Entrevista | Victoria Torres Pecis Viticultora y bodeguera

«No sueño con vinos, tampoco con sabores, sino con unas parcelas recuperadas y sanas»

"Trabajo viñas centenarias, hago labor en el campo, aplico los manejos heredados y sigo empeñada", asegura la viticultura y bodeguera

Viki Torres, propietaria de Bodegas Victoria Torres Pecis.

Viki Torres, propietaria de Bodegas Victoria Torres Pecis. / E. D.

Sergio Lojendio

Sergio Lojendio

La conocen como la hija de Nieves y Juan Matías o la nieta de Pepe Torres; también, claro, como Victoria Torres o Viki, la de la bodega. «Me he ganado el aprecio y el respeto de mis vecinos; me siento muy querida, en particular por los viticultores», un gesto que la enorgullece.

Se encuentran inmersos en la fase de poda.

Sí, normalmente la realizamos entre la segunda quincena de enero hasta finales de marzo y principios de abril, y esto es debido a la orografía de La Palma, con unos viñedos que van desde los 300 a los 1.400 metros, en las vertientes este y oeste, lo que nos permite desarrollar un trabajo escalonado, no sólo de poda sino de otras labores. Esto es parte fundamental de la estructura y de la visión que tengo sobre mi proyecto.

El ciclo vital para quienes se dedican a la viticultura lo marca la propia naturaleza, ¿verdad?

Por suerte, tal y como me planteo mi desempeño profesional, esta actividad precisa de un gran componente de observación. Las estaciones marcan el ciclo y eso es muy bonito, porque de alguna forma impide, acaso por la inercia, desconectarse de lo elemental.

¿Qué relación establece con el territorio ya desde las primeras luces del amanecer y hasta que cae la noche?

Hay algo elemental y básico, eso que hace necesario que te detengas y seas lo más sensible posible, aplicando conocimientos y corazón. Aprecio y me fijo mucho en cómo las personas desempeñan su trabajo y esto tiene que ver casi con una necesidad de supervivencia. Si ahora estoy en fase de poda, eso significa, nada más y nada menos, dirigir la planta y hacerlo desde una interpretación de equilibrio. Para esto se precisa un bagaje técnico que en una isla como La Palma debe adaptarse a cada zona, diferenciando variedades, pero también al momento que vivimos. Me ocupo de cuidar, de hacer el relevo, de mantener y sostener, dando viabilidad y sembrando en un contexto marcado por el cambio climático. También hablo de viñas viejas, muy bien arraigadas en el tiempo, que además sufren el hándicap de padecer estrés hídrico ante la pertinaz sequía, de manera que las plantas ancianas, como ocurre con las personas, no cuentan a veces con la suficiente fortaleza para soportar estos rigores.

"Esta es una bodega en la que no ha habido parada generacional; ha sido un continuo en el tiempo"

¿Y el diálogo?

Es básico. Hago vino porque soy viticultora. Si no fuera así, no sabría elaborarlo, lo que ya supone en sí una interpretación. Al mismo tiempo, la bodega familiar de la que he tomado el relevo se encuentra en el sur, en Fuencaliente, donde los nuevos materiales volcánicos se solapan. Pero me interesa mucho la expresión no sólo que imprimen las variedades, sino todo ese legado cultural, ese continuo generacional que se extiende por la vertiente este y que recorre la banda oeste...

¿Cómo fluye el vino a lo largo de cinco generaciones?

Esta es una bodega en la que no ha habido parada generacional; ha sido un continuo en el tiempo, característico del enfoque que hemos mantenido: el de una herencia cultural ligada a la economía de subsistencia. No dispongo de registros, ni escritos ni en imágenes, pero sí conservo la narración oral, de esos testimonios de los mayores. Mi escuela son la bodega y mis propias experiencias; he tenido un maestro magnífico, mi padre, durante los años en los que pude trabajar junto a él, como sucedió con mi abuelo, pero ya no están. Trabajo con viñas centenarias, hago labor en el campo, en orgánico, aplico los manejos heredados y sigo empeñada en esto, a pesar de las circunstancias, y siempre reflexionando sobre lo que hacer de cara al futuro. Hablo de variedades locales sembradas por mi familia en el pasado y de una bodega en la que, de alguna forma, la idea de vino que tengo transmite la de mi padre, de mi casa. Los tintos, igual que los blancos, están concebidos para comer. Hemos procurado que sean un reflejo de los lugares donde crece la uva y de mi particular manera de ver y entender ese territorio. Y mantenemos la fidelidad a esas parcelas, a esos pagos.

Ustedes usan lagares de tea.

Dos, en concreto, que son, ni más ni menos, prensas de tipo romano, de madera y abiertas que no utilizamos en todas las vinificaciones, sino en algunas previamente seleccionadas.

También fudres viejos y depósitos de hormigón.

Me parece importante, y forma parte del proceso de mi cultura rural: hacer uso de lo que tengo e intentar conocerlo en profundidad. En casa se ha utilizado siempre la madera de castaño para los fudres, también botas jerezanas, barriles de 500 litros de roble francés, depósitos de hormigón y de acero.

La erupción del volcán provoca una terrible paradoja: destrucción y creación.

Justamente. Creo que en nuestro ADN de canarios, como habitantes de islas volcánicas, se encuentra inscrita esta información. Sí considero que para muchas familias es pronto para gestionar la realidad y el hito generacional que supone la reflexión colectiva tan importante sobre un fenómeno así: el problema de la vivienda, el de la calificación del suelo...

"Me interesa la expresión no sólo que imprimen las variedades, sino todo ese legado cultural"

Y el problema emocional...

Gracias por mencionarlo (Pausa). Absolutamente. Es así...

¿Siente pasión por esa Isla, tan feroz a veces como tierna, tan agreste y suave?

Vaya por delante que me considero una persona apasionada. Escoger vivir y trabajar aquí, y hacerlo en esta actividad, supone eso, el termómetro que marca la temperatura de mi pasión, por el lugar en el que estoy, la gente con la que convivo... Esta naturaleza es magnífica. La Isla acoge una biodiversidad extraordinaria y al visitante, sea de unas horas o de más largo tiempo, no se le escapa esa impresión ya desde una primera mirada. Si trazamos una diagonal sobre el mapa de noreste a sudoeste se dan justamente los opuestos y además de una forma extrema. Casi diría lo mismo en el otro sentido. La Palma es una Isla acostada con una extraordinaria espina dorsal volcánica, con una excepcional caldera, asomada al mar... ¡Tremenda! Es muy expresiva.

¿Y esa misma expresividad se transmite en sus vinos?

La mayor parte de mi tiempo lo paso en el campo. En bodega, justamente el periodo de vendimia, el momento de la transformación, que hacemos con la mínima intervención posible, aspecto que se convierte en máxima en cuanto a las decisiones que se toman. No hay añadidos al proceso. De ahí la importancia del trabajo de campo para disponer de un mosto que concluya en un buen vino, siempre con las circunstancias que cada añada precise. Es un reflejo de mí: mis dudas, mis miedos, mis aciertos, mis errores...

¿Y de sus sueños?

No sueño ni con vinos ni tampoco con sus sabores; sueño, por decirlo de alguna manera, con parcelas recuperadas y sanas, con aplicar decisiones acertadas que permitan que las plantas estén donde deben estar y dando lo mejor. Y eso no sólo tiene que ver con los parámetros de la uva.

El desafío está presente.

La capacidad de observación y conocimiento que aprecio requiere la actitud de repreguntarse y dudar; estar pendiente para tomar las mejores decisiones posibles; manejar la flexibilidad en la manera de conjeturar para entender el pasado y el presente, así como también en cuanto a la forma de mirar hacia el futuro. Hago los vinos que me gustan y, en ese sentido, continúo a la búsqueda de vinificaciones que me permitan intervenir lo más ligeramente posible, pasando casi de puntillas, sin ser invasiva, y que representen una evolución tranquila, lo más adaptada a una idea orgánica de trabajo, entendida como una labor que se desarrolla como la de piel con piel.

¿Cuántas referencias trabaja?

Es difícil responder. Acabamos de sacar doce referencias, pero que acogen tres añadas. Debido a este panorama tan inestable y cambiante hay parcelas de las que en el último año no he podido recoger ni una sola caja de uva.

Mantiene vivas algunas vinificaciones tal y como las hacía su padre, ¿no?

Así es. La Malvasía Naturalmente Dulce la realizamos en lagar, como el rosado y algunas vinificaciones con negramoll, que para mi padre representaba un vino de Isla, al ser una uva adaptada en La Palma con una singular variación, a un rango de altitud que va desde los 300 a los 1.400 metros, en el cambio de vertiente y de suelos. Sigo haciéndolo como mi padre lo concebía, fresco y sabroso, vinificando parcelas por separado y realizando un ensamblaje final antes de embotellar.

La Palma no es sólo malvasía...

Es muchísimo más. Basta tener en cuenta la existencia en la Isla de viñas centenarias plantadas como alguien las pensó hace dos o tres generaciones. Ahí está enraizada una idea de vino. Cuando hablamos de malvasía miramos a la ladera del volcán, porque ahí tradicionalmente se elaboraban naturalmente dulces, en zonas expuestas al sol, con largas horas de insolación, como las localizadas al oeste de La Palma, entre 300 y 400 metros. Ahí está también la listán blanco, la columna vertebral de los vinos canarios, la base de todo en el más amplio sentido de la palabra, a la que considero una variedad extraordinariamente transparente a la hora de expresar el lugar donde crece... ¡Es tan bonita! Te hace repensar en tu propia identidad como elaborador y también viticultor. Es una variedad que ayuda a esta reflexión y en mi caso ha sido así.

"Con tanta inestabilidad hay parcelas de las que en el último año no he recogido ni una sola caja de uva»

¿Qué hay de la listán prieto?

Es una uva tinta, castellana. El caso es que la tenemos en el noroeste de La Palma, idealmente por encima de los 1.200 metros y hasta los 1.500, con diferencias térmicas importantes entre el día y la noche. Ha sido capaz de cubrir un viaje fantástico, al punto de que la encontramos en el continente americano, de sur a norte. La primera característica que aprendí para reconocerlas fue la de su sobresaliente porte. No tiene una estabilidad constante en su producción, pero es resistente. Y representa una oda a la paciencia: desde que se planta hasta que empieza a alcanzar regularidad pueden pasar de ocho a diez años. Son viñas muy longevas y creo que los palmeros aprecian su tipicidad, que se acerca a la de los claretes. Recientemente se ha empezado a vinificar por sí sola.

Los suyos son unos vinos de vocación viajera.

Sí, realmente lo son. Actualmente exportamos a unos quince países y esto hace sostenible, en muchos sentidos, un proyecto como el nuestro. Personal y profesionalmente lo hace viable porque enriquece mucho esa posibilidad de intercambio.

¿Qué sensaciones le provoca que una de sus botellas se consuma en Nueva York o Tokio?

Ahora soy más consciente porque tengo Instagram, que incorporé durante la pandemia, una herramienta que me ha permitido seguir el camino que trazan mis vinos. Al final es un diálogo y a veces es importante tener la posibilidad de establecer este tipo de relaciones, mejor si es en profundidad, con otras personas. Un trabajo como este, que te mantiene metida en tu órbita y a tu ritmo, agradece el comentario y la mirada externa.

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