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Hacer los deberes (ya es septiembre), por Martí Saballs

Llegan tiempos de apostar por la disciplina fiscal y aguantar a que pase el temporal

Un calendario

Muchas felicidades si a finales de año pasado usted decidió invertir en dólares; en los principales valores de la Bolsa de Chile; en Acciona Energía, Repsol o CaixaBank; y, por supuesto, en empresas del sector de la Defensa. No tendría razones para quejarse ya que estaría obteniendo rentabilidades que van del 10% al 30%. Si, en cambio, invirtió en empresas tecnológicas estadounidenses, en bolsa alemana o en el principal fabricante de piscinas del mundo (la empresa española Fluidra) estaría perdiendo desde un 10% hasta el 55% con que los mercados han castigado a la empresa de Sabadell, la más castigada del Ibex 35. Y peor aún si a inicios de año le hubiera dado por comprar bitcoins. La criptomoneda cotiza un 57% por debajo de finales de 2021. El oro, valor refugio por excelencia en momentos de turbulencias, ha perdido un 5,5%. 

Los índices de las bolsas de EEUU van camino de cerrar 2022 con el peor registro conocido desde 1929, año que será recordado por el ‘crash’ de octubre que anticipó la gran depresión. Nadie habla de depresión, pero sí de recesión, que ya alimenta las principales revisiones de las firmas de análisis. Empieza septiembre confirmando las sensaciones que se avanzaban hace ya meses. No por ganas de amargar, sino observando un panorama complejo en medio de una guerra que nadie es capaz de predecir cómo y cuándo acabará. Cuando a mediados de agosto se creía que las bolsas habían tocado suelo para iniciar un respiro, se volvieron las tornas. La culpa la tuvieron los gobernadores de los bancos centrales, reunidos en Jackson Hole (Wyoming, Estados Unidos) a los pies del parque nacional Grand Teton. Allí, el presidente de la Reserva Federal (Fed) americana, Jerome Powell, anunció que la subida de tipos seguirá y se acelerará. Su mensaje: hay que controlar la inflación antes de que se desmadre. A esto se le llama aplicar una cirugía expeditiva, muy similar a la que realizó Paul Volcker, presidente de la Fed, para controlar el aumento de precios de finales de la década de los setenta e inicio de los ochenta. Esto generó la recesión en el primer año de la presidencia de Ronald Reagan. Luego vinieron bajadas de impuestos, años de fiesta y crecimientos imparables hasta el ‘crash’ bursátil de octubre de 1987 que anticipó otra recaída económica.

Los académicos no se ponen de acuerdo sobre cuándo hay que definir que una economía entra en recesión. El mayor consenso acepta que deben darse dos circunstancias: dos trimestres consecutivos con decrecimiento del PIB más una destrucción sustancial de empleo. Este último factor no se ha producido en EEUU en los dos últimos trimestres, donde la economía se ha coloreado de rojo. En Europa las previsiones son más crudas. La dependencia de Alemania, locomotora de la Unión Europea, del gas ruso marcará la agenda de otoño e invierno. Si Putin cierra el grifo, las consecuencias tronarán en todo el continente. ¿Son suficientes las medidas de los gobiernos para reducir el gasto en energía de empresas y ciudadanos? Los costes de energía empiezan a ser inasumibles por importantes sectores industriales que ven como sus gastos energéticos se han disparado poniendo en aprietos los estados financieros de las empresas. Que el Gobierno español esté planteando en medio de esta coyuntura obligar a subir el salario mínimo puede tener inesperadas consecuencias para muchas empresas que preferirán aplazar la contratación de trabajadores. Políticamente, otro interrogante: Italia. La tercera potencia económica de la Unión celebra elecciones generales el 25 de septiembre. Tras el fin de la era de Mario Draghi, las encuestas predicen la victoria de la derecha que permitiría, vía coalición, convertir en primera ministra a la euroescéptica -aunque ha moderado su discurso- Giorgia Meloni, que empezó su carrera como aprendiz de Silvio Berlusconi

Se ha cerrado la excelente temporada turística que ha mantenido a la economía española como una de las más vigorosas del continente. Ahora llegarán las facturas de las tarjetas de crédito y, para muchos, el pago de los primeros plazos de las deudas contraídas para pagar las vacaciones del verano, incluida la compra de sandías cuyos precios se han ido por las nubes. La renovación de las hipotecas traerá desagradables sorpresas en la cuota por culpa del Euríbor, camino de alcanzar el 2% a fin de año. Si llegar a fin de mes ya era complicado para muchas familias, la situación financiera empeorará. El consumo se ajustará. Y la solución para arreglarlo no es precisamente pedir un aumento salarial o de pensiones que equivalga a la subida de precios. Esto solo generará, como ha demostrado la historia monetaria, que la pelota inflacionaria siga creciendo. Llegan tiempos de apostar por la disciplina fiscal y aguantar a que pase el temporal. Hasta que la inflación remita hacia dígitos más razonables no se podrá cantar victoria. Hay algo mucho peor que la recesión y es la estanflación: economía en rojo, destrucción de empleo y precios disparados.

Desconocemos la evolución de la guerra y de los precios de la energía. Contra eso solo queda apelar a la experiencia para pensar que, al final, salvo cataclismo, todo se irá ordenando si se hacen los deberes.

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