La culpa de que las banderas rojigualdas hayan invadido las calles de España antes que los musulmanes, tal y como augura Santiago Abascal, es de Carlos III. Fue este rey el que sacó a concurso el diseño de una nueva enseña nacional que sustituyera el pabellón blanco que lucía su Armada Naval: "He resuelto que en adelante usen mis buques de guerra la bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y la del medio amarilla", decretó en 1785. Quería el monarca una bandera que se distinguiera a larga distancia y sin duda lo logró: más de dos siglos después luce no sólo en los buques de la Nación, sino en buena parte de las calles y balcones del país. Y en pleno siglo XXI, en ella se han envuelto cantantes y diseñadoras de la estatura de Marta Sánchez o Agatha Ruiz de la Prada, además de los tres líderes de la derecha de este país: Pablo Casado (Partido Popular), Albert Rivera (Ciudadanos) y Santiago Abascal (Vox).

El uso (y abuso) de la bandera no es solo un recurrente símbolo electoral, para que nadie dude de qué lado están las tres formaciones que integran en la actualidad la derecha española ante el desafío soberanista de una parte de Cataluña. La bandera es la punta de un iceberg que oculta toda una revisión del concepto de patria, desde el que se plantean soluciones a los actuales retos del país que están en las antípodas de las que proponen los partidos que se sitúan en otros espectros ideológicos. Desde el PSOE y Podemos hasta los otros nacionalismos distintos al españolista: catalán y vasco, o canario sin ir más lejos.

El denominador común que caracteriza a PP, C's y Vox es que los tres partidos anteponen la cuestión territorial a la cuestión social. Opinan que la organización político-administrativa del país es lo primero y ya plantean el problema en términos de disyuntiva entre la unidad de España o el estado autonómico: "Se vota la disolución de España o el mantenimiento del sistema democrático constitucional", ha explicado Pablo Casado.

La unidad de España

En esta carrera por la defensa de la unidad de España parte como caballo ganador Santiago Abascal, que fue el primero que habló más alto y más claro: "La unidad de España ni se discute, ni se dialoga, ni se negocia. Se defiende hasta las últimas consecuencias". De ahí que Vox solo acepte "la rendición sin condiciones de los separatistas" y, más que la aplicación "dura" del artículo 155 que propugna el PP, reclame la supresión de las 17 autonomías.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, lo plantea con otras palabras: "Vamos a impedir que manden los terroristas, los comunistas y los independentistas". Y ha añadido: "Hay ganas de echar a Sánchez y quitar la economía a Iglesias", a quien acusa de estar detrás de las políticas sociales que ha impulsado Pedro Sánchez en materia laboral y de viviendas. Y es que la empresa de salvar la patria es tan prioritaria para la derecha española, en cualquiera de sus tres versiones, que los efectos de la crisis en la sociedad y el crecimiento de la desigualdades, constatados por diversos organismos internacionales, quedan relegados a un segundo lugar.

De ahí que "el alivio de la política fiscal", es decir la bajada de impuestos, sea la medida estrella del programa económico que también comparten los partidos conservador, liberal y la ultraderecha. Bien es verdad que la rebaja fiscal de C's es más moderada que la del PP: "Si alguien defiende la subida de impuestos, tiene un problema en el PP", advertía su director de campaña Javier Maroto. En la misma línea Asier Antona, presidente del PP en las Islas, insiste en la necesidad de "aliviar el bolsillo de los canarios", cuando el Archipiélago tiene una de las fiscalidades más bajas que existen.

Además de la economía, las derechas de hoy en día, tanto globales (Trump y Bolsonaro) como europeas (Le Pen o Salvini), tienen otra obsesión: los inmigrantes. Sostienen, como Vox en España, que ellos son la causa de todos los males que acechan al país y plantean muros y fronteras. O la despenalización de los delitos de odio, que protegen también a otros colectivos con los que los ultraconservadores tienden a ensañarse: homosexuales y lesbianas, junto a las feministas. "Los políticos son culpables de la invasión musulmana masiva que sufrimos los españoles y el resto de europeos. Queremos una España segura", ha exigido Santiago Abascal.

La idealización del pasado

El líder de Vox ha recuperado así el añejo patriotismo español que la genialidad de Galdós puso en boca del protagonista de algunos de sus Episodios Nacionales: "Como yo no sabía más historia (...), el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros", cuenta Gabriel de Araceli antes de entrar en combate en la batalla de Trafalgar.

La historia está, más que nunca, presente en la actual campaña electoral. No solo ha recurrido a ella la izquierda al defender la memoria histórica o la exhumación de Franco. Vox y el propio PP se han remontado aún más atrás. Santiago Abascal escogió de hecho la tierra de Don Pelayo, Covadonga, para celebrar su acto de arranque electoral, como preludio del remake de Reconquista que se dispone a emprender si llega al Gobierno.

Como opción nacional-populista que es, no es de extrañar que Vox tome referentes míticos históricos para justificar su retórica y comportamiento. Pero no es la única formación que ha recurrido a la idealización y manipulación de la Historia para defender la patria: "La Hispanidad es la etapa más brillante de la historia del hombre, junto con el Imperio romano", soltó Pablo Casado el pasado mes de octubre. Apenas habían pasado unos meses desde su elección como el joven líder de los conservadores que iba a emprender la renovación del partido, por lo que sorprendió no sólo su patada a la Historia, sino su tendencia a regresar al pasado. Bien reabriendo debates como el del aborto, bien reivindicando la figura de su mentor José María Aznar.

Tras una década apartado de la política, el ex líder del PP volvió este viernes al ruedo electoral para contener la fuga de votos hacia Vox. Y lo ha hecho enfrentándose precisamente a Santiago Abascal, a quien hasta entonces había elogiado. Pero es que el líder del partido de ultraderecha ha dejado de serle útil en su confrontación con Rajoy, al que acusaba de haber hecho perder al PP "gran parte de su ADN". Por eso le espetó, con el tono con que un matón se dirigiría a otro matón, la famosa frase: "A mi nadie me llama la derechita cobarde mirándome a los ojos". Y es que la lucha por el voto en el seno de la derecha está siendo encarnizada en estas elecciones: "Cuanto más Vox, más Sánchez en la Moncloa", resumió Maroto.

¿Peligra la patria?

Es difícil saber si las descalificaciones constantes a Sánchez y el PSOE, junto a todos estos epítetos, excesos y exageraciones de exaltación hiperbólica del ayer y de la patria, está o no calando en el electorado: "Nos hemos obsesionado con la derecha cuando también tenemos un problema en el centro. Cada centímetro que se pierde por el centro es muy difícil de recuperar. Y movilizar a la izquierda es un grave error", sostenía desde el anonimato un dirigente territorial estos días. Y es que no todo el PP comparte la radicalización del discurso de Pablo Casado.

Los extremismos de la derecha, como los de la izquierda, parecen en cualquier caso ser mayores en las propias formaciones políticas, y sobre todo en algunos de sus líderes, que entre los votantes. Hay síntomas que apuntan a ello: por ejemplo el hecho de que la convocatoria en la plaza de Colón, siendo numerosa, no fuera tan multitudinaria como se esperaba. Por otro lado, la independencia de Cataluña preocupa menos a los españoles de lo que los dirigentes políticos hacen creer: de hecho se ha reducido hasta el 7% y el 11% en los últimos barómetros del CIS, frente al 29% que se alcanzó cuando se aplicó el artículo 155.

La media de las encuestas también refleja que se está ensanchando la base electoral que apuesta por el diálogo. Sobre todo en Cataluña, donde crecen el PSOE y sobre todo ERC (que marca cada vez mayor distancia con el PdeCat por su empeño en forzar la vía unilateral). Y el "No es No" de Pedro Sánchez al desafío catalán pone en cuestión la premisa sobre la que las tres derechas basan su campaña: que la patria está en peligro. "Los dirigentes independentistas no han actuado de buena fe ni con el Gobierno, ni con sus propios ciudadanos. No va a haber ni independencia ni referéndum", ha reiterado el líder de los socialistas.

Resulta además paradójico que el partido que más reticencias puso a aceptar la Constitución, el PP cuando se llamaba Alianza Popular y lo lideraba el inigualable Manuel Fraga Iribarne, se declare hoy el más "constitucionalista". Y acuse al que sí apostó abiertamente por la Constitución del 78, el PSOE, de "anticonstitucional". De ahí que el dirigente socialista Patxi López haya lamentado que "cuando el Partido Popular se envuelve en la bandera, solo lo hace para coger el palo y agredir y enfrentarse a los demás".

El pacto andaluz ha dado alas a la derecha española y le ha insuflado ánimos. De ahí que PP apele a los votantes de Vox para que no dividan el voto, al grito de "el PP ha vuelto". Y de ahí el veto de Ciudadanos al PSOE y la oferta de Rivera a Casado para gobernar juntos: "!Fuerza, ánimo Pablo! No vamos tarde", le lanzó en la precampaña. Aunque ayer lo puso en el centro de sus ataques, llamándolo "Pablo Cansado" y confiando en convencer aún al millón de votantes que se disputan.

¿Victoria pírrica en Andalucía?

Y ahí está, precisamente, el quid de la cuestión: los votos que sume cualquiera de las tres formaciones de derecha, se los restará a la otra. De forma que no es probable que alcance la mayoría en el conjunto del país: "Andalucía no es España", advertía Maroto estos días. Además, el PP andaluz perdió proporcionalmente más votos que los propios socialistas, aunque esa pérdida se haya difuminado al presidir el Gobierno. Del mismo modo que Susana Díaz, que ganó esas elecciones, aparece como perdedora.

Hoy las encuestas dicen que la suma de las tres derechas queda muy lejos de la mayoría. Y el CIS, en su macroencuesta por provincias, canta aún mucho más: el PSOE volvería a arrasar en Andalucía.También en feudos tradicionales del PP como Valencia, y hasta en Galicia registra un empate. Y hay otros datos que no debieran pasar desapercibidos: en el País Vasco el PP se queda sin representación y en Cataluña solo tendría una diputada: la peleona Cayetana Álvarez de Lugo.

Sostiene Rivera que "si hay un solo escaño más de cambio, habrá cambio". Si hubiera solo uno menos, lo tendrían muy difícil por su actitud antiautonomista: "He comenzado la campaña con tortícolis. Es toda una premonición, porque no puedo mirar a la derecha", ironizó en el acto de inicio de campaña el presidente del PNV, Andoni Ortuzar. Salvo que esa molestia muscular no afecte a la candidata de CC y su voto fuera necesario para apuntalar a las tres derechas.