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OPINIÓN

La diversidad en la evolución demográfica de las islas Canarias

La inmigración de las últimas décadas ha favorecido especialmente a las hasta entonces poco pobladas islas orientales, que experimentan un importante desarrollo socioeconómico y turístico

Gente paseando por La Laguna, en una imagen de archivo Carsten W. Lauritsen

Las islas Canarias representan solo el 1,47 por ciento del territorio español, pero el 1 de enero de 2020 reúnen el 4,74 por ciento de su población, lo que supone que la densidad demográfica del Archipiélago es muy superior a la media del país. En realidad, en el momento actual esta densidad es tres veces más elevada que dicha media, por lo que Canarias ocupa el tercer puesto entre las comunidades autónomas, después de Madrid y el País Vasco, por el peso relativo de su población, que supera los 300 habitantes por km2. Esta elevada densidad demográfica en un territorio insular de limitados recursos y alejado del resto del Estado es el resultado de una destacada vitalidad demográfica en el pasado histórico, que se ha mantenido a lo largo de una buena parte del siglo XX y llega incluso hasta el presente, aunque impulsada en las últimas décadas por la inmigración. Pero desde el inicio de la etapa estadística de la demografía, en 1857, hasta el comienzo de los años setenta del siglo pasado, marcharon del Archipiélago más de 166.000 emigrantes netos en busca de mejores condiciones de vida en el exterior; y a lo largo de tan dilatado periodo se han producido también significativas migraciones interiores, especialmente dirigidas a las islas de Tenerife y Gran Canaria, a causa de las mayores carencias de recursos naturales de las islas periféricas, así como de las consiguientes limitaciones de sus sistemas productivos para sustentar su propio crecimiento poblacional.

Por tanto, la dinámica histórica de Canarias anterior a los años setenta del siglo XX, basada fundamentalmente en la explotación de los recursos agrarios y pesqueros y en el aprovechamiento de las ventajas del tráfico marítimo internacional, propiciadas por su renta de situación y por la creación de los puertos francos, ha favorecido el crecimiento económico y de la población de las dos islas centrales del Archipiélago, Tenerife y Gran Canaria, que reunían a principios de los años setenta del siglo pasado el 86,5 por ciento de la población de la región, a causa de su mayor dotación de recursos; y al mismo tiempo, ha dejado importantes lastres socioeconómicos y demográficos en las islas periféricas, que el desarrollo turístico reciente ha mitigado solo en parte en Lanzarote y Fuerteventura, y en escasa o nula medida en La Palma, La Gomera y El Hierro.

Pero el mencionado desarrollo del sector turístico, posterior a los años sesenta, con la implantación plena de la economía de la construcción y los servicios, junto con los cambios políticos ocasionados por el acceso de las Islas al autogobierno, a la financiación autonómica, y además, la integración plena de Canarias en la Unión Europea en 1992, con la percepción de importantes fondos estructurales y la inclusión de las mismas entre las regiones ultraperiféricas, han provocado un desarrollo económico sin precedentes en el Archipiélago, aunque sin llegar a alcanzar en ningún momento el pleno empleo, como continúa ocurriendo en el presente.

Este proceso ha repercutido en el incremento de la renta, que se ha acercado a la media del Estado, aunque continúa por debajo de esta, y en la mejora del nivel de vida de la población; y ello acabó en las últimas décadas del siglo XX con el flujo emigratorio del pasado, e incluso, ha dado lugar a una importante corriente inmigratoria procedente del entorno peninsular, comunitario y exterior, para cubrir una parte de las demandas laborales de la nueva economía vinculada a la expansión turística, a la construcción y los servicios. Dicha corriente ha contabilizado, entre 1970 y 2021, en la tabla de excedentes construida a partir de los censos de población y de los datos del movimiento natural, un saldo de unos 275.000 inmigrantes netos, lo que inclina la balanza migratoria global del Archipiélago en la etapa estadística del lado de las entradas, con un saldo favorable de más de 87.000 habitantes, al menos por el momento, puesto que la salida de personas cualificadas, que no encuentran trabajo en nuestro sistema productivo, se ha intensificado a lo largo del siglo XXI, según los datos de emigración facilitados por el INE en los últimos años.

Además, esta afluencia inmigratoria ha contribuido de manera notable al crecimiento demográfico del Archipiélago en las últimas décadas, que entre 1970 y 2020 registran tasas acumuladas del 1,40 por ciento anual, utilizando los recuentos censales, e incluso del 2,08 por ciento en el primer decenio del siglo XXI. En cambio, en el periodo más reciente, comprendido entre 2001 y 2020, y haciendo uso de los recuentos padronales, las tasas de crecimiento descienden al 1,25 por ciento anual, aunque estas duplican la media nacional para el mismo periodo (0,87 por ciento anual), y ello a pesar de la caída secular de la fecundidad que ha experimentado la región, cuyo índice se sitúa en 0,86 hijos por mujer en 2020, por debajo incluso de la media española de 1,19 hijos en la misma fecha (INE), así como de las importantes consecuencias de la crisis inmobiliaria y financiera iniciada en 2007, que ha afectado profundamente al sector de la construcción, y de la posterior crisis sanitaria provocada por la covid-19, que ha afectado a todos los ámbitos socioeconómicos. Ambas circunstancias han elevado el desempleo del Archipiélago a niveles alarmantes, con tasas superiores al 30 por ciento en el primer trimestre de 2015 (EPA I), y estas continúan siendo altas en el presente (17,73% según la EPA del tercer trimestre de 2022), a pesar de la evidente recuperación económica del último año.

Sin embargo, el desarrollo turístico apenas ha afectado a las islas periféricas occidentales, por lo que su economía y su población se han estancado en esta última etapa; y la inmigración de las últimas décadas ha favorecido especialmente a las hasta entonces poco pobladas islas orientales de Lanzarote y Fuerteventura, que han experimentado un importante desarrollo socioeconómico y turístico, a raíz de la introducción de plantas desaladoras de agua de mar desde finales de los años sesenta y principios de los setenta, respectivamente, con la finalidad de suplir las carencias hídricas características de su clima. También ha repercutido positivamente en el crecimiento de Tenerife, que recupera su puesto de isla más poblada del Archipiélago, que había perdido en los años noventa del siglo XX a favor de Gran Canaria, a causa de su mayor dinamismo poblacional en toda la etapa moderna de la demografía.

Esta diversidad de escenarios naturales y socioeconómicos ha repercutido en la dinámica demográfica de cada isla, por lo que, dentro del contexto de convergencia general de las pautas de comportamiento de la población del Archipiélago, propiciadas por el desarrollo económico y la mejora general del nivel de vida y de las comunicaciones, es posible encontrar rasgos diferenciales, algunos muy preocupantes como la destacada tasa de envejecimiento de las islas periféricas occidentales y la creciente emigración de una parte de los jóvenes más cualificados de la región, ante la escasez crónica de empleo, especialmente de empleos cualificados. Y otras más alentadoras, como la revitalización demográfica de las islas periféricas orientales, a partir de la introducción de desaladoras de agua de mar, aunque este proceso se ha moderado a partir de 2008 como consecuencia de la crisis de la construcción en el sector turístico.

En conclusión, el importante aumento poblacional del Archipiélago canario se ha producido a pesar de la limitación de los recursos naturales de las islas y de la existencia histórica de un importante flujo emigratorio, utilizado como herramienta para mantener un cierto equilibrio entre población y recursos en la austera y desigual sociedad agraria del pasado. En la etapa reciente, el desarrollo de los transportes que ha incrementado la accesibilidad exterior y entre las islas; la importación progresiva de alimentos, la sustitución de la economía agraria tradicional por el turismo, los servicios y el comercio, el cambio de estatus político del Archipiélago en el contexto español y europeo, han propiciado un importante desarrollo económico y una considerable mejora del nivel de vida de la población, todo lo cual ha tenido destacadas repercusiones en su dinámica y distribución espacial, dando lugar a la creación de dos unidades impulsoras de los cambios vinculadas a las dos islas centrales, Tenerife y Gran Canaria.

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