Visto para sentencia
Y el circunloquio divertido, cuando el cambiador de opinión le soltó: «Ustedes siempre sacan a pasear el Falcon». Y el estoico le replicó: «No hombre, si el que siempre lo saca a pasear es usted».

Ilustración de Pedro Sánchez y el Falcon.
Como una nueva edición de la apoteosis del acontecimiento, la estrategia de la cuarta estación del viacrucis buscando la remontada –de cadena de radio a plató de televisión– consistió en un cara a cara entre dos contrincantes –exponentes de un bipartidismo que se desvanece– que se detestan sin disimulo, con todo por ganar (o perder).
Transcurrió en la cadena de un grupo mediático básicamente transversal (A3 y la Sexta). Regalía, reconvenida por un diario de la mañana como anomalía democrática, ya que a su juicio debería haberse celebrado en una cadena pública.
Desde el arranque de la función, sucedió algo muy nuestro cuando las formas se imponen al fondo e importa más el ‘cómo’ que lo que en realidad se dice o hace.
En el saludo –a cada púgil y su acompañante– el lenguaje de los anfitriones, que no compartieron soberanía en lo tocante a la moderación del debate, desprendía arrobo y cordialidad, algo ineludible hacia quien, para recompensar obediencias debidas, ha tenido, tiene y tendrá la sartén por el mango. El poder genuino, dechado de mercedes y gratitudes.
Ya había resultado difícil poner a los invitados de acuerdo sobre cosas veredes, con las que concretar el lance: sentados o de pie; mesa o atril; temperatura en el plató, para no sudar; distancia uno del otro… detalles para un reality show, con aire de velada, como las del Campo del Gas –Paseo de las Acacias– en el Madrid de la posguerra, donde los viernes de verano se celebraban combates de boxeo y de lucha libre, que llegaron al paroxismo con un concierto de rock progresivo, a cargo de Supertrump, en 1983.
Terreno abonado para los ingenios de cuadrilátero (braceos, aspavientos, interrupciones, gestos despectivos; en definitiva, iracundia) sin llegar al modo Mike Tyson, cuando mordía la oreja al adversario.
El descaro no mereció la reprensión de moderadores, perplejos e impotentes. Uno, superado por el bochorno de lo que estaba viendo; su pareja de baile, exhibiendo ganas de salvar al que seguía agarrado al clavo ardiendo de un túnel del tiempo tenebroso, en el que España podría entrar.
……
Ya en el plató, quien aún detenta la silla curul, dando vueltas en círculo, lanzando guiños a las suyas y los suyos, mirando una y otra vez sus fichas, como si no acabase de encontrar las respuestas, a pesar de contar con abundante material de apoyo, apuntes... que dormitaba como un bolso en su lado de la mesa.
El aspirante, con las manos atrás (lenguaje corporal que esconde algo), raudo sentado, con la vestal a pie firme, repasaba notas y disimulaba el sofoco, detrás de una media sonrisa que le sirvió para salir del paso en los momentos más tensos del combate.
Entre la desazón y el escepticismo, la sociedad de cristal asistió, digamos que impertérrita, al juicio severo a quien ha sobrevivido a la sentencia de los ERES, a los indultos a quienes trataron de fracturar el Estado de derecho, a la derogación de delitos y rebaja de penas, la colonización de instituciones y servicios públicos, el asalto al poder judicial, la politización del Tribunal Constitucional… et alii.
Atentos a la performance del titular –trastabillado por un lenguaje no verbal, que trajo consigo– y la sangre fría del gallego en el manejo de tiempos y silencios, destreza pervertida por un columnista meridional, al señalarle por el uso de munición de fragmentación (el proyectil esparce decenas de datos erróneos que confunden al adversario, aplazando la comprobación de su veracidad). ¿Bombas de racimo para contener al tigre de Tetuán?
……
Cuando ideas, propuestas, datos o hechos no merecen consideración, al ser difíciles de discernir, la actitud pasa a ser lo esencial: temple, empatía, tranquilidad, sensación de solvencia y seriedad, lenguaje corporal... en definitiva y de nuevo, las formas.
Dicho esto, produce ternura oír que las 200.000 viviendas, prometidas a desfavorecidos, ya se están construyendo o que vamos como una moto, cuando se ha disparado la deuda y 13 millones de personas sobreviven en la cuerda floja de la pobreza y la exclusión social en nuestro país. Una falta de respeto.
Y el circunloquio divertido, cuando el cambiador de opinión le soltó: «Ustedes siempre sacan a pasear el Falcon». Y el estoico le replicó: «No hombre, si el que siempre lo saca a pasear es usted».
O el recurso –durante el viacrucis, en sesión continua– a un retruécano: la extrema derecha y la derecha extrema, añagaza de quien busca un aterrizaje suave que le permita culpar a otro y blindarse ante la contestación interna.
Pero lo mejor, lo que pasa cuando el que se enfada pierde, estaba por llegar. Al estudiado gesto teatral del aspirante (sacó un papel, previamente extraviado en un taxi, que incluía una propuesta de pacto, para excluir a los extremos en la próxima investidura presidencial, lo firmó ante las cámaras y se lo acercó a su oponente), el exhortado lo impugnó, con desdén, carraspera y risa incluida.
El invitado a firmar no estampó su firma y el sospechoso por intentarlo, no se amilanó y acusó recibo con velado fastidio: «Ese absoluto cinismo con los pactos le ha retratado».
Es sabido que quien menos tiene que perder, arriesga más; de ahí la importancia del respeto por la igualdad en el manejo de los tiempos, el lenguaje templado, alejado de esa agresividad impropia con advertencias apocalípticas. Y por encima de todo, un estilo: el respeto a la verdad que tiene que imponerse sobre la mentira. Porque el problema no es la mentira, es el propio fin.
……
El exceso de confianza, la subestima al contrario, una argumentación centrada en la defensa de sí mismo, el comportamiento artero (más propio de un aspirante que de un tri–presidente circunstancial), completaban el fresco de quien se ha salido con la suya, rodeado de los muy cafeteros, como ahora se llama a adictos y acríticos, agarrados a la actualidad política por la cuenta que les tiene.
Fuera de palacio y sin avión, enfrentado a un astuto misacantano ‘de provincias’, con cuatro mayorías absolutas en la mochila, la ensoñación –colmada de mantras y soniquetes– mutó en pompa de jabón. Un uppercut dejó el desenlace a expensas de la sentencia final, con incógnita postal incluida, derivada de una sañuda ocurrencia estival.
En la Real Academia Galega, el vocablo malleira tiene tres acepciones: serie de golpes dados a una persona o a un animal, esfuerzo que produce mucha fatiga o cansancio y derrota contundente. Dejo al criterio del lector, el vaticinio sobre quien resultó más trillado por la paliza.
Lo que sí rebato es la sublimación de la mentira hasta el punto de ser capaz de negarla mientras se pronuncia. Se trata de un insulto a la inteligencia de los votantes españoles. Precisamente lo que está ensayando un coro de adeptos, empeñados en abrir un concurso de mendaces para seguir mandando.
Siempre pensé que, quien dedica una parte de su vida al servicio público, en algún momento debería leer, en el Génesis 3:17-19, primer libro de la Biblia, una premonición: «Pulvis es et in pulverem reverteris» («Recuerda, hombre, que eres polvo. Y en polvo te has de convertir»).
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