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Opinión

Caleidoscopio

De la OCDE, España es de los países que menos años de carrera computa a la hora de calcular las pensiones

Un caleidoscopio.

Se cumplen veinte años de la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC), auténtico punto de inflexión en la historia reciente del mundo. Si en 1972, la visita del presidente Nixon a una China que había roto con la URSS, simbolizó la incorporación de este país al concierto de las naciones gracias a la aceptación por occidente del principio de "dos sistemas, una sola nación", en 2001, ese mismo occidente decidió aceptar que China era una economía de mercado y dejó que ingresara en la OMC, atraída por lo que representaba convertir un país de 1.200 millones de personas en el mercado más grande e interesante del siglo.

Algunos datos permiten evaluar lo que esta decisión ha supuesto. Si la riqueza del planeta se ha triplicado desde el 2000, un tercio de ese incremento patrimonial se ha concentrado en China. El gigante asiático representaba el 1% de los flujos mundiales de mercancías, mientras hoy es el 15%. En estas dos décadas, China se ha convertido en la segunda economía mundial, detrás de EEUU, en el principal exportador global, el segundo inversor en el exterior del mundo y el primer receptor de inversiones directas del exterior. Eso le ha permitido sacar a 850 millones de ciudadanos de la pobreza y crear una clase media de 300 millones. Hoy, además, es líder en Inteligencia Artificial, tiene un tercio de las empresas unicornios del mundo y sus multinacionales tecnológicas compiten en el mercado mundial con las americanas. El objetivo declarado de sus autoridades es ser la primera potencia global a mediados de este siglo.

Lo que empezó siendo visto como un mercado para los productos occidentales, enseguida se convirtió en la fábrica del mundo, donde las grandes empresas occidentales producían a costes más bajos y exportaban a todo el mundo con pingües beneficios. Ahora, tras absorber la tecnología extranjera y desarrollarla, es definido como un rival estratégico por parte de la UE y EEUU, a la vez que su modelo político dictatorial se contrapone, sin rubor, a las democracias occidentales, frente a las que se defiende con su mayor eficacia. Veinte años después de aquella decisión, todo apunta a que China está encabezando un frente distinto al nuestro en la nueva guerra fría, con la democracia y los derechos humanos como trinchera.

Las condiciones laborales -renta- y las herencias -riqueza- son las principales causas de la desigualdad social. La misma semana que se hace público el ‘World Inequality Report’, donde se concluye que la diferencia de renta y riqueza entre los más pobres y los más ricos sigue profundizándose tanto a nivel mundial como en España, el sindicato CCOO publica, junto al Instituto de Economía Internacional de la Universidad de Alicante, un riguroso estudio sobre la precariedad laboral en España, analizada desde una perspectiva multidimensional.

A pocos sorprenderá que las conclusiones sean demoledoras: el 48% de los asalariados son precarios, con una intensidad media muy alta. El peso relativo de los cuatro factores con los que miden la precariedad es: jornadas atípicas (36,4%); sobrecualificación (28,3%); inestabilidad (26,5%) y bajos salarios (24%). Se mida como se mida, mujeres y jóvenes son los colectivos que sufren mayores índices de precariedad laboral.

Cuando la precariedad laboral, así como una tasa de paro que duplica a la media europea, llevan décadas siendo características estructurales de nuestro mercado laboral, el análisis debe ampliar su foco para salir del estricto marco de las relaciones laborales para entrar a valorar la cantidad y calidad de nuestro tejido productivo empresarial.

Mi tesis, desarrollada en un trabajo más amplio realizado para el Observatorio Social de La Caixa, es que, junto a un turbocapitalismo lleno de empresas internacionales, muy competitivas, tenemos también en España un cutrecapitalismo plagado de buenos negocios y malas empresas, cuya rentabilidad sólo está asegurada gracias a la precarización de sus trabajadores. Así, tener un mercado laboral precario sería consustancial a tener un importante tejido empresarial que está por debajo de los niveles de competitividad exigible a un país europeo. 

La OCDE acaba de publicar un informe sobre el sistema de pensiones en los países miembros que, con sólo dos gráficos comparativos, echa por tierra la línea de reformas que estamos siguiendo en España para garantizar la sostenibilidad del sistema público de reparto, sobre todo, con el incremento previsto del ratio, pensionistas/cotizantes, que se va a producir en las próximas décadas.

El primer gráfico visualiza que, a pesar de los incrementos realizados en los últimos años, España es de los países que menos años de carrera computa a la hora de calcular las pensiones. La mayoría de países de la OCDE, por ejemplo, toma en consideración toda la carrera laboral y no sólo 25 años, como aquí.

Pero lo peor está en el segundo gráfico, aquel que calcula la tasa de reposición de las pensiones, la relación entre la primera pensión y el último salario. En España esa tasa es del 89%, mientras que es del 62% en la media de la OCDE. Ahí está el reflejo de esa expresión que se dice a menudo en voz baja en nuestro país de que el sistema español de pensiones es muy generoso: retribuye mucho, en relación a lo que se ha aportado. Tanto, que ahí radica el principal factor de su insostenibilidad si, además, añadimos, pocos años para calcular la pensión, indiciación con el IPC y, además, un fuerte incremento del número de pensionistas. Verde y con asas. 

El consumo de las familias no termina de despegar y eso explica una buena parte de la ralentización en la recuperación, más allá de la posible revisión por parte del INE. Hay razones objetivas que también señala la OCDE estos días: la renta real de las familias está descendiendo, en parte, como consecuencia de las subidas de precios. De manera creciente, las familias están tirando de ahorros para llegar a fin de mes.

Pero podemos citar también factores subjetivos vinculados a las percepciones que los ciudadanos tienen sobre la situación económica. Por una parte, recordemos que el CIS dice que un 67% de ciudadanos cree que la situación económica es mala o muy mala, aunque muchos de ellos reconozcan que, a ellos, personalmente, no les va mal. Por otra, el Índice de Confianza del Consumidor lleva varios meses descendiendo quizá, por las noticias sobre la nueva ola del ómicron. En todo caso, situación más frágil de lo esperable.

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