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Opinión

Una «generación de cristal» con voz digital propia

Una «generación de cristal» con voz digital propia Sonnia Chinea

En el ecosistema digital convivimos desde hace años con emergentes figuras de cierto recorrido social que, convertidas en minicelebrities, han resultado ser un auténtico boom entre las personas más jóvenes. Que no se conozca la trastienda donde se ejecuta el producto, y que lo que trasciende es lo que se publica, ayuda a que sus poco conocidas carreras virtuales se conviertan en objeto de deseo laboral para este amplio sector de la ciudadanía.

Ser influencer o liderar la opinión en determinados sectores sociales tiene un impacto directo en el consumo de contenidos en Internet, una suerte de cambio de paradigma que afecta, no solo a quienes reciben este tipo de producto, sino a quienes lo crean.

La población joven ya no acude a los medios de comunicación tradicionales para informarse. No les interesa. Ni siquiera es una práctica habitual del alumnado de las carreras universitarias ligadas a la comunicación en general, y al periodismo en particular, en sus distintos campos de actuación.

Se podría hablar sin temor a errar de una generación, la generación Z -e incluso la millennial-, que transita caminos mediáticos diferentes a los de sus progenitores. Lo comprobamos a diario en las aulas, e informes como el de IAB Spain de 2022 confirman que, entre los 18 y 24 años de edad, redes sociales como Tik Tok, WhatsApp, Facebook, Instagram, YouTube y Twitter se han erigido en las plataformas de información y entretenimiento por excelencia en este grupo poblacional.

Sí, se ha producido una ruptura que se antoja irreversible y que sitúa a las nuevas generaciones en escenarios que escapan al dominio de las empresas periodísticas y de sus propias familias. Además, si nos adentramos en el uso que se da a estas herramientas o analizamos a quiénes siguen, descubriremos que comparten ideales y objetivos vitales con influencers que se hallan en un rango de edad similar.

¿Qué significa que los medios tradicionales hayan ‘perdido el control’ de lo que consume este sector de la población? Pues básicamente que se abre una brecha de gestión, comercialización y distribución de contenidos que coloca a estas nuevas figuras mediáticas en el punto de mira de empresas e instituciones. Se atraviesa una época de cierta efervescencia digital que, de momento, viene acompañada por diseños y estructuras tecnológicas que permiten estos flujos de colaboración entre ambos actores.

Quienes hoy son jóvenes y no se hallan entre el público objetivo que manejan las empresas de comunicación mainstream, porque no resultan de especial interés como audiencia por su bajo poder adquisitivo, siguen en las redes sociales a perfiles que se identifican como antirracistas, feministas o climáticas, en su mayoría mujeres, que construyen relatos desde el activismo y fuera de las jerarquías sociopolíticas establecidas.

No existe un solo perfil de influencer, como tampoco lo hay de una audiencia consumidora, pero sí se confirma que el cambio de tendencia hacia el ciberespacio y, en especial, hacia las plataformas sociales, afecta a la forma de relacionarnos y de interactuar.

Subyace tras este gran cambio cultural una evidente necesidad de construir nuevas identidades al calor de una tecnología cada vez más usable, sencilla e intuitiva, que se ha ido ganando poco a poco la confianza de un sector empresarial ya consciente de que otros itinerarios digitales son necesarios y posibles para llegar hasta este sector de la ciudadanía.

Se detectan claramente dos tendencias en el surgimiento de este tipo de perfiles ligados, eminentemente, al desarrollo de aplicaciones muy visuales como Instagram y Tik Tok, que, en la mayoría de las ocasiones, van de la mano.

Por un lado, se consolida la relación con sectores como la moda o la gastronomía, que han liderado durante años las colaboraciones en este ámbito y que siguen apostando por la publicidad personalizada, y por otro, surgen nuevas propuestas comunicativas que se adhieren a este movimiento online con figuras más vinculadas al activismo y la transformación social.

Estas nuevas manifestaciones combaten desde sus propios foros el machismo, la gordofobia y otras violencias estéticas, el capacitismo, la emergencia climática, además de distintas discriminaciones por razón de género. Numerosas influencers elevan sus voces y se exponen públicamente en diferentes espacios virtuales, también desde el archipiélago canario, a través de vivencias compartidas, experiencias y preocupaciones.

La denominada «generación de cristal» (millennials y generación Z), señalada por no saber gestionar la sobreprotección recibida en materia educativa y de crianza, y que ha soportado una sucesión de crisis económicas, que se suman a una devastadora crisis sanitaria como consecuencia de la Pandemia, se rebela contra sus complejos efectos en un ecosistema digital que no les juzga, y donde han encontrado las herramientas y los recursos necesarios para cultivar una voz propia que, en no pocos casos, deriva en oportunidades laborales.

Que como población adulta no podamos seguir su ritmo como consecuencia de una más que evidente brecha digital, no significa que no estén y que no hablen. Tampoco significa que no tengan espíritu crítico ante lo que ven o las desigualdades que sufren. Están, pero no les interesa sentarse en un sofá delante de la TV o escuchar la radio. Se reúnen en un espacio que discurre en un universo paralelo que, seguramente, nos resulta ajeno, un espacio que, sin duda, les permite conectar directamente con sus iguales eliminando intermediarios.

Si de verdad nos interesa saber qué motiva a las generaciones más jóvenes, primero urge escuchar qué tienen que contarnos, y revisarnos después para diseñar propuestas de contenido que les incluyan en planificaciones futuras. Cuentan con las destrezas, conocimientos digitales y capacidad suficiente para abordar rastreos en cualquiera de las redes sociales mainstream y detectar posibles tendencias.

Las y los influencers más seguidos en Canarias acumulan comunidades compuestas por miles de personas a quienes se dirigen a diario desde perfiles abiertos en distintas redes sociales; son capaces de combinar varias actividades y ejecutar sus correspondientes convocatorias en escenarios diversos, pero complementarios, y atendiendo a una estructura de contenidos previamente planificada; dominan como nadie el lenguaje audiovisual y sus luchas no distan mucho de las que enfrentamos quienes les hemos precedido generacionalmente en el ámbito offline. También les atraviesa todo tipo de opresiones, desigualdades y discriminaciones que, eso sí, escogen gestionar a su manera.

En cualquier caso, sugiero dar un primer paso y dejar de llamarles «generación de cristal» para reconocerles el valor de haber llegado hasta 2022 con la suficiente energía y fortaleza como para reinventarse al son de múltiples vaivenes económicos y sociopolíticos, y seguir luchando a pesar de las incertidumbres. Se lo debemos.

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