchas muestras eran recopilaciones de lo que otros ya habían estudiado», relata Relancio. 

Mucho después llegó el médico y entomólogo Elías Santos Abreu (1856-1937). El palmero fue, junto al lanzaroteño Blas Cabrera Felipe, una de las personalidades científicas más importantes del primer tercio del siglo XX en Canarias. Según el archivo de las investigaciones que llevó a cabo en un pequeño laboratorio de análisis -uno de los primeros de España- en 1892, Santos habría hallado la penicilina antes incluso que el mismo Fleming. Sin embargo, la lejanía respecto de los grandes centros de investigación y la falta de un adecuado equipo privó a la humanidad de conocer las bondades de este antibiótico tres décadas antes. 

Canarias consolidó su interés por las ciencias naturales en 1966, con la creación de la sección de Biológicas en la Universidad de La Laguna, por un empeño del catedrático en biología marina Fernando Lozano Cabo. El canario Arnoldo Santos fue testigo de aquella primera promoción de futuros biólogos. Santos, como muchos otros, también sintió la llamada de la naturaleza de Canarias muy joven. «Me crié en el campo y siempre estuve en contacto con los montes, tenía inquietud por conocer lo que me rodeaba», rememora. 

El realejero José Viera y Clavijo (1731-1813) es considerado como el primer isleño que se interesa por la bonanza natural de las Islas, pero no tenía alma de explorador

Para él la creación de la Sección de Biología le permitió dedicarse a lo que realmente quería, pues hasta el momento solo existía la Sección de Química y asegura que su familia no tenía tanto dinero como para que estudiase fuera del Archipiélago. Pero los comienzos no fueron fáciles. «No había nadie en Canarias que pudiera impartir algunas de estas materias», rememora Santos, que asegura que esta situación les llevó a estar varios meses sin profesor y «llegamos a organizar algunas protestas e incluso ponernos en huelga», recuerda Santos. Tampoco contaban con laboratorio, pero eso también les permitía salir mucho al campo. 

En sus seis décadas de vida, la ahora Facultad de Biología ha formado a miles de biólogos que han conseguido diseccionar la naturaleza canaria para aprender sobre ella in situ. Mientras, la naturaleza canaria en sí misma ha seguido inspirando a otros tantos científicos que, incluso ya jubilados o emigrados, siguen sintiendo el mismo amor prístino por la naturaleza que llevó a Humboldt a desentrañar sus misterios.

Suscríbete para seguir leyendo